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En mi puericia, al contacto de mis primeros coqueteos con el cine, conocí a Brontis Jodorowsky, en una película del español Luis Alcoriza. Brontis interpretaba el papel del niño Daniel, una especie de ángel hermafrodita que vive con su madre (Fabiola Falcón), en una casona semidestruida de Bogotá, dentro de una atmósfera de claustrofobia sexual, incesto, fetichismo y voyerismo. La cinta llevaba por nombre “El muro del silencio” (1974), y había marcado profundamente mi niñez, irrumpiendo el sueño de mi razón; el personaje de Brontis era inocente aún en su malicia. Posteriormente lo vería en “Bayoneta” (2018), de Kyzza Terrazas, en el papel de Dennis, el antiguo entrenador de Miguel “Bayoneta” Galíndez (Luis Gerardo Méndez), un boxeador retirado, cuyo funesto destino lo llevaría a vivir en cierta buhardilla de un complejo habitacional en Turku, Finlandia.

Ambos personajes, el ángel colmado de malicia y el coach de boxeo convertido a padre postizo, trazarían una línea narrativa en mi vida, que me llevaría a mi comprensión del Yo y al olvido de los recuerdos que no pude tener, porque como escribió el poeta Enrique Lihn: “no hay nada más difícil de olvidar que las intenciones que no llegaron al acto, los actos suspendidos en la sorpresa y la violencia”.

Hoy tengo la fortuna de hablar con Brontis Jodorowsky, en un diálogo sobre el reencuentro con la consciencia de la humanidad, la identidad, la noche oscura del alma, las crisis y la muerte. Esta es la primera parte de esa entrevista.

Brontis Jodorowsky, actor y director de cine.
Brontis Jodorowsky, actor y director de cine.

En ‘Táu’ (2011), la película de Daniel Castro Zimbrón, interpretas a Gustavo, un hombre que viaja al desierto de Wirikuta, en una expedición que confrontará su más profundo dolor. Tras la pandemia, mucha gente lo perdió todo, o al menos, lo más vital. ¿Qué viaje debemos tomar para reencontrarnos con nosotros mismos?

Hubo una variedad de reacciones con la pandemia, tanto a nivel gubernamental como personal, de país en país sobrevinieron actitudes similares, y a la vez muy distintas. Lo que me pareció fundamental y que también tiene que ver con la crisis climática, es que fue un fenómeno que tocó a toda la humanidad. Claro, fue una oportunidad para un trabajo sobre sí mismo, por estar aislados, y mucha gente sintió que tenía que “rentabilizar” el Covid-19 escribiendo sus memorias, realizando web meditation o tik tok yoga; todo esto tiene que ver con una forma de individualismo que promueve la sociedad. Asocio tu pregunta con la idea de la autoayuda; el trabajo sobre sí mismo es necesario, sí. Pero la noción de autoayuda tal como se ha desarrollado, con todas sus publicaciones —que alimentan un mercado— tiene un poco que ver con el ombliguismo, el cada cual por su cuenta y esa ilusión del self-made man, a la raíz de ciertos males de nuestra sociedad. La verdadera apuesta después de la crisis que hemos pasado es cómo reencontrarnos juntos, más que reencontrarse a sí mismo. No podemos hablar sobre lo que todo el mundo perdió dado que hay gente que no perdió nada (muchas empresas de internet, los servicios de streaming, por ejemplo, bendicen la pandemia). Hay gente que sí perdió mucho, según su clase social y su nivel económico, los ahorros, la talla de su casa, etc. No es lo mismo si te separaste de tu pareja porque resultó difícil convivir 24 horas sobre 24, o si la pareja sobrevivió a ese test y se dieron cuenta  de que su amor podía atravesarlo todo. Te puedo hablar de lo que sentí y de lo que más me dolió: esa separación con mis seres queridos, con mis hijas, la disgregación geográfica. En París, después del primer confinamiento, podíamos pasear sólo dentro de un área de un kilómetro alrededor de nuestro domicilio, y una de mis hijas vivía a un kilómetro 300. Trampeamos un poco. Entendí como nunca el valor del contacto humano, el valor de compartir momentos, el valor de un simple abrazo.

