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“El teatro es el arte del aquí y el ahora, es la conciencia del pueblo hacia el futuro, y no una pasiva visión nostálgica del pasado”, solía decir el dramaturgo, director de teatro, catedrático y académico mexicano Héctor Mendoza (1932-2010).

Mendoza dirigió más de setenta puestas en escena y fue autor de más de cuarenta obras de teatro, además de ser mentor de Carmina Narro (1969), a quien ella se refiere como “una personalidad apabullante por su disciplina, su academicismo que él mismo había creado y su leyenda negra alrededor del rigor…”.

Carmina Narro es una de las dramaturgas más importantes de la literatura mexicana actual. Se ha desempeñado como actriz y directora teatral. Narro realizó estudios de dramaturgia, análisis teatral y dirección con Hugo Argüelles, Vicente Leñero y Juan José Gurrola, conjuntamente, estudio en el Núcleo de Estudios Teatrales (NET) con Raúl Quintanilla y el ya mencionado Héctor Mendoza. Ha escrito guiones para cine y televisión, publicado cuentos en el suplemento cultural “Sábado” del diario Unomásuno, impartido clases de composición dramática en la Escuela de Escritores de la SOGEM. De ella, Juan José Gurrola escribió: “Carmina Narro atrapa la realidad cuan ésta se descuida”.

El motivo de esta entrevista es para dialogar acerca de Teatro, los premios que le han sido otorgados, la narrativa y la actuación, y de su participación en la antología Látex Azul Cielo (Moho, Segunda Edición, 2022).

¿Cuáles son los recuerdos más afectivos que conservas de Los Mochis, Sinaloa?

Nací en Los Mochis, pero yo no tenía uso de razón como te podrás imaginar.  ¿Recuerdos afectivos? No… Tal vez una extrañeza de cuando fui de adolescente con mi papá. Y yo pensaba… “Pues no está tan bonito como para que se la pase tanto tiempo aquí”.  Después, cuando fui con mi hermano mayor, me dio mucha nostalgia lo que no conocí, pero sí caminé por sus tierras. Parece que estoy hablando en sinaloense sólo porque mencionaste Los Mochis.  Creía que las mejores tortillas de harina se hacían en Sonora, pero no,  Sinaloa tiene lo suyo.

¿Cuál fue la mayor enseñanza que te legó Juan José Gurrola, del que te desempeñaste como asistente de dirección en 1989, además de haber sido su alumna?

Gurrola fue un remanso. Gurrola me ayudó a pensar sin márgenes en rojo.  Yo venía del infierno y después de estudiar con Héctor Mendoza, una institución teatral, pero la militarizada del Teatro con mayúsculas… Y si no sufrías, no podías merecer… Mendoza era una personalidad apabullante por su disciplina, su academicismo que él mismo había creado y su leyenda negra alrededor del rigor… Admirable. Ahora sé que si no tienes una disciplina medio militarizada no puedes hacer teatro. Yo temblaba cada vez que me dirigía la palabra.  ¿Por qué hablo de Mendoza si me preguntaste de Gurrola?: Para poder hablar de mi percepción. Con Gurrola era el imperativo “piensa distinto y en este segundo” igual de tiránica. Su exigencia era si yo digo vaca, no digas leche. Esa pirueta del pensamiento para acabar con la asociación de ideas no estaba fácil.  Y sobre todo también, diviértete. “Goza, no jinetees tu dolor…”  Cuando me dijo eso… me quedé pensando no sé cuánto tiempo.  Y creo que nos ayudamos mutuamente a gritos destemplados. Es una de las relaciones más importantes de mi vida, te lo digo a mis cincuentas. Mi maestro más importante porque fue el más generoso. A pesar de todo lo que se podría decir ahora. En estos tiempos, estaría preso. ¿O sigo padeciendo una relación tóxica después de tantos años de muerto?   ¿Y la de Mendoza? Pero fíjate que Ludwik, él no fue mi maestro, pero tenía fama de ser el más tirano de los tres, dicen,  fue el único que me dijo: ten mi teatro y te doy diez mil pesos para que montes lo que sigue de tu obra…  Y otra vez Gurrola entra a la historia…, hizo la escenografía… No sé…, salen demasiados laberintos.

