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Una mañana de principios de junio se produjo un incendio en una oscura instalación de Texas que extrae el gas natural de las cuencas de esquisto de Estados Unidos, lo enfría hasta convertirlo en líquido y lo envía al extranjero. Se extinguió en unos 40 minutos. No hubo heridos.

Parece una historia para la prensa local, a lo sumo, salvo que, más de tres semanas después, las ondas financieras y políticas siguen resonando en Europa, Asia y más allá.

Esto se debe a que el gas natural es la materia prima más relevante del mundo en este momento. Es uno de los principales motores de la inflación mundial, y sus precios han subido mucho, incluso en comparación con los turbulentos mercados actuales: un 700 por ciento en Europa desde principios del año pasado, lo que ha llevado al continente al borde de la recesión.

Está en el centro de una nueva era de confrontación entre las grandes potencias, tan intensa que en las capitales de Occidente los planes de lucha contra el cambio climático están quedando relegados a un segundo plano.

En resumen, el gas natural rivaliza ahora con el petróleo como combustible que determina la geopolítica. Y no hay suficiente para todos.

La guerra en Ucrania ha catalizado la crisis del gas a un nuevo nivel, al eliminar una parte crucial del suministro. Rusia está reduciendo las entregas de gasoductos a Europa, que dice que quiere dejar de comprarle a Moscú, aunque todavía no. La lucha por llenar ese vacío se está convirtiendo en una estampida mundial, ya que los países se apresuran a asegurar los escasos cargamentos de gas natural licuado (GNL) antes del invierno del hemisferio norte.

¿El nuevo petróleo?

Alemania afirma que la escasez de gas podría desencadenar un colapso similar al de Lehman Brothers, ya que la potencia económica de Europa se enfrenta a la perspectiva sin precedentes de que las empresas y los consumidores se queden sin energía. El principal gasoducto Nord Stream, que transporta el gas ruso a Alemania, se cerrará el 11 de julio para hacer tareas de mantenimiento durante diez días, y cada vez se teme más que Moscú no lo reabra.

Los líderes del Grupo de los Siete están buscando formas de frenar los ingresos de Rusia por el gas, que ayudan a financiar la invasión de Ucrania y respaldan nuevas inversiones en GNL. Y los países más pobres que construyeron sistemas energéticos en torno al gas barato ahora tienen dificultades para pagarlo.

“Esta es la década de 1970 para el gas natural”, dijo Kevin Book, director gerente de ClearView Energy Partners LLC, una firma de investigación con sede en Washington. “El mundo ahora piensa en el gas como antes pensaba en el petróleo, y el papel esencial que desempeña el gas en las economías modernas y la necesidad de un suministro seguro y diverso se han hecho muy visibles”.

El gas natural solía ser una mercancía adormecida que cambiaba de manos en mercados regionales fragmentados. Ahora, aunque la globalización parece estar en retroceso en gran parte de la economía mundial, el comercio de gas va en dirección contraria. Se está globalizando rápidamente, pero tal vez no lo suficiente.

Muchos países han recurrido al gas natural como parte de una transición hacia una energía más limpia, ya que intentan eliminar el uso de combustibles fósiles más sucios como el carbón y, en algunos casos, también la energía nuclear. Los principales productores —como Estados Unidos, que ha ascendido rápidamente en la jerarquización de exportadores de GNL hasta rivalizar con Qatar como el mayor del mundo— están viendo cómo aumenta la demanda de su producción. Cuarenta países importaron GNL el año pasado, casi el doble que hace una década. Pero el combustible es mucho más difícil de transportar por el planeta que el petróleo, porque tiene que ser licuado en lugares como la planta de Freeport en Texas.

Por eso, una pequeña explosión en una instalación que no es considerada nada especial por los expertos del sector —no es la mayor ni la más sofisticada de las siete terminales que envían GNL desde las costas estadounidenses— tuvo un impacto tan grande.