Ciertos aspectos del modo de vida que propone la sociedad nos llevan  a enfocarnos en nosotros mismos, las sobre presentes redes sociales nos acorralan con sus algoritmos que siempre te ofrecen lo que te gusta, lo que te mantiene dentro de tu territorio mental y emocional para que con esas pequeñas dosis de dopamina artificial puedas soportar una existencia absurda. Hay que encontrar los caminos para guardar la consciencia de que este fenómeno nos tocó en tanto que humanidad, y que ha durado —en China todavía están con políticas “cero covid” de aislar ciudades enteras, mientras que otras ciudades quedaron abiertas en plena crisis por motivaciones político-económicas y lo pagó muchísima gente por falta de precaución; otras encontraron su equilibrio. Si alejándose de intereses egoístas —que en el fondo son intereses comerciales— la humanidad hubiese tratado el problema de manera global, habríamos hecho un progreso. Hoy en día estamos frente a un problema más grave aún: el de la urgencia climática. Estamos desordenando completamente el medio ambiente gracias al cual vivimos y en una actitud de inconsciencia suicidaría no estamos reaccionando en tanto a humanidad… Me parece que más que preguntarnos qué hacer para reencontrarnos con nosotros mismos, individualmente, deberíamos preguntarnos: ¿cómo hacemos todos para reencontrarnos dentro de la consciencia de la humanidad?

Muchos de nosotros tenemos la sensación de que cuando queremos abandonar un espacio denominado como ‘nuestra identidad’, entramos en otro lleno de incertidumbre, donde nos sentimos a ciegas. La noche oscura del alma es para algunos místicos un periodo de tristeza, miedo y angustia necesario para acercarse a Dios. ¿Estamos pasando por esta etapa, o es simplemente ansiedad generalizada?

La cuestión de la identidad es interesante, sobre todo actualmente. Necesitamos pertenecer, el ser humano es un ser social que se desarrolla en contacto con otros seres humanos, según los estímulos que recibe del exterior. Esto es puramente teórico, pero a un bebé recién nacido lo metes en un cuarto totalmente oscuro y en quince días se vuelve ciego, dado que la luz no ha estimulado su nervio óptico. Emocionalmente somos así: un ser no querido, no acariciado, tendrá más dificultades para vivir la empatía y la compasión; en la vida, si recibes amor lo puedes compartir. A la vez, la noción de identidad puede ser algo que te encierra en modelos de pensar preestablecidos, en modelos de sentir, de actuar. Como todo ser, una sociedad es orgánica, tiene grandes riquezas y grandes trampas, aspectos terribles y otros luminosos. La identidad en su faz oscura, es algo que te va a encerrar, a limitar, que va impedirte el acceso a tu verdadero ser; es un sistema de inhibiciones. La  religión, por ejemplo, es pertenencia, es formar parte de un grupo que se identifica con un mito, en principio con el objetivo de elevación espiritual compartida. Pero a la vez la iglesia está llena de prejuicios sobre la sexualidad, de sistemas de poder, de misoginia, etc. Es muy doble eso de la identidad. Hasta políticamente: puede ser una noción de cohesión social o un veneno absoluto. Hay una bonita adivinanza para niños, que a veces a los adultos les cuesta resolver: “¿Qué está más lejos de ti, la punta de tu nariz o el pulgar de tu pie?” ¡La respuesta es ninguno de los dos, dado que los dos son tú! Cuando realizas que has vivido en pertenencia a una identidad impuesta,  o a la cual no te identificas más, querer separarte de ella es delicado; no te vas a cortar un brazo, so pretexto de que de esa manera serás más tú… Hay que saber distanciarse sin perderse. Porque, en el fondo, nuestra identidad está ligada a nuestra vivencia, a nuestro transcurso; somos un relato. Y nuestra historia personal, familiar, social, está ligada —como las grandes obras de teatro de Shakespeare que combinan la pequeña y la grande Historia— con muchas circunstancias de la narrativa que compartimos con los demás, con la sociedad. Dentro de eso, hay que tener clarividencia.

