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La prueba final de una novela será el cariño que nos inspire; la misma prueba que hacemos a nuestros amigos y a todas esas otras cosas que no podemos definir. La maquinaria narrativa de la novela “Justo antes del final” (Random house, 2022) de Emiliano Monge, es delicada, como toda buena novela, se traga todos los elementos o no se traga ninguno. “Justo antes del final” es tan perfecta, que responde ante el lector y ante sí misma.

Monge nos presenta la historia de una madre, una mujer que se enfrentó a su tiempo y a su mundo; una protagonista, una vida marcada por la invisibilidad, la enfermedad, la locura y las violencias, pero también por la resiliencia, la voluntad y el afecto que todo lo puede. “Justo antes del final” es un portento que ha dejado el formato de libro para convertirse en una obra de arte, y así como ninguna obra de arte es un resultado definitivo, esta novela es una aproximación a una mujer y su tiempo, a un camino ya andado, hacia ese misterio inefable al que se dirigen los creadores.

¿’La maternidad podría ser uno de los espacios donde los sentimientos son más intensos y, a la vez, un agujero negro’, como dice la novelista francesa Christine Angot?

No me atrevería a hacer tal aseveración, pero me atrevo a hacerla de algo aún más complejo, de algo de lo que forman parte la maternidad, el ser hijo y la paternidad: la familia. Es decir, me parece que la familia, entre otras cosas y en tanto espacio de seguridad pero también de riesgo, es ese lugar o ecosistema en el que nos acostumbramos a sentimientos intensos, que a la vez son agujeros negros. Y es que, de algún modo, todo sentimiento intenso es también un agujero negro, en el sentido de que trastoca nuestra percepción del tiempo, la energía y la materia, materia que, acá, son los demás.

Emiliano Monge, novelista mexicano
Emiliano Monge, novelista mexicano

‘Ningún comienzo es sencillo’, escribes en el íncipit de la novela ‘Justo antes del final’. ¿Cómo fue iniciar esta novela sobre la memoria familiar y la construcción de los recuerdos, en torno a la figura de la madre?

Honestamente, fue realmente complicado. Creo que nunca había probado tantos lugares de enunciación diferentes, para dar con el narrador y con el tono. Para mí, es ahí donde se decide casi todo: en la elección del narrador, en la búsqueda de una voz, pues de ahí parte todo lo demás. Y en esta ocasión ensayé muchas voces, hasta que di con la que se puede leer en la novela. Y así como fue difícil de encontrar, después, la mera verdad, una vez que había dado con ese narrador en segunda persona, que además se apoya en sí mismo y en el lector, fue todo lo contrario a complicado: la estructura apareció ahí, al igual que la idea del tiempo interior del libro. Así que entonces empezó a ser una escritura que conseguí disfrutar en la misma medida que padecer, lo cual, en mi caso, ya es bastante.

¿Cómo fue el proceso de narrar la locura —una familia a la que siempre le importaron más los locos que los cuerdos— desde la más cruda sensatez?

Hacía mucho tiempo que quería escribir sobre este tema, sobre la locura, en realidad, sobre la latencia de la locura. Así que había pensado mucho en cómo hacerlo, había leído mucho sobre el tema, también, y había revisado una y otra vez la relación de la familia de la novela, así como mi propia relación, con esa latencia. Fue, por lo tanto, un proceso doloroso, pero a la vez iluminador, como picar una cebolla particularmente fuerte, una de esas cebollas que te hacen llorar mientras usas el cuchillo, una de esas cebollas que quieres dejar de picar pero que no puedes dejar de seguir picando. Además, quería hablar de la cercanía y de todo lo que comparten la locura y la creación artística; quería, pues, hablar de cómo la diferencia última, al final, entre el creador y el enfermo de la mente no es más que el sitio que cada uno de ellos ocupa tras la aparición de la metáfora: el creador la puede ver desde afuera, puede jugar con ella, pues, mientras que el enfermo sólo puede habitarla, queda atrapado dentro de ella.

