Como escribió América Pacheco: “cada trabajo de la autoría de Luis Muñoz Oliveira (Ciudad de México, 1976), se sumerge en tremendas reflexiones existenciales desde una óptica que nunca hecha de lado la emocionalidad del individuo, su fragilidad y motivos”. En su más reciente novela, Las marcas del agua (Dharma Books, 2022) Oliveira narra la historia olvidada de una cofradía que intentó en pleno Siglo XVI, establecer un lugar donde reinara la concordia, aprovechando los viajes de Cortés, Magallanes y Luis de Carvaxal. Una novela que nos emociona y nos transporta a otras épocas, porque es buena literatura de verdad. Literatura que nos parece más real que la realidad misma es la que está escrita en Las marcas del agua, palabra a palabra, párrafo a párrafo, página a página, con sangre en las sienes, en las manos y en el alma.
¿Si no existiera la provocación, el relato se cristalizaría en formas estereotipadas?
Sin duda la provocación es uno de los mecanismos de la literatura para diseccionar el estatus quo: Palahniuk, Bret Easton Ellis, Houellebecq, Darrieussecq son buenos ejemplos de ello. Pero la provocación no es el único camino ni para llamar la atención del lector, ni para desmenuzar la realidad. Por otro lado, cabe decir que los estereotipos usados con sarcasmo pueden ser provocadores. Tanto la búsqueda de emociones, la descripción de un destino inquebrantable (como buen destino), la denuncia de lo que la sociedad oculta, todo puede llegar a ser provocador, pero no es por ese motivo que se vuelven literatura. La provocación puede ser un fin, un medio y no es estrictamente necesaria.
¿Cuál es el relato, la historia, que Luis Muñoz Oliveira lleva para siempre?
El destino humano: no podemos escapar del amor y el dolor, de los anhelos y las derrotas; son la estructura del espíritu.
La Filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la Filosofía, solía decir Francois de la Rochefoucald. ¿De qué manera se compagina la Filosofía y la Literatura en tu labor creativa?
La filosofía que se ve en la literatura, la envilece, es mostrar los tubos. La literatura sin filosofía en el corazón, no me interesa. Y esa es mi disputa: llenar el corazón de cada relato de filosofía sin que nadie se las huela. Casi siempre fracaso, pero hay momentos en que me queda bien, como en El mismo polvo, en Las marcas del agua.

Al final de cada relato de El mismo polvo (2021), el lector tiene la sensación de que el viento ha barrido las nubes y ha aparecido por fin, la luna. ¿Cómo logras ese efecto?
Me entusiasma que esos relatos te dejen esa imagen. Es un libro contemplativo: mira en silencio la belleza del mundo mientras brota del humus la maldad humana. Le debe mucho al Aleph de Borges, pero también a las novelas cortas de Thomas Wolfe y a Walt Whitman. Es, tienes razón, un libro donde los nubarrones le ceden el escenario a la calma luna.
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¿Son Por la noche blanca (2018) y El mismo polvo (2021), partes de una posible trilogía que gira en torno a la cocaína?
Esta pregunta es fácil de contestar: no. El mismo polvo es único en mi obra, como te decía, un libro contemplativo. Eso no quiere decir que no recurra a esa prosa en ciertos fragmentos de mis novelas, pero no se halla en su centro. Otelo, el personaje de Por la noche blanca tiene, eso sí, una relación bastante clara (en mi cabeza) con Juan Miquiztli, uno de los personajes de Las marcas del agua. Se relacionan en dos ámbitos: por un lado comparten historia vital al venir los dos de la necesidad económica y terminar inmiscuidos en los bajos mundos del crimen. Pero también en su curiosa oralidad: hablan como sólo ellos pueden hablar. Como escritor no intento imitar el habla de la calle, juego con ella.
¿Te consideras un escritor espiritual?
Lo he sido, sin duda en El mismo polvo, pero también en El oficio de la venganza y en algunos pasajes de Las marcas del agua: el espíritu es una de las partes de lo humano que me interesa indagar, pero también los celos, los límites entre el bien y el mal. La avaricia, la crueldad, la esperanza. Lo que no soy es una persona espiritual.
¿Cuál es el sentido de la justicia para Luis Muñoz Oliveira?
Dar todo lo que nos corresponde, recibir sólo lo que nos corresponde.
Háblame de la estructura narrativa de El mismo polvo, la confluencia entre las voces de quien lo narra y el salto entre la primera persona y la tercera, hasta encontrar a un narrador omnisciente, en una sola historia que lo cruza todo.
El mecanismo que utilizo lo reconocí por primera ver en el Aleph de Borges: el narrador, que va contando sus días en primera persona, ve algo y lo describe. De esta manera logra desdoblarse para narrar en tercera persona lo que atestigua. Además de la vista, lo que narra en tercera persona se vincula con la mirada subjetiva porque el narrador también siente lo que sucede en la historia.
¿Quién es en verdad el narrador de El mismo polvo?
El narrador es uno y el mismo, sucede que en algunos momentos cuenta lo que se le revela en el óvalo de un altar y en otros momentos narra su propia vida. Mi narrador es un tipo de apellido Muñoz que nació en México, pero que a muy temprana edad lo llevaron a vivir a California. Crece en Los Ángeles y estudia robótica. Se vuelve un tipo sobrado, hasta que la revelación de las sombras lo hace poner los pies en la tierra.

¿Este personaje que está rompiendo los constructos morales, religiosos, políticos, sociales y familiares tiene que ver algo contigo?
