
Levantarse a las seis. Sentir que uno quiere dormir más. Más. Mucho más. Que no estás ni cerca de sentirte descansado. Ni cerca de que los ojos se abran naturalmente. Ni cerca de la belleza de una vida tranquila. Añorar esa vida. Acordarse que es lunes, apenas lunes. Que queda un abismo para levantarse sabiendo que el día siguiente es sábado, que al día siguiente la alarma es innecesaria, el día libre, abierto, mentalmente escampado.
Considerar las opciones: uno: dormir diez minutos más, levantarse en chinga, bañarse en menos de un minuto para compensar el tiempo extra durmiendo y tener tiempo para desayunar con calma, salir a las seis y media, llegar al diez para las siete al estacionamiento del Triángulo, respirar un minuto de paz antes de bajar del coche, plantarse en el elevador, llegar al piso ocho y afrontar la maravillosa tarea de predecir inflación desde la pecera; dos: levantarse ya, en putiza, recordando los pequeños gestos que hacen toda la diferencia entre el desorden y una vida disciplinada: despojarse de las sábanas en un movimiento, incorporarse en otro, quitarse la playera de dormir en el tercero y, con un cuarto movimiento, definitivo y simultáneo, abrir la llave de la regadera en lo más frío posible con la espalda estrictamente debajo, aceptando el destino cotidiano (cierto: tortuoso, incómodo, pero todo eso tendría su recompensa en el orgullo sentido minutos después por haber vencido el cansancio, la flojera, la pesadumbre, y estar listo a las seis:diez desayunando en el comedor, a las seis y media arrancando el coche, al cuarto para las siete estacionado en el sótano del Triángulo y al cinco para las siete ya con el reporte de la mañana listo para enviar a los inversores).
Todo eso considerarlo en un segundo. La diferencia entre la disciplina y el caos, el orgullo y la mediocridad es mínima, está a un movimiento de manos: quitar las sábanas de un tirón, para que las piernas sientan el aire del diciembre poblano y no les quede más remedio que activarse, encamorradas, ateridas; pero tan difícil franquear dicha barrera, tan molesta, significativa. Un poco de volición para mejorar significativamente: en esos veinte minutos del desayuno leer el resumen de un libro de economía, que merecería leerse completo, pero para el que nunca hay tiempo.
Tener los datos más significativos para mejorar frente a los compañeros de trabajo, para poder opinar más de economía en las comidas familiares, para sentirse economista. Escuchar un audiolibro en el camino hasta el Triángulo, Historia de dos ciudades, que debería leerse completo, que quieres leer todo el día, pero para el que nunca hay tiempo; leer, mejor dicho, escuchar, un capítulo al día, para terminarlo en poco más de un mes, para tener más de qué hablar con los amigos, con las mujeres, con la familia,
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en los eventos sociales, para sentirse más culto, para sentir que uno está nutriéndose de ideas a diario.
Estar en medio. Ni posponer el despertador diez minutos ni acumular la voluntad para aventar lejos las sábanas. Salir de ellas a medio gas, sentándose en la orilla de la yacija, con los ojos entrecerrados, buscando con la punta de los dedos las crocs mal colocadas luego de la parada al baño en la madrugada. Tallarse los ojos, desprenderse una lagaña, exclamar un breve ah al tiempo que te levantas al baño, donde avientas la playera y los boxers en el lavabo, entras en la regadera, y con un gesto más obligado que vehemente abres el paso del agua en la temperatura que está justo en medio entre el frío y lo caliente.
Vestido, con ropa formal que preferirías llevar para una fiesta -y que preferirías llevar después de haber hecho ejercicio, para sentirte digno de llevarla puesta-, te preparas dos quesadillas, les pones salsa, las digieres lentamente, y luego pelas una mandarina, mientras tus señores padres duermen. Eres de rutinas: la fruta después de las quesadillas, porque las últimas son calientes y la primera es fría, refresca, limpia un poco la boca. Sabe un poco ácida esa mandarina, pero no tienes mucho tiempo para dedicarle a una mandarina, tienes que terminar el resumen del audiolibro de los hábitos de grandes líderes.