Me hablas de identidades, de saber quién eres. “¿Quién soy?”, es una pregunta compleja, a veces angustiante. Pero si “Quién soy” es complejo, vaporoso, fluido, algo intangible; más accesible es saber quién NO eres y dejar caer lo que no eres, lo que sientes que no eres, lo que van a ser las inhibiciones, los prejuicios, los límites mentales, los miedos emocionales, etc. Eso lo puedes identificar, es palpable, concebible, desechable. Por otra parte, si estamos de acuerdo con Carl Jung, de que el inconsciente tiene una dimensión colectiva, entonces “Quién soy” no puedes ser nada más tú, tu Yo. La pregunta se transforma entonces por ella misma en “Quiénes somos”. Volvemos a la identidad… Según el sicólogo francés Serge Tisseron una de las preguntas que causa ansiedad es la del sentido de la existencia: “Qué sentido tiene mi vida” y él argumenta que es una pregunta imposible, a menos de darse cuenta de que, in fine, el sentido de nuestra vida es el sentido que tenemos para los otros. Vale la pena meditarlo.

En el mito judeocristiano, Jesús dice: “Por sus obras los conoceréis”. Así como el conjunto te recibe, le da sentido a tu vida. Eso no quiere decir que si el conjunto te recibe bien, ese sea tu verdadero sentido: a veces tienes que ser alguien que rompe las barreras, que sale de los esquemas, del conformismo, que va más allá de lo previsto, que hace avanzar a la humanidad de un salto con un nuevo conocimiento o una inspiración artística; ahí puede haber una forma de rechazo hacia ti. ¿Quiere eso decir que tu vida pierde su sentido? No, puesto que tras un tiempo, lo que es justo permanece y el mundo progresa. El conjunto avanza más lentamente que el individuo. Ahí entramos en otro espacio lleno de incertidumbre: tenemos algo inscrito muy profundamente en nosotros, en lo que algunos llaman el cerebro reptiliano, que es la noción de territorio. Fuera del territorio conocido, está el peligro. Un tigre, por ejemplo, tiene un territorio: lo marca con su orina, en él tiene de qué beber, presas, sol y sombra, etc. Si sale de su territorio, se mete a la comarca de otro tigre, donde puede haber peligro, falta de agua o de presas, es decir peligro de muerte. Nosotros tenemos un territorio mental (me identifico a lo que pienso o a ideas aprendidas), un territorio emocional (me identifico a lo que siento o a mis temores), un territorio sexual (me identifico a lo que deseo o a mis prejuicios), territorios que pueden ser catastróficos, pero que corresponden a lo que conocemos. El conjunto de nuestros comportamientos repetitivos, de nuestra manera de pensar, de lo que hemos sentido, los deseos que hemos podido satisfacer o no, ese es nuestro territorio. Nos cuesta cambiar de rutina, abrirnos a nuevas ideas, abrir nuestro corazón a nuevos sentimientos o aceptar los sentimientos negativos que descubrimos, nos habitan y que reprimimos a tal punto que nos ahogan. Tenemos temor al cambio y a lo desconocido porque nos introduce a un territorio oculto. Metafóricamente hablando, a menudo preferimos un aire viciado que conocemos a un aire puro desconocido. Sin embargo, en el momento en que te quieres conocer renunciando a lo que no eres, inevitablemente vas a entrar a un territorio ignorado hasta entonces. La única manera de ampliar tu conocimiento, es ir a lo desconocido y soltar lo que no eres; además de cuestionar tu sentimiento contigo mismo, ello cuestionará tu sentimiento para con los otros. Y viéndote a ti mismo de otra manera, ellos también te van a percibir de otra manera: te pueden rechazar o aceptar.