La escritora y filósofa irlandesa Iris Murdoch, escribió en El mar, El mar (1978), que “el teatro es sin duda un lugar para aprender sobre la brevedad de la gloria humana y de todas esas pantomimas maravillosas, resplandecientes, absolutamente desaparecidas”. ¿Qué es para Carmina Narro el Teatro?

No sé. Es el lugar donde más he padecido y regreso a él.  Casi como si fuera masoquista. También donde he sentido que puedo lograr que el aire cambie de densidad o se vuelva una carcajada o una sonrisa timorata, da igual. Yo escribo en teatro. Yo no describo, yo hago diálogos que crean la historia y a los personajes también. Me imagino el escenario…, muy pobre porque sé que no habrá dinero… Pero ahí me siento libre…, por más constreñido que esté el montaje en la realidad. Y quiero que al menos por unos segundos sí cambie la gravedad del aire, que cambie la atmósfera con una escena tensa y también en otras que vengan las risas… Lo he conseguido. Tal vez por eso siempre tengo que regresar. La belleza causa vicio.

¿Será que en el apellido llevas la penitencia?

Estábamos en el taller del Royal Court de Londres y en un ejercicio que parecía muy bobo-ñoño…, y no…,  después me di cuenta que era demasiado revelador…, creo que te aventaban una pelota y tenías que decir algo de tu apellido, lo que fuera.  Y entonces, dije algo como que yo Narro, pero soy Dramaturga…, fue muy curioso. Y si tu pregunta venía por otro lado, yo me siento muy orgullosa de mis dos apellidos. Narro Flores…, ¿qué más?

¿Qué representó para ti el Premio Salvador Novo como Revelación en Dramaturgia, por la obra Recuerdos de Bruces? (de la que Rascón Banda escribió: “ella desnuda a sus personajes y los exhibe en sus pequeños infiernos, mostrando sus mezquindades. No son personajes agradables ni virtuosos, porque no hay en ellos la búsqueda de valores”).

Fue un shock. Nunca me lo esperé. Yo tenía 22 años y ya había librado una batalla campal por montarla –aquí vuelve Gurrola a mi historia– porque tuve que recuperarme de su traición. Y tuve que volver a hacer todo. Entonces, no sólo me recupero, voy y hago y aparte me premian. Fue una fortaleza a prueba de maestros. Déjame que te cuente que a esa obra fue Mendoza, y yo y mi asistente corríamos para todos lados porque había ido nuestro maestro, nuestro gurú… ¡Mendoza, carajo, Mendoza…! Y corríamos sin nada qué perseguir…,  Y Mendoza dijo que no iba por mí, si no por su alumna del reparto y mientras esperábamos a que la actriz saliera del camerino, me dijo con su elegancia intrínseca: “Que no te importe, Carmina, que haya poco público, a Bergman no le hacían mucho caso tampoco, hija”. Esas palabras las tengo tatuadas… Muy a su manera, pero creo que fue un elogio ¿no? Y a pesar de que el pequeño foro estaba casi lleno.

Ir a la premiación con mi familia fue lo mejor.

De qué manera confluyen en tu obra la escritura teatral, la dirección de escena, la producción, el guión, la narrativa y la actuación?

Cuando escribo teatro ya estoy dirigiendo. La chinga es la producción. Yo soy buena actriz por facilidad (talento se le dice)  y porque estudié con el mejor –otra vez Mendoza– y precisamente por eso no me es complicado explicarles a los actores de qué va y me pongo yo en el escenario a ver cuáles son sus necesidades prácticas porque las emocionales e intenciones ya se hicieron en trabajo de mesa bajo el entendido del subtexto de qué historia vamos a contar todos. Es increíble cómo tienes que unificar la historia porque todos los que intervienen, desde actores hasta creativos, tienen su propia historia en la cabeza. Y tienes que hacer que todos toquen la misma sinfonía. El escenario es el que siempre te va a pedir lo primero como si no hubieras tenido un trabajo de mesa previo, aparentemente.