Lo hice Muñoz, para jugar conmigo, lo hice de Los Ángeles para señalar que no soy yo. Lo utilizo para explorar aquello que me obsesiona, es un vehículo de mi curiosidad.
¿Está el mundo pasando por una crisis existencial?
Así como está de moda decir que vivimos en la época de la posverdad, yo creo que vivimos en la época de la post-utopía: agotamos las utopías. Por otro lado, hay que hacer hincapié en que nos encanta pensar que estamos al final de todo, como si no hubiera mañana, pero seguro que también estamos en el mundo de la preutopía, porque vendrán otras, si más que homo sapiens somos homo anhelador. En el ciclo de la vida y de los sueños, nos tocó ser la basura que se vuelve composta, que se vuelve flor. Añoramos las flores del ayer, pero estamos compuestos de sus pétalos marchitos.
¿La libertad nos arroja al vacío?
En el sentido existencialista sí: la vida propia no tiene un sentido preestablecido. Pero sólo en ese vacío podemos ser nuestro propio relato, y de eso se trata la libertad, entendida así. Entonces, más que arrojarnos al vacío, la libertad es el vacío de donde salen los anhelos que vamos realizando.
¿Es El mismo polvo un ejercicio literario para encontrar la paz?
Anda. Es un homenaje al estoicismo, está, en algún sentido, lleno de Marco Aurelio, de Epicteto, de Séneca. Ellos, junto con los epicúreos, pregonaban la ataraxia o imperturbabilidad de un alma fortalecida ante la adversidad y la incertidumbre del mundo. Creo que tienen un punto.
¿Cuáles son las similitudes más marcadas entre el México del Siglo XVI y el del Siglo XXI, que se ven retratadas en tu novela Las marcas del agua (2022)?
La codicia en pos de la cual se generaliza la violencia. Y no, no creo que todas las épocas estén tan llenas de ese afán de hacerse de los recursos de los demás como la nuestra. Somos más viles.
¿Por qué decidiste hacer un thriller histórico sobre este país?
Umberto Eco es un escritor genial y, sin duda alguna, novelas suyas como El nombre de la Rosa, Baudolino, El cementerio de Praga me motivaron a escribir teniéndolas como un lejano horizonte. Quería novelar momentos importantes del siglo XVI y qué mejor que hacerlo inspirado en tan gran maestro.
¿Cuánto tiempo te llevo diseñar la arquitectura de la trama de Las marcas del agua?
Hace poco revisé la información del archivo del manuscrito de la novela y descubrí que data de 2017. En abril de ese año me sentí con suficientes ideas como para empezar a tomar notas en la computadora. Pero el proceso de imaginar es anterior. En fin, al menos me tardé seis años.
¿El narcotráfico hoy en día parece operar con las mismas prácticas elaboradas en 1501?
Sin duda, volvemos a la codicia, a la idea de ser merecedor de riqueza y prestigio por cualquier vía. ¿Qué tan desquiciado sería decir que los conquistadores del XVI son como los sicarios del XXI? Se parecen mucho.
Háblame del Reino de la concordia, ahora Cofradía de la discordia.
Inventé para la novela una cofradía que tenía en sus planes fundar un reino de la concordia, donde se pudieran profesar las distintas religiones. Tal cofradía no existió, pero no la inventé del aire: ahí están pensadores como Castellio y Erasmo. Casiodoro de Reina, quien también aparece en la novela, era miembro de un grupo de monjes protestantes que hubieron de huir de Castilla para establecerse al norte. La cofradía, según mi novela, estuvo cerca de fundar tal reino de la concordia en lo que hoy conocemos como Nuevo León, al norte de México. Pero fracasó por culpa de la avaricia de virreyes y oidores de la Audiencia de la Ciudad de México. Esa historia se repite en varios niveles: En México el centralismo termina con muchos sueños de otras regiones; y la codicia es motor de la discordia. Donde se quiso implantar la concordia reina la más profunda discordia.
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¿Cómo fue la construcción de personajes ficticios al lado de otros históricos, para darle realce a esta historia?
Así tal cual, uso personajes históricos (Cortés, Bartolomé de las Casas, Magallanes, Luis de Carvajal) para acompañar personajes ficticios. Este viejo artificio dota de realidad a los segundos. Lo que narro avanza en el esqueleto de la historia pero no se ciñe a éste.
¿Por qué nos preocupamos tanto por nuestro presente en México, pero volteamos poco a nuestro pasado?
La preocupación por el presente es la norma, es el lugar donde nos duele el desamor y nos preocupa el futuro. No sé si volteamos poco al pasado, nuestro presidente no para de hablar del siglo XIX. Más bien creo que hacemos una selección arbitraria y a conveniencia del pasado para explicar a modo nuestra realidad, pero nos hace falta buscar en lo que hemos dejado en cierta penumbra, ahí hay cicatrices que atender, y hay historias que pueden echar mucha luz.
¿Por qué seguir escribiendo?
No sé si hay que seguir escribiendo, disfruto mucho más de leer, cocinar, comer, tomar vino y de ver sonreír a mi hijo. De todas formas siempre vuelvo al teclado. Pero quiero hacerlo de otra manera.
¿Tal vez descubramos la literatura en el mismo acto de fallecer?
No lo sé, fallecer es algo que no he probado y que no me esfuerzo mucho en imaginar. Hay que llegar a esa fecha fatídica, contundente y tajante, satisfechos. La literatura es parte de la satisfacción de estar vivo.


