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Por The Associated Press

El Kremlin ha mantenido durante mucho tiempo una cultura de hermetismo cuando se trata de controlar la información pública, especialmente en lo relacionado con accidentes, desde desastres industriales hasta emergencias sanitarias.

La muerte sospechosa la semana pasada de una trabajadora en un laboratorio de investigación en Siberia —suceso que ha avivado la preocupación mundial ante la posible presencia de peste neumónica—, es sólo el ejemplo más reciente de cómo los dirigentes en Moscú gestionan el relato oficial, que a menudo encubre la verdad durante años.

El organismo ruso de vigilancia de la salud pública, Rospotrebnadzor, comunicó a la Organización Mundial de la Salud que no se ha registrado ningún caso de peste en la región de Irkutsk, en el sureste de Siberia. En comunicados redactados con sequedad, la agencia rusa indicó que la trabajadora del laboratorio contrajo una neumonía de origen “desconocido” y que las pruebas no hallaron indicios de que su enfermedad hubiera sido causada por alguno de los patógenos con los que trabajaba en el Instituto de Investigación Antipeste para Siberia y el Lejano Oriente, ubicado en Irkutsk.

La OMS instó a Rusia a compartir más información para aclarar la causa de la grave neumonía, el patógeno que motivó tomar medidas de salud pública, y los reportes en medios de que una segunda empleada tenía neumonía de causa indeterminada.

La escasa información oficial sobre la muerte de la trabajadora —que reportes no confirmados en Rusia atribuyeron a la peste neumónica— sigue los patrones de hermetismo de la era soviética a la hora de lidiar con brotes de enfermedades infecciosas, accidentes y otras emergencias.

Estos son otros ejemplos de censuras por parte de Moscú de información de salud pública:

El brote de viruela de 1959-60

En los últimos días de diciembre de 1959, el destacado artista gráfico soviético Alexei Kokorekin enfermó y murió poco después de regresar de un viaje a India.

En un principio, los médicos tuvieron dificultades para identificar la causa del fallecimiento como viruela, que se consideraba erradicada décadas antes. Una vez que se determinó claramente que sí era, las autoridades pusieron en marcha una iniciativa masiva para contener el brote.

La KGB rastreó meticulosamente a los contactos de Kokorekin, y miles de personas fueron puestas en aislamiento. Se contactó a un vuelo de Aeroflot que transportaba a uno de sus contactos antes de que aterrizara en París y se le ordenó regresar a la capital rusa.

Las autoridades suspendieron todos los viajes hacia y desde Moscú y lanzaron una campaña sin precedentes en la que miles de equipos de vacunación distribuyeron dosis a millones de residentes de la capital y la región circundante. Los medios internacionales informaron sobre la campaña masiva, pero los medios estatales soviéticos guardaron silencio al respecto.

El brote provocó 46 casos confirmados y tres muertes en Moscú antes de ser contenido en 44 días. Más tarde aparecieron una novela y una película basadas en el brote, pero los verdaderos detalles de lo ocurrido se mantuvieron ocultos al público hasta los últimos años de la Unión Soviética.

El brote de viruela del mar de Aral en 1971

Durante pruebas de un arma biológica de viruela en un polígono fuertemente custodiado en la isla Vozrozhdeniya —en el mar de Aral— en agosto de 1971, un barco de investigación navegó accidentalmente demasiado cerca de la nube aerosolizada de microbios.

Una bióloga marina del barco contrajo viruela y la propagó a varias otras personas en la ciudad de Aralsk, en lo que hoy forma parte de Kazajistán, lo que resultó en 10 infecciones y tres muertes. La urbe fue puesta en cuarentena y más de 40.000 personas fueron vacunadas contra la viruela en cuestión de días, pero el público siguió sin saber lo que había ocurrido.

El incidente sólo se conoció ampliamente en 2002, cuando investigadores de Estados Unidos difundieron antiguos archivos soviéticos.

La fuga de ántrax de 1979

El 2 de abril de 1979, esporas de ántrax fueron liberadas accidentalmente desde un laboratorio secreto de armas biológicas en Sverdlovsk, una ciudad de los montes Urales que en la actualidad se llama Ekaterimburgo.