La crisis actual

Los precios del gas en Europa y Asia han subido más de un 60 por ciento en las semanas transcurridas desde que Freeport se vio obligada a cerrar temporalmente, un periodo en el que también se han producido nuevos recortes de suministro por parte de Rusia. En Estados Unidos, por el contrario, los precios del combustible cayeron casi un 40 por ciento, porque la interrupción significa que habrá más gas disponible para uso doméstico.

Ya había muchos indicios de extrema escasez en el mercado. Puede que la guerra y el COVID estén agitando todas las materias primas, desde el trigo hasta el aluminio y el zinc, pero poco se puede comparar con la volatilidad nauseabunda de los precios mundiales del gas. En Asia, el combustible es ahora tres veces más caro que hace un año; en Europa, es una de las principales razones por las que la inflación acaba de alcanzar un nuevo récord.

El gas natural sigue siendo más barato en Estados Unidos, pero incluso allí los futuros se habían duplicado este año antes del cierre de Freeport. Con aliados políticos clave, desde Alemania hasta Ucrania, desesperados por comprar gas estadounidense, los fabricantes de Estados Unidos advierten que más ventas en el extranjero supondrán mayores costos en casa. La reacción del mercado ante el incendio de Freeport ilustra una “clara conexión entre las exportaciones de GNL y los impactos inflacionistas en los precios nacionales del gas natural y la electricidad”, dijo Paul Cicio, presidente de Industrial Energy Consumers of America (IECA).

Para satisfacer toda la nueva demanda será necesaria una oleada masiva de inversiones en el suministro. Ya está en marcha, y recibió un impulso en la reunión de la semana pasada de las mayores economías del mundo occidental, en donde los líderes del G-7 se comprometieron a respaldar las inversiones públicas en proyectos de gas, diciendo que son “necesarias en respuesta a la crisis actual”.

Entre las necesidades urgentes de infraestructuras se encuentran las siguientes:

Instalaciones de exportación: La fiebre por el GNL está acelerando los proyectos en Norteamérica y fuera de ella. El mes pasado, Cheniere Energy Inc. dio luz verde a la ampliación de una terminal en Texas. En abril, un proyecto canadiense de GNL, respaldado por el magnate indonesio Sukanto Tanoto, recibió el visto bueno para iniciar su construcción. En Qatar, Exxon Mobil Corp. y Shell Plc son algunos de los gigantes de la energía que participan en un proyecto de 29,000 millones de dólares para impulsar las exportaciones de GNL.

“Los precios mundiales del gas son tan altos que incentivan la firma de nuevos contratos a largo plazo”, dijo Samantha Dart, jefa de investigación de gas natural en Goldman Sachs. “Estamos viendo esos anuncios a diestro y siniestro, con un montón de instalaciones de licuefacción propuestas por Estados Unidos”.

Terminales de importación: En Europa, se han anunciado o acelerado los planes de unas 20 terminales desde que comenzó la guerra de Ucrania. Alemania, que no tiene terminales de GNL, ha destinado unos 3,000 millones de dólares a fletar cuatro flotantes y conectarlas a la red del país. Se supone que la primera entrará en funcionamiento a finales de este año.

Haciendo hincapié en la necesidad de rapidez, el vicecanciller Robert Habeck señaló que Tesla Inc. consiguió construir una fábrica cerca de Berlín en solo dos años, y dijo que es hora de acabar con la burocracia alemana. “Primero, hay que cavar la zanja en donde va a entrar la tubería”, dijo. “Luego viene el permiso”.

China, el mayor comprador de GNL del mundo el año pasado, se encuentra en medio de una de las mayores construcciones que ha visto el sector. Solo en 2023 está previsto que entren en funcionamiento diez nuevas terminales de importación, y la capacidad se duplicará aproximadamente en los cinco años hasta 2025, de acuerdo con BloombergNEF.