El resumen en audio termina a las seis y media, un minuto tarde estás prendiendo el Mini Cooper que te regalaron tus señores padres para acelerar un poco más y recuperar el minuto perdido. Sales del fraccionamiento, saludas al poli, doblas dos veces a la derecha, te toca el semáforo antes de salir a la Atlixcáyotl y pones música. Inicia Yonaguni a la mitad, justo donde la dejaste la última vez que te subiste al coche, el sábado en la tarde, cuando el estado de ánimo era de peda. Hoy la cambias, pones lo primero que sale de música clásica, Vivaldi. En los segundos iniciales decides que ese tampoco es el estado de ánimo y apagas el sonido.
El semáforo se pinta de verde, cruzas la Atlixcáyotl para tomar el sentido en dirección al noreste. Recuerdas la lección principal del audiolibro de grandes líderes: iniciar la respuesta a un subordinado repitiendo sus últimas palabras. Aceleras normalmente, a setenta y cinco kilómetros por hora, pasas debajo del puente del bulevar Municipio Libre y sientes una primera punzada. Una punzada, leve. Repites la frase, interiormente, practicando repetir las últimas palabras del otro, que ahora eres tú. Frenas pronto y te quedas detenido en el tráfico mañanero del semáforo del Complejo Cultural Universitario. Otra punzada, igual de leve, pero clara. La ignoras, no es nada. En el instante en que los coches empiezan a avanzar viene otro toque en el estómago. Claro. Reiterativo, como lo que hacen los grandes líderes. Se presenta en el umbral de dónde caen los alimentos al suelo del estómago luego de bajar por el esófago, como si alguien te apretara con fuerza y de súbito, acorde con un patrón aleatorio. Lo reconoces, tu instinto te dice que sí hay algo.
Regresas a luchar con lo que has estado lidiando los últimos meses: confiar en tu instinto, en tus sospechas, en tus sensaciones efímeras. No recuerdas las palabras pronunciadas por Sofía en la peda del sábado que no te gustaron, pero recuerdas tu sensación: sentiste algo desagradable al escuchar ciertas palabras de ella, así que tienes que confiar en que sucedió, ella dijo cosas que te generaron una sensación desagradable. Tienes que aceptarlo. Empezar tú por no ningunear tus sentimientos para que luego otros no puedan ningunearte. Sofía dijo cosas que te molestaron el sábado. No hay duda. Y lo aceptaste. (Estás repitiendo las palabras con las que terminaste, como los grandes líderes.) Ser
honesto, sin eufemismos: Sofía dijo algo que te hizo sentir humillado. Sofía te humilló. No tienes por qué volverle a hablar. No te cae bien. Lo has intentado muchas veces, ser buena onda con ella, hacerle bromas, convertirte en su amigo, pero la sensación desagradable en la convivencia con ella siempre permanece. Así que, análogamente, hay aceptar el sentimiento de este momento en tu estómago, reconocer que algo está pasando. Pero es difícil. Lo de Sofía ha llevado dos años de terapia. Dos años para empezar a lograr honestidad contigo mismo. La honestidad con tu propio cuerpo a lo mejor también requiera otros tantos años de terapia constante con el frenópata.
Avanzas, ni bien has pasado la gasolinera al lado del Súper Ola cuando se viene otro retortijón. Tú no querías llamarlo así, ¿de dónde salió esa palabra mental? Era solo algo punzando, un dolorcito de los que todos tenemos a veces. A todos nos pasa, el cuerpo no es perfecto, a veces nos duele algo.