El accidente se debió a que un trabajador no reemplazó un filtro de ventilación defectuoso, lo que provocó la liberación de las esporas mortales al aire. Al menos 68 personas murieron en el brote de ántrax resultante.

Las autoridades soviéticas atribuyeron oficialmente las muertes a carne contaminada de un mercado callejero, y la KGB se aseguró de mantener en secreto los detalles del accidente, confiscando historiales médicos.

No fue sino hasta después del colapso de la Unión Soviética en 1991 que se conoció la verdad sobre el brote, en el gobierno del presidente ruso Boris Yeltsin, un exjefe del Partido Comunista en Sverdlovsk.

El desastre nuclear de Chernóbil de 1986

Cuando el reactor número 4 explotó en la central nuclear de Chernóbil, en la entonces república soviética de Ucrania, el 26 de abril de 1986, expulsó una nube radiactiva que se extendió por Europa.

Las autoridades tardaron en informar del incidente y en advertir al público sobre la amenaza radiactiva. Cuando Suecia detectó la radiación, Moscú negó inicialmente que hubiera ocurrido algún accidente.

Los funcionarios soviéticos esperaron 36 horas antes de ordenar la evacuación de la ciudad de Pripiat, cerca de la planta. Cinco días después, decenas de miles de personas estuvieron expuestas a la lluvia radiactiva mientras marchaban por las calles de Kiev durante el desfile del Primero de Mayo.

Pese a la política de “glasnost”, o mayor apertura, del líder soviético Mijaíl Gorbachov, las autoridades censuraron fuertemente los datos médicos y las cifras de víctimas como parte de sus empeños por ocultar la verdadera magnitud del desastre. Inmediatamente después del accidente, 30 trabajadores de la planta y bomberos murieron por síndrome de irradiación aguda, y miles de personas fallecieron posteriormente por enfermedades relacionadas con la radiación.

La pandemia de COVID-19

Durante la pandemia de COVID-19, algunos medios rusos independientes y reportes de medios internacionales indicaron que el número de muertes por coronavirus en el país podría ser mucho más alto de lo que decían los funcionarios del gobierno. Los reportes citaban un aumento en las tasas de mortalidad total.

Las autoridades rusas rechazaron airadamente esas afirmaciones, al considerarlas parte de una campaña occidental de desinformación contra Moscú.

Funcionarios en la capital rusa explicaron que el número relativamente bajo de muertes se debía a una rápida prohibición de viajes desde China al inicio de la pandemia, a la pronta introducción de restricciones, y a una amplia iniciativa de realización de pruebas que permitió a las autoridades detectar infecciones con rapidez y evitar que los pacientes desarrollaran complicaciones potencialmente mortales.

Las autoridades negaron las denuncias de escasez generalizada de equipos de protección personal y de procedimientos cuestionables de control de infecciones en decenas de hospitales. Algunos trabajadores de salud indicaron que fueron amenazados con el despido o incluso con enfrentar procesos judiciales por quejarse de la situación.

En 2020, Rusia tipificó como delito la “información falsa” sobre amenazas a la seguridad pública, y grupos defensores de los derechos humanos documentaron que decenas de personas fueron procesadas por hacer afirmaciones supuestamente falsas. Pero al final de ese año, las autoridades reconocieron de hecho que el número de muertes era varias veces mayor que el informado previamente.

A comienzos de 2022, las autoridades rusas reportaron un total de más de 13,5 millones de casos confirmados de COVID-19 y 338.091 muertes, por mucho la cifra de fallecimientos más alta de Europa en ese momento. La agencia estatal rusa de estadísticas, Rosstat —que utiliza criterios de conteo más amplios—, indicó que hubo 681.100 muertes vinculadas al virus entre abril de 2020 y diciembre de 2021.

“El sistema puede silenciar, pero no es lo suficientemente competente para coordinar, así que produce contradicciones en lugar de un relato falso unificado”, escribió esta semana Judy Twigg, profesora de ciencias políticas en la Universidad de la Mancomunidad de Virginia.

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Dasha Litvinova contribuyó desde en Tallin, Estonia.

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.