‘Justo antes del final’ es la cronología de la vida de una madre, pero es también la historia de su tiempo y de su mundo, acompañada de noticias ordenadas de la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo en el que estamos. Descríbeme el proceso de archivo y hemeroteca que te ayudó a capitular la novela, ¿qué aspectos de las noticias considerabas para ser incluidas en la historia?

Es verdad, la novela, además de ser la historia de una mujer y de su familia, es también una suerte de historia de las locuras colectivas, de la sin razón, en realidad, que ha sido disfrazada de progreso y que no nos lleva hacia otro lugar que el de la extinción. Es esa parte de la que hablas, que aparece al final de cada uno de los capítulos del libro, una suerte de almanaque del absurdo. Pero claro, tiene sentido sólo en tanto dialoga y está en tensión con la historia de la protagonista, por eso la elección de sucesos responde, fundamentalmente, a la vida de la protagonista y a la de su familia, están, pues, esos sucesos, elegidos a partir de los recuerdos de los sucesos de la vida de ella. Y lo que buscan, entre otras cosas, claro, es discutir esa idea, asumida por todos de manera obediente, de que el mundo determina una vida, pero no de que una vida, por pequeña y común que sea, puede también determinar al mundo. Luego, el trabajo de archivo fue menos del que tú o cualquier otro lector podría imaginar: llevo años, desde mis años de estudiante universitario, recolectando datos como los que aparecen en la novela, por diversión, pero también porque sabía que algún día habría de utilizarlos en algo. Y, de pronto, esta novela fue ese algo.

La locura humana es, a menudo, una cosa astuta y felina. Cuando se piensa que se ha ido, quizá no lo ha hecho, sino que se ha transfigurado, de forma silenciosa y sutil, como escribiera Herman Melville en ‘Moby Dick’ (1851), ¿estás de acuerdo?

Portada del libro 'Justo antes del final', de Emiliano Monge.
Portada del libro ‘Justo antes del final’, de Emiliano Monge.

No sé si uno pueda estar en desacuerdo con Melville o, en este caso específico, con Ismael, el narrador de “Moby Dick”, sin apartarse de la idea común y corriente que tenemos de la cordura o de la sanidad mental. La obra entera de ese viejo genio está retacada de lucidez y de destellos de locura, es, en realidad, una disección quirúrgica casi perfecta del ser humano, pues, además, sus personajes abarcan un arco enorme, en el que cabemos casi todos: ¿quién no está en algún punto de ese Pantone que empieza con Ahab y termina con Bartleby? Además, en este caso que mencionas, para mí, Melville da en la diana: la locura, como casi todo lo que atañe a la mente, es una suerte de ser vivo que, como todo ser vivo, está en constante transformación. Nunca es igual al día anterior ni será igual al día siguiente. Es un proceso, no un acontecimiento. La idea de que alguien enloqueció de repente es totalmente falsa, se enloquece poco a poco, aunque haya, sí, momentos de quiebre, instantes en los que se rasga el capullo que se fue tejiendo lentamente.

Los orishas son espíritus que desempeñan un papel fundamental en la religión yoruba de África occidental y en varias religiones de la diáspora africana que derivan de ella, como la santería cubana; dicha religión logra filtrarse en la novela, en la línea del tiempo, de la mano de Celia Cruz, quien grabaría un “Tributo a los orishas” (1999), ¿por qué recurrir a esta cantante cubana, para ingresarla a esta novela de vertiginoso ritmo, pero carente de música?