No todos los días, por más cliché que suene, son un buen día. Sí, todos los clichés tienen algo de cierto, apenas lo hablabas con tu señor padre el fin de semana en el desayuno. Pero te salió la palabra retortijón, espontánea, sin planeación. No es un retortijón, es algo que punza. (Otra vez, otra vez con los eufemismos. Sí, pero pongo en práctica la lección para líderes.) Aceleras un poco más, no vaya a ser la de malas. ¿Qué significa “no vaya a ser la de malas”? ¿No es esa otra de las frases eufemísticas por excelencia, que insinúa algo malo pero evita a toda costa explicitar qué podría pasar? ¿Y no evita esa negación estar preparado para lo malo? Cuando alguien dice “mejor que te acompañe tu primo, no vaya a ser la de malas” quiere decir que pueden asaltarte, ponerte una pistola en la cabeza para quitarte todo lo que tienes, o ponerte una navaja en el vientre que, de no obedecer,
o de no hacerlo con prontitud, puede acabar en el fondo de tus intestinos. Una persona sola es más susceptible de ser víctima de un crimen que un grupo de dos o más, lo dicen las estadísticas. Entonces, ¿por qué mejor no decimos “que te acompañe tu primo, no vaya a ser que un criminal te asalte, te ponga una pistola en la cabeza para quitarte todo lo que llevas de valor, o que ponga la punta de una navaja en tu vientre, una navaja que, de no obedecer, o de no obedecer con la prontitud que espera, se clave en el fondo de tus
intestinos”? No lo decimos porque creemos en el poder de las palabras, te dices, en su poder invocador. Mejor no atraer la desgracia de ser asaltado o morir trágicamente asesinado, mejor dejarlo de forma abstracta, recomendar precauciones, pero sin invocar los infortunios.
Tu digresión la interrumpe una punzada, un retortijón. En el estómago, claro. ¿Qué significa en tu contexto particular “acelerar más para que no vaya a ser la de malas”? Le pisas, la luz es amarilla y quieres pasar el semáforo de Vía San Ángel antes de volver a sentir algo en el estómago. (¿De volver a sentir algo? ¿De vuelta al eufemismo?) La Suburban blanca del carril de la derecha se te mete sin poner la direccional y tienes que amarrarte porque el semáforo ya es rojo. El movimiento en el estómago no es aislado. Empieza un espasmo a retumbar, como si el amarrón en el semáforo le hubiera dado a tu estómago la certidumbre de que sucede bastante. Hay otro primer espasmo que te preocupa, porque ya no es en el estómago, pero está conectado. Muchos espasmos, muchas repeticiones. Mueves las piernas, golpeas con la punta del pie izquierdo la zona al lado de los pedales hecha para reposar, como si eso fuera a catalizar la aparición del verde. Los coches cruzan, van en
dirección a tu casa, ¿a qué trabajos? ¿Sería mejor tu vida si trabajaras en Plaza W, o si la oficina de Finamex estuviera en Lomas?
Por fin puedes soltar el freno y el marcador de velocidad digital (¿por qué ya no usan manecillas?) marca ciento diez kilómetros por hora. Tendrás que bajar a ochenta justo después del puente de Palmas, pero sabes exactamente dónde está la cámara, de hecho, sabes dónde están todas las cámaras de la Atlixcáyotl, por eso prendes el modo deportivo y llegas a ciento veintitrés kilómetros antes de desacelerar. Los espasmos siguen conectados. No avienen al mismo tiempo, sino en una sucesión alternada, para no dejarte duda y no dar tregua: primero en el estómago, cada vez más en el fondo del estómago, luego en el otro lado, el otro lado.
Odias las cámaras para infraccionar a los que exceden el límite de velocidad. Sí, a menor velocidad hay menos accidentes, menos muertes, menos heridos, lo dicen las estadísticas, pero ¿qué no saben que la gente a veces necesita ir más rápido? Y haciendo eso a un lado, ¿para qué tienen los coches motores hiperpotentes si nunca podrán usarlos? Si tu Mini fuera versión S la recuperación de velocidad después de un frenón sería tres veces más rápida y en este instante ya estarías después del CIS, pasando el puente del Atoyac, o quizá ya, a las alturas en que digo esto, casi entroncando al circuito Juan Pablo Segundo.
