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‘Uno no se ilumina imaginando figuras de luz sino haciendo consciente la oscuridad’.

— Carl Gustav Jung

‘Ya no me digas tonterías, doctor psiquiatra’.

—Gloria Trevi

I

Dentro del gusto clasicista que procura instituir un ideal de “perfección” o estilización de la vida, el arte representa el rostro de la belleza; para el artista, profesor e investigador Pablo H. Cobián (Guadalajara, Jalisco 1981) el sentimiento de la belleza está tan íntimamente ligado al sentimiento de la inmundicia, los restos, los desechos, los despojos, que ambos conceptos no pueden ser estimados como distintos, sino que aparecen como una misma forma de acabamiento de la vida en la imperfección. Este límite, lejos de describir una imposibilidad de lo humano, equivale a una participación en la que reside el ser único del arte, donde hay posibilidades de conjeturar, de jugar, de atravesar y buscar “el otro lado” de las cosas, desde el mundo de la vigilia.

Este ideal de vida creadora no tardó en ser incorporado en sus exposiciones; de él se sirvió como un método de interpretación para sus estudios sobre la cultura popular. Si bien Cobián refiere el problema central de su ars magna a la inequívoca relación de basura y estética, el significado que la palabra versura adquiría a sus ojos, no era el de un simple conocimiento de la realidad habitual del hombre, sino la experiencia más viva del nexo de la trama del residuo, lo no deseado o lo inservible, como sentido de la vida y la trascendencia, la materialización y convergencia activa de los deshechos que el hombre haya producido, sean objetos o ideas. De ahí que el arte no es para él más que la expresión de este ciclo de sedimento; expresión de una vida recolectada, pepenada, alcanzada por un haz de imaginación. Tal es, en su definitiva valoración patafísica, la relación fundamental entre bazofia y poesía.

II

Tanto la obra artística como la obra mística se proyectan por vías de experiencia y alcanzan el postrer grado de su realización en la enajenación del sujeto o, mejor dicho en la desposesión del yo personal. El artista Irak Morales (Estado de México, 1981) se siente inmerso en la realidad que descubre, indigente en ella, en ese momento de creación en que se derrumban las fronteras entre un mundo exterior y un mundo interior. El artista, mediante un registro de archivo, y de un ahondamiento activo, llega a un trance en que todas sus potencias intelectivas quedan suspendidas, y la instalación se enfrenta a la realidad del sujeto, para alcanzar, a través de ella, la contemplación del objeto en desuso.

'Jesús en MTV', ensamble escultórico de Pablo H. Cobián (2004-2022).
‘Jesús en MTV’, ensamble escultórico de Pablo H. Cobián (2004-2022).

En otras palabras, la obra artística aprehende una realidad exterior como un acto de magia creadora que funde la presencia del mundo con la conciencia del artista. El arte de Morales consigue que la visión del espectador en la pasividad de la catarsis, alcance una realidad superior e inefable que la trasciende; realidad que a pesar de ser contemplada, permanece desconocida a sus facultades. Mientras que el instalador se encamina hacia el objeto, Morales tiende al silencio.

III

La imagen del mago sacando un conejo del sombrero es universal. Fue el ilusionista John Henry Anderson (1814-1874) quien presentó por primera vez el truco, que encuentra su origen en 1726, cuando una mujer llamada Mary Toft afirmó que en Surrey, Inglaterra, un enorme conejo blanco la había atacado mientras volvía a casa, cruzando el bosque; después de este incidente, Toft aseguró que había alumbrado una serie de conejos blancos. La noticia llegó a oídos del rey Jorge I, quien envió emisarios médicos para que investigaran el caso, y tras reunirse con el galeno local de Toft, se hizo llegar a la corte la confirmación de que los nacimientos se habían producido realmente. A partir de este hecho, varios magos de la época comenzaron a incluir en su repertorio la nueva ilusión de “El nacimiento de un conejo”.

Desconozco si ambos artistas utilizaron esta historia como alegoría de “Nuestro presente era el futuro, caminamos a ninguna parte…”; lo cierto es que Cobián emplea la imagen del conejo como interlocutor estético, al igual que Morales la del mago o místico, en la clandestinidad de sus obras. Como escribió el artista visual y curador independiente Mario Wandu, sobre la obra de ambos, en un fanzine dedicado a la exposición: “es ahí donde lo dúctil de la cosa crea un territorio circular, indescifrable, indefinido e infinito”.