No estoy de acuerdo en que la novela no tenga música, creo, de hecho, que es mi novela en la que la música tiene más importancia: determina, por ejemplo, una parte de la sensibilidad de la protagonista, al tiempo que ilumina, también, regiones muy importantes de su universo interior, que va desde la felicidad del baile en la infancia —de ahí que aparezca Celia Cruz, quien, por otro lado, no mete a la novela a los orishas: estos llegan al libro de la misma mano que llega Celia Cruz, es decir, de la mano de esa mujer que, de algún modo, suplirá a su madre en muchas de las tareas de la maternidad— hasta la melancolía de la vejez, en la que ella, la protagonista, se vuelve casi adicta a cierto tipo de fados y al canto cardenche. Entremedias aparecen, por ejemplo, diversos géneros musicales, grupos y cantantes que marcaron a la generación de la protagonista, tanto en su país como en el mundo, marcando, de paso, los movimientos políticos y sociales de la segunda mitad del siglo XX.

¿Narrar al otro es, a su vez, un modo de narrarse a sí mismo?

Depende quién sea el otro y quién sea el sí mismo. Y depende, sobre todo, si al decir narrar nos referimos al narrador, a la voz que cuenta la historia, o si nos referimos al escritor. Si nos referimos al escritor, entonces sí, narrar, a quién sea, es una forma, también, de narrarse a uno mismo, que es lo mismo que decir, narrarse a uno mismo es, siempre, también, una forma de narrar a alguien más. Luego, si nos referimos al personaje narrador, la cosa se vuelve más complicada: hay narradores más o menos empáticos y hay, también, narradores que buscan la neutralidad. Obvio, este no es ni será nunca mi caso, el caso de mis narradores, pues. No tengo interés alguno en la literatura aséptica, me da nauseas la neutralidad, me parece siempre, una incapacidad disfrazada de capacidad, el desacierto que pretende ser acierto.

‘Justo antes del final’ pone en el centro a la figura materna, una mujer que es retratada en tanto hija, hermana, novia, esposa, amiga, terapeuta, paciente y, por supuesto, madre. No sorprenderá el hecho de que se convierta en una lectura feminista. ¿Pensabas en ello al momento de escribir la novela?

Hombre, me queda claro que no será nunca una lectura feminista, porque ni puede serlo ni aspira a serlo ni me atrevería nunca a escribir algo que lo buscara. Soy escritor y soy hombre. Este libro, que pone en el centro a su protagonista, está contado por el hijo de esa protagonista y todo, absolutamente todo lo que cuenta, sale de la boca de ese hijo. Es, en este sentido, un libro que, en realidad, a todo lo que señalas, le añade esa experiencia: la del hijo narrando a la madre. En eso y no en otra cosa pensaba al escribirlo. Aunque también, claro, se habla mucho de lo que un escritor piensa o no piensa al escribir y, en realidad, por lo menos en mi caso, cuando pienso es antes de la escritura y después de haber escrito, cuando uno se ve en la posición de explicar o contar su libro: cuando se está dentro de la escritura, no se piensa tanto, en el sentido de esa forma de pensamiento que acá estamos mencionando. La escritura es mucho más un terreno concerniente a la intuición y a la sensibilidad que a esa forma de pensamiento.

‘Las criadas’, de Jean Genet; ‘Esperando a Godot’, de Samuel Beckett; ‘Operación masacre’, de Rodolfo Walsh; ‘Antropología estructural; de Claude Levi Strauss, y ‘Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis’, de Mishima, entre otros tratados de psiquiatría, están presentes en la novela. ¿Qué otros libros te ayudaron a estructurar esta historia?

La estructura general es consecuencia, fundamentalmente, de la voz narrativa: al ser contada por el hijo de la protagonista, para que éste no se volviera, a su vez, protagonista, elegí esa segunda voz apoyada, que al final no hace sino transmitir lo que le dijo alguien más, en un acto de aparición-desaparición que lo vuelve impalpable. Y el asunto de los años tiene que ver con la posibilidad de contar una vida a través de ciertos recuerdos acotados en el tiempo. Los libros que mencionas, más que para estructurar, me sirvieron para iluminar zonas del carácter de la protagonista, así como de su tiempo. Pero claro, se trata de libros que yo también he leído y que, muchos de ellos, significaron un profundo encuentro para mí. En este sentido, forman parte de mi tradición personal. Y todo lo que forma parte de la tradición personal de un escritor, tiene un eco en su escritura, consciente o inconsciente.