No estás ahí, todavía ves el Hospital Puebla. Como cuando estás en el gimnasio del Parque España II en la máquina de abdominales, y duele mucho y piensas en la película que pondrás cuando regreses a tu casa, en la noche; como cuando tienes a una mujer rebotando encima de ti en el Majestic y piensas en cómo resolver una integral para retardar tu orgasmo, para que ella vea que aguantas mucho, para seguir escuchando sus gemidos, ahora te distraes (otro eufemismo) con el momento en que, en esa misma avenida, un poco más atrás de dónde estás ahora, fuiste con tu señor padre a elegir el Mini, te mostraron la versión S y la quisiste y la diferencia eran cuarenta mil pesos, pero la chava que se los enseñaba dijo que el S era ideal para los que salen mucho a carretera y tu señor padre dijo que tú no sales mucho a carretera y por ende no lo necesitas, y con ese silogismo sepultó amargamente tu idea de tener un Mini S, que tú sabes que no haría ninguna diferencia en tu
vida, pero en este momento sí la haría y qué mierda no poder tener las cosas que quieres porque te hace falta mucho dinero. Sí, la distracción es un eufemismo, es no afrontar lo que sucede, querer aminorarlo volteando a otro lado. Aprietas, y aprietas las manos al volante y aprietas los dientes superiores contra el labio inferior, contra la parte externa del labio inferior. No lo habías hecho. Estás entroncando en el Circuito y el tráfico que superaste acelerando después del último semáforo se renueva en esta avenida plagada de semáforos. Muchas repeticiones, lo que hacen los líderes, pero repetir es otro eufemismo. Cuando aceptas escuchas una vez y punto. Diez más diez es veinte. Punto. No necesitas escucharlo de nuevo. Repetir es resistir, resistirse. Repetir es distraer, distraerte, aminorar lo que dices, quitarle peso. Repetir es un eufemismo.
La decisión de carril es crucial. Al detenerte te reacomodas en el asiento, sobre la pompa izquierda. ¿Por qué se llama Circuito Juan Pablo Segundo? En pleno siglo veintiuno es inconcebible que alguien considere a ese garrulo bueno para nada, ya no digamos un intelectual, sino alguien memorable. Pena debería darnos a los poblanos que ese zafio haya pasado por aquí con bombo y platillo. Ese tipo liderando el país más pequeño del mundo es, te dices, el epítome del desperdicio de recursos. Cuántas campesinas, investigadores, poetas, podrían vivir bien con el dinero que ese imbécil despilfarra, sin mencionar su hipocresía: el día que estuviste en la fila para entrar al Museo Vaticano y presenciaste las decenas de mendigos paseándose por la muralla pidiendo unos euros para comer. ¿Por qué el mensajero de la misericordia divina, por qué su excelentísima filistea majestad no le abre las puertas a esos hijos de dios, que están ahí, literalmente, llamando a su puerta?
No es África, no es Chiapas, están tocando su puerta -literalmente- y él los deja fuera.
Aceleras de más en primera y vuelves a amarrarte cuando te sientes cerca de pegarle al coche de enfrente. Chocar sería lo peor que podría pasar en esta situación. (¿Cuál es la situación que no dices?) Ya no puedes cambiarte de carril, será hasta el siguiente semáforo. Es lunes, hay que llegar, mandar el reporte de apertura a los inversionistas, descargar los precios de los alimentos de la canasta básica de las páginas de Walmart y Mega, para los de la gasolina hay que entrar a la de Pemex. Lo ideal sería crear un algoritmo que solito descargue todos los días los precios con los que predecirás la inflación de la siguiente quincena, pero no te interesa tanto la programación, y encima los programas antibots son cada vez más sofisticados y para tener semejante algoritmo habría que entrenarlo para que pueda reconocer las imágenes donde aparece un coche o un puente o un camión o una bicicleta, y un proyecto así requerirá dedicación de meses, a lo mejor un año, y tú estás ahí para predecir inflación y ser experto en macroeconomía, no para diseñar algoritmos burladores de sistemas antibots.