En ese sentido es útil el trabajo con los sueños. En su libro La Maitrise des Rêves, Marc-Alain Descamps explica que no te puedes morir en tus sueños, porque nuestra mente no conoce el estado de su no consciencia. Si sueñas que estás dentro de un ataúd y que la gente está llorando, hay un punto de vista tuyo, no estás desaparecido. Todos hemos tenido esas pesadillas en las cuales te persigue un monstruo para comerte. Tiene variadas formas, pero es un mismo esquema narrativo de algo que te va a devorar: expresión probable de una pulsión reprimida. Aunque pueda ser a veces el llamado de un proceso positivo, tú lo ves como un angustiante monstruo que va a devorar el ser limitado que eres en ese momento. Cuando trabajas el sueño lúcido, durante una tal pesadilla de persecución devoradora, puedes darte cuenta de que estás soñando. En ese momento, en vez de huir con angustia o esforzarte en despertar, te detienes, haces frente al monstruo, hasta corres hacia él. Ahí va a haber una gran luz y un despertar lleno de orgullo, un sentimiento de fuerza y plenitud que puede durar una semana. Te cuento algo que he vivido. Volviendo a nuestro tema, el miedo a renunciar a lo que NO somos para encontrar quienes somos, es obviamente un proceso en el que debemos aceptar el miedo del que tú hablas y ese miedo, todos lo vivimos. Lo menciono porque es bueno realizar que mucha gente vive lo mismo que tú. Dicen en México: “Mal de muchos, remedio de pendejos”. A menudo cierto es. A menudo también no: el mal de muchos no será un remedio, pero sí ayuda saber que eres parte de un mal general, compartido. Regreso a la idea inicial: no soy un individuo, sino que somos, y ahí está para mí una posible solución.

Como expresa el filósofo español Eugenio Trías: ‘en esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra’. ¿Cuál fue la noche oscura del alma que te convirtió en Brontis Jodorowsky?

Es que no soy Brontis Jodorowsky, una entidad fija. Uno cree que es todo el tiempo el mismo, pero no: crecemos, nos achicamos; nos crece el cabello, luego se nos cae; tu energía es inextinguible, luego surgen dolores en diferentes partes del cuerpo; pasas de la insaciable curiosidad a la rigidez mental o sigues aprendiendo nuevas cosas, tu manera de comunicarte con los demás es más amena… Físicamente, las células de nuestro organismo se regeneran en permanencia. Al hígado le toma de seis meses a un año renovarse completamente, pero hay partes que en un día ya no son (somos) las mismas. Vivir es un cambio, una regeneración constante. Cuando te identificas a una personalidad, en cierta manera te anquilosas, mientras que el universo mismo está en perpetuo movimiento. En el microorganismo sucede lo mismo, estamos todo el tiempo adaptándonos a este proceso de la vida, ese proceso que es no morir. Como escribí en un aforismo: “Gracias a mis padres, que con la vida me han dado la muerte”. Vivir es en permanencia adaptarse a todo nivel al medio ambiente y a sus cambios. Entonces, ¿cómo imaginar que eres tú algo ya hecho e inmutable?

Eso dicho, cuando yo era niño, mis padres hablaban mucho del cambio. Por una razón u otra había que “cambiar”. El lenguaje es muy importante; el decirle a una persona ” ¡cambia! ” o ” ¡tienes que cambiar! ” me parece un enfoque erróneo. Un árbol no cambia, un árbol se desarrolla. No tengo por qué cambiar, si eso significa ser otra cosa que lo que soy. Cuando una familia te insta a cambiar, es probable que lo que quiere decir es ” adáptate a mí “, ” sé como yo quiero que seas “. Un ejemplo : un árbol crece en un terreno ventoso y ese fuerte viento que sopla contra su tronco hace que crezca inclinado. Digamos que eres ese árbol. De repente te das cuenta de que ese viento te hace crecer chueco, adolorido y por un trabajo de concientización logras deshacerte de la influencia de esa toxicidad. Ahora, no porque cesa ese viento el árbol repentinamente se endereza como con resorte, “cambia” y adquiere a una forma ideal que se supone hubiera de haber tenido. No: tras la toma de consciencia y a partir de esa adquirida inclinación, empieza a crecer hacia la vertical. Pero lo negativo que padeció, es parte de su existencia, de su ser y su desarrollo, es parte de su historia: somos una historia y todas las circunstancias terribles o maravillosas que vivimos forman parte de nuestro ser, nuestro ser que es relato.