‘La locura hay que rodearla, hay que envolverla, hay que adivinarla, como hacían antes con los átomos, con lo que hay dentro de los átomos, sumará tu madre. Como hacen, todavía hoy, con la partícula de Dios, dirá también, sorprendiéndote entonces, no con una u otra palabra, sino con aquella idea’, escribes en ‘Justo antes del final’. Me parece que la novela es también un big bang y su propia catástrofe, que comienza con una partícula divina y que termina con la antimateria…

Te decía en la respuesta anterior que, el escritor, cuando tiene que hablar de su libro, piensa o trata de pensar cosas que, durante la escritura, no eran pensamiento. Que lo hace para explicar lo que hizo. Pues bien, muchas de esas veces, es un lector del libro el que, al pensar el libro, piensa mejor que el propio escritor, sobre lo que éste hizo, el que, de algún modo, descubre algo en lo que el escritor hizo, de lo que este no era consciente. Son momentos de mucha emoción y de mucha alegría para el escritor. Y este momento, lo que dices acá, en tu pregunta, es uno de esos momentos. Pues creo que tienes razón y que la novela, entre otras cosas, es justo eso: un big bang. Y nos sólo en el sentido que anotas, el de que parte de una partícula divina y camina hacia la antimateria, sino en el de que la vida de la protagonista parte de un caos original y trata de encaminarse, poco a poco, hacia un orden que le permita sobrevivir.

Háblame de tu relación con el Sindicato Único de los Señores del Trueno.

(Risas), me gusta mucho esta pregunta. Pero no existe tal relación, ni siquiera sé si existe tal sindicato. Es, en realidad, una muy buena muestra de otro de los juegos centrales de la novela: las fronteras entre la realidad y la ficción, entre la imaginación y la memoria. Lo que hay, en cambio, es una relación directa con los rayos, pues me cayó uno durante la escritura del libro. Y eso me hizo explorar el tema de los graniceros y establecer relación con varios: mucho de lo que aparece en la novela, de todo lo que refiere al sindicato, aconteció, a pesar de que el sindicato no sea cierto. Otra vez, la frontera móvil, el confín a veces intangible de lo que pasa en este plano y lo que pasa en el plano de la literatura. Como decía Saer: ¿quién puede decir qué es más real?, ¿lo vivido o lo imaginado?

Durante toda la novela está implícito el temor al caos. ¿Cómo te enfrentaste, paralela a la escritura del libro, con este temor?

Esta pregunta, me parece, la respondí hace un rato, cuando hablábamos de la locura. Pero sí me gustaría añadir algo más: antes que enfrentar ese temor al caos, que es, en el sentido de la novela, temor al enloquecimiento, antes que enfrentarlo en el sentido del combate, pues, lo acompañé o dejé que me acompañara. Lo senté, al caos, a su latencia, en realidad, a mi lado y lo dejé estar ahí, durante toda la escritura del libro. De algún modo, creo que escribí Justo antes del final con ese temor sobre el hombro, dejando, además, que tomara el control durante buena parte del proceso.

Qué viene después de ‘un libro de una sola carga, ni positiva ni negativa, sino materna. Una historia de carga materna’, ¿seguirás virando a la autobiografía?

Es difícil hacer aseveraciones sobre lo que vendrá, pero puedo decirte que este proyecto, el de una novela de carga materna (“Justo antes del final”) y otra de carga paterna (“No contar todo”) está cerrado. Siempre supe que eran dos libros, ni uno ni tres. En ese sentido, creo que he acabado con una forma de la escritura autobiográfica, aunque hay otras que me interesa explorar, como hay tantos otros temas, formas y géneros en los que también quisiera meterme. Por lo pronto, estoy trabajando (bueno, está trabajando mi cabeza, apenas) en un proyecto muy distinto y alejado de lo autobiográfico, al tiempo que también trabajo en otro que está aún más cerca de lo autobiográfico que las dos novelas señaladas.