Puedes ver el Triángulo. Te acomodas una y otra vez sobre la pompa izquierda, sobre la pompa derecha. Alternas la mano con la que mueves el volante, tu espalda contra el respaldo es molesta. El debate sobre si los caballos despegaban o no todas las patas del suelo al galopar se resolvió con una ráfaga de fotos que demostró que los caballos pasan un instante flotando en el aire durante la carrera; si el objetivo de la ráfaga fueras tú en este momento, te preguntas, ¿también descubrirían que en un momento manejas el coche sin posar ninguna parte de tu cuerpo sobre el asiento? (Otro eufemismo: manejar con menos de lo necesario, sin sentarte).
El espasmo te obliga a apretar las pompas muy fuerte, y con la mano izquierda bajas la ventana cuando un Atos respetuoso de las reglas de tránsito se detiene en amarillo enfrente de ti y te deja atorado en el último alto antes del estacionamiento del Triángulo. Aire fresco, de las seis de la mañana, sí, ese aire te hará bien. Es como un chorro de agua fría, te despierta, te ubica. Lento bajas tus pompas, sientes la presión contra el plástico del asiento, pero te despegas inmediatamente, te ladeas para que lo que quede contra el asiento sea lo más alejado de tus pompas.
Sería bueno ir con alguien, tener un gran amigo en el trabajo que viviera en tu fraccionamiento, para que se fueran juntos todos los días y hoy pudieras pedirle que él estacionara el coche mientras tú te bajas ya aquí, en este semáforo, y corres a la entrada principal del edificio del Triángulo, por donde tú nunca entras, porque es una emergencia. Fue la mandarina, te dices.
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Estaría bien que otro estacionara el coche, pero tienes que seguirte removiendo en el asiento y pellizcándote las palmas para distraer tus espasmos, tus pulsaciones, tus retortijones, hasta que puedes acelerar con todo a la entrada al estacionamiento subterráneo, donde afortunadamente ya no hay coches, pero tienes que detenerte para pasar la tarjeta de empleado que abre la pluma, bajar al sótano tres, donde están los cajones de Finamex, hacerlo con cuidado, por las curvas, y luego subir en el elevador hasta el piso ocho. Esa mandarina. Vas a subir al uno, porque ahí también hay baños y el tiempo que tardará el elevador en llegar es menor. Esa mandarina, ácida, que no debiste comerte. Tú cuerpo te lo dijo, y lo ignoraste: otro eufemismo.
Todavía tienes tiempo para mandar el reporte, y si llega tarde no pasará nada por un día, al fin y al cabo nadie lo pela, este trabajo es una mentada de madre y qué pinche hueva que esto sea el resto de tu vida, esta repetición insulsa. Entonces, repetir es un eufemismo, los líderes, que para ser líderes repiten, se sirven de eufemismos. Ser líder es un eufemismo. Otra vez fallaste, porque no aceptaste el mal sabor que sentiste en la boca. La vida es una repetición, por tanto, un eufemismo. Aceleras más de lo que debes en las curvas del estacionamiento, aprietas, aprietas las pompas todo lo que puedes, te justificas pensando que cuando pierdes el control en una curva la salida es -contraintuitivamente- acelerar más, no frenar, y aprietas y aprietas, es tú única adarga, los espasmos se conglomeran, ya no quedan espasmos en el estómago, están todos en el otro lado, estás en el tercer sótano, girando para entrar en tu cajón de estacionamiento, y los espasmos dejan de ser espasmos, ahora son la sensación física de algo externo rozando tu piel, entre tu pantalón gris formal, tus boxers azules y tus pompas.
Sí, concluyes, la honestidad ayuda a superar las humillaciones, pero no soluciona cagarte
involuntariamente en los pantalones justo antes de bajarte del coche para empezar la semana laboral, y tampoco ayuda a ser un gran líder.