Yo no sé que es exactamente “la noche oscura del alma”. Sí sé que uno pasa en su historia por momentos de oscuridad, de dificultad, en los cuales te cuestionas si tienes la fuerza, el anhelo, la valentía suficientes para cuestionarte. Si lo pienso, la noche oscura del alma no es precisamente algo negativo: es un momento en el que el enfoque cambia y puedes ir hacia la comprehensión de lo que te sucede.

Como todos, en mi vida he pasado por momentos de sufrimiento. El sufrimiento es parte de nuestra vida, no hay vida sin sufrimiento. La concepción que tenemos del sufrimiento tiene que ver con el dolor, concretamente. Desde los inicios del siglo XX y el descubrimiento de los analgésicos, nuestra civilización se ha vuelto férreamente anti-dolor: nadie tiene que sufrir de lo que sea y mucho menos de dolor físico. Los pain killers son muy recientes. Antes, con todas sus catástrofes y sus guerras —también con toda la maravilla de su desarrollo— la humanidad siempre había interactuado con el dolor: la gente vivía con dolor de dientes, con dolor de estómago, con dolor de cabeza, no era un escándalo, no tragaban una píldora a la menor incomodidad: atravesaban el dolor, por necesidad aprendían de él a vivir, con él. Hoy hay gente que llora porque la simple opinión que el otro expresa “le duele” y la vida en sociedad se vuelve imposible.

No estoy en contra del tratamiento del dolor, obviamente, es un progreso importante de la medicina. Pero interrogo nuestra relación a éste. Hay momentos en que puede también ser un maestro, una manera de comunicar de nuestro cuerpo con nosotros. ¿Cuándo te das cuenta que tu cuerpo existe? Cuando te duele; si no, lo olvidas. Somos muy mal agradecidos con nuestro cuerpo. De vez en cuando, cuando estoy procrastinando, me acaricio la mano, me acaricio el pie, los hombros, y le digo: “Gracias cuerpo, vas cargando mi consciencia todos estos años de mutación, fiel hasta que un día nos apaguemos; gracias, gracias, gracias.” Recomiendo hacerlo vez en cuando.

Es de notar que al mismo tiempo que aparecieron los analgésicos, llegaron los estimulantes, los speed, la anfetamina, las drogas como la cocaína o la heroína, que te engancha porque durante el trip te quita el dolor, físico y psicológico. El alcohol seduce porque desinhibe, salen todas las pulsiones que la sociedad te reprime a veces sin razón, a veces con razón —no queremos que cunda por ahí la pulsión asesina…

Esos momentos de la noche oscura del alma, como tú los llamas, son momentos necesarios que nos permiten una mirada introspectiva, a condición de que en esa oscuridad abramos los ojos.

Se dice que muchos chamanes son voluntariamente ciegos; por alguna razón será. ¿Para entrar en una oscuridad (de la noche oscura del alma), a partir de la cual se ve mejor? ¿Y a partir de su mirada interior, poder entender mejor la noche del otro? De nuevo la relación con el otro…

Cuando alguien fallece se reúne la gente en el velorio, y en general concluye el día de tristeza con una gran cena, en la que se es muy alegre y se come bien, porque la vida continúa. La luz y la oscuridad están ligadas mitológicamente en las primeras frases de nuestro relato judeocristiano: lo primero que hace Dios en el cuento de hadas, es separar la luz de las tinieblas, el día de la noche. Es decir que en el origen van juntas, son una y misma cosa. ¿Cómo es eso de que la luz y la oscuridad eran una y misma cosa? El mito nos hace aparecer después de que esa separación haya ocurrido, así que no nos es posible concebirlo: no lo “vimos”. Pero es como el símbolo de Yin y el Yang: dentro de la coma negra hay un punto blanco, lo que implica que no existe la total oscuridad, como tampoco existe la total luz, dado el punto negro en la coma blanca. La total oscuridad y la total luz, como toda noción de pureza, son nociones en algo totalitarias. La pureza de la raza, por ejemplo, que blanden movimientos de extrema derecha, pureza basada en el rechazo del otro. La verdadera pureza, no es pura en ese sentido: la verdadera luz, nuestra luz mitológica, es día y noche oscura del alma a la vez.