Qué chinga…

Es un caos ordenado fascinante.

La narrativa me hace muy feliz. Sólo pienso, estructuro hacia donde va, en los primeros pasos que me llevan mis dedos, decido para dónde va, tomo notas a mano, y cambio de rumbo y se abren caminos que no cuestan escenografías…

Me ha costado mucho escribir mi primera novela y ha sido…, bueno…, muy revisada, elogiada, denostada…, ignorada… Creo la pobre ya ha de estar esquizofrénica por tantos dictámenes encontrados. No ha sido publicada, pero ahí está con viruela, pero yo la cuido. Mis cuentos ahí están…, dispersos…, pero se cuentan solos.

¿Cuál fue la exegesis creativa de Credencial de Escritor, reconocida con el Premio Bravo, a la mejor comedia del año en 1996, dentro de la Asociación Rafael Banquells?

Creo que es más que claro que tengo conflictos con la autoridad…, venga de donde venga. José Antonio Alcaraz lo dijo en un artículo en el Reforma hace mil años, que yo era anti Tlatoani…, algo así.

¿Qué es lo que más recuerdas de tu estadía como becaria del Writers Room de Nueva York?

El olor del metro. Su majestuosidad cuando llegué y vi Manhattan de noche. Lo insoportables que pueden ser los neoyorquinos. Y también, una vez que estás ahí, sin el eye contact del que me previnieron todos mis cercanos, te sorprenden todo el tiempo porque de la nada te dicen cualquier comentario. Tal parece que necesitan hablar con alguien. Es una ciudad de gente tan sola como yo, después de un tiempo, me sentí parte de.  Hice buenos amigos, no sólo buenos, entrañables.

La mayoría de las puestas en escena de tus obras las has dirigido tú misma. ¿Hoy en día, quién te gustaría que te dirigiera?

Que dirigiera mis textos, Rodrigo Johnson, Silvia Ortega Vertoretti, Pilar Boliver o John Gould Rubin de Nueva York.

Háblame de tu relato dentro de la antología Látex Azul Cielo (Moho, Segunda Edición, 2022).

Fue hace mil años y ahora es actual. Eso habla bien del libro y mal de nuestra sociedad. Yo escribí “¿Qué piensa Moi cuando toca el güiro?”,  porque la violencia va de ida y de regreso. Porque una mujer somete a un güey porque entiende que es la única manera de poseerlo. Siempre me he cuestionado muy silvestremente cuál es el inicio del mal, pero ni Eva, ni Lilith, ni Medusa, ni las muertas me responden fehacientemente…, ¿por qué nos matan?, ¿porque somos el origen?, ¿porque nos endilgaron ser objeto de deseo? Creo que Látex abrió una carta hace mucho…

Portada del libro Látez azul cielo, segunda edición. Editorial MOHO.
Portada del libro Látez azul cielo, segunda edición. Editorial MOHO.

¿Cómo es tu relación con Guillermo Fadanelli, qué representa para ti su amistad, narrativa y pensamiento crítico en un mundo sin sentido?

Mi amistad con Guillermo, para mí es entrañable y también con Yolanda, pero ella no bebe.  No participo mucho de las mesas largas de Willy donde él oficia. Pero han sido muchos años de vernos crecer, caer y volvernos a levantar. Celebrar la miseria de la vida con largas conversaciones por teléfono o por Zoom si es necesario…, son edificantes, aunque quede derruida al día siguiente. Lo considero junto a Rodrigo Johnson, mi mejor amigo. Yo no sé si eso sea bueno o sea malo.

¿Le darías el Nobel a Willy?

¿Yo por qué?

Si lo está buscando…, no. No sé.

Pero por su obra, sí.