Oleoductos: Incluso con más capacidad para recibir cargamentos de GNL y convertirlo de nuevo en gas —un proceso conocido como regasificación—, Europa carece de infraestructuras para trasladarlo allí en donde pueda ser necesario. España, por ejemplo, cuenta con las mayores instalaciones de regasificación de Europa, pero solo tiene dos conexiones de gasoductos con Francia a través de los Pirineos capaces de transportar poco más de una décima parte de esos volúmenes, de acuerdo con Bloomberg Intelligence.

Buques tanqueros: Los astilleros de Corea del Sur, en donde se construyen la mayoría de los buques tanqueros de GNL del mundo, están experimentando un aumento de los pedidos que los está dejando escasos de mano de obra cualificada. Se han visto obligados a buscar soldadores, electricistas y pintores fuera del país, aumentando sus cuotas de trabajadores inmigrantes.

En algunos casos, todo esto supone un giro de 180 grados respecto a las políticas de lucha contra el cambio climático, especialmente en Europa. Los prestamistas respaldados por los gobiernos, como European Investment Bank (EIB) y European Bank for Reconstruction and Development (EBRD), que se habían centrado en la financiación de las energías renovables, dieron un giro y dijeron que ahora están más dispuestos a respaldar proyectos de gas.

Pero los vertiginosos esfuerzos de Europa no serán suficientes, de acuerdo con Bloomberg Intelligence, que calcula que las importaciones de GNL podrían satisfacer el 40 por ciento de las necesidades de gas de la región en 2026, el doble de la cifra del año pasado pero todavía muy lejos de los volúmenes que ha estado suministrando Rusia.

‘Nunca fue tan evidente’

Por eso aumentan las advertencias de un desplome de las economías europeas a causa del gas.

La semana pasada, el gobierno alemán dijo que está en conversaciones para rescatar a la empresa de servicios públicos Uniper SE, que está perdiendo unos 30 millones de euros (31 millones de dólares) al día, porque tiene que cubrir el gas ruso que falta a precios al alza en el mercado al contado. Empresas como el gigante químico BASF SE dicen que podrían tener que recortar la producción. Deutsche Bank citó el creciente riesgo de una “inminente recesión alemana a causa del racionamiento energético”, y señaló el aumento de los precios de la electricidad también en Italia y Francia. Morgan Stanley pronosticó que toda la zona del euro estará en recesión a finales de año.

Para algunas economías emergentes —que tienen que competir cada vez más con países ricos como Alemania en las licitaciones de cargamentos de GNL, a medida que el gas se globaliza—, las consecuencias ya han sido desastrosas.

En Pakistán, que construyó su sistema energético a base de GNL barato, los apagones previstos están sumiendo a las regiones en la oscuridad durante los sofocantes meses de verano. Los centros comerciales y las fábricas de las principales ciudades han recibido la orden de cerrar antes de tiempo y los funcionarios del gobierno están trabajando menos horas.

Tailandia está frenando las importaciones de GNL debido al aumento de los precios, lo que podría poner al país en riesgo de escasez de combustible. Myanmar, que se enfrenta a la inestabilidad política, suspendió todas las compras de GNL a finales del año pasado, cuando los precios empezaron a subir. India y China también redujeron sus importaciones.

“Mientras que antes los mercados de gas natural estaban en gran medida aislados por regiones, ahora tenemos un mercado al contado [que está] globalizado [y] que ha conectado la exposición del mundo a este combustible, que se ha convertido en fundamental para muchas economías”, dijo James Whistler, director gerente de Vanir Global Markets, una empresa de bolsa de valores de energía y medio ambiente con sede en Singapur. “Esto nunca ha sido más evidente que en los últimos meses”.

Los redactores de Bloomberg News, Isis Almeida, William Wilkes, Peter Millard, Thomas Kutty Abraham, Simon Kennedy y Alex Tribou, contribuyeron a este informe.