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¿Cuánto alcohol es demasiado? ¿Y qué hace que algunas personas sean más propensas a sufrir un trastorno por consumo de alcohol y otras menos?

Estas preguntas han sido prioritarias para los investigadores que estudian los efectos del alcohol en el cuerpo humano. Uno de ellos es Henry R. Kranzler, profesor de psiquiatría y director del Centro de Estudios de la Adicción de la Facultad de Medicina Perelman de la Universidad de Pennsylvania.

Durante más de 20 años, su trabajo se ha centrado en la genética de la dependencia de sustancias y en determinar si la medicina de precisión —medicina dirigida a la composición genética de un individuo— puede ayudar a tratar las adicciones.

Su trabajo ha cosechado numerosos reconocimientos, así que sólo bromea en parte cuando señala que la investigación reciente de su grupo obtuvo el máximo reconocimiento: Un estudio que sugiere que el consumo de alcohol envejece y encoge el cerebro fue tema de una actualización de fin de semana de “Saturday Night Live”.

Usted fue uno de los investigadores de un estudio reciente que descubrió que incluso un consumo modesto de alcohol —unas cuantas cervezas o vasos de vino a la semana— puede entrañar riesgos para el cerebro. ¿Cuáles son esos riesgos?

Descubrimos que beber más de una copa al día se asociaba a una reducción del volumen cerebral, lo que podría tener efectos cognitivos.

Hay que tener en cuenta que se trata de un estudio correlacional, lo que significa que no podemos demostrar que el alcohol sea la causa del efecto. Y fue transversal, lo que significa que fue una instantánea en el tiempo. Por lo tanto, tampoco sabemos si estos cambios ocurren directamente en respuesta a los cambios en la bebida, incluyendo si mejoran cuando la gente deja de beber.

Pero, en concreto, descubrimos que beber, en promedio, una copa al día se asociaba con un menor volumen de materia gris y un menor volumen de materia blanca.

Esto es importante porque la materia gris es la parte del cerebro que contiene los cuerpos celulares, que regulan la actividad neuronal. Ahí es donde pensamos. La materia blanca es la extensión de esas células cerebrales y permite que las regiones del cerebro se comuniquen entre sí. Tanto la materia gris como la blanca son importantes para todos los procesos cognitivos de los que somos capaces.

Además de las reducciones de volumen, vimos que la integridad de la materia blanca, su organización, estaba más alterada a medida que aumentaba el nivel de bebida.

Todo ello sugiere —pero no lo medimos— que estos efectos están relacionados con una peor función cognitiva. Decimos que el alcohol envejece el cerebro porque sus efectos son como los del envejecimiento. A medida que envejecemos, nos volvemos cognitivamente más lentos.

Entonces, ¿deberían actualizarse las directrices gubernamentales sobre el consumo seguro de alcohol?

Sí. Actualmente, el Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo recomienda que las mujeres no beban más de un promedio de siete copas a la semana, y los hombres no más de 14. Yo diría que eso es demasiado para los hombres, pero probablemente sea lo correcto para las mujeres.

Hay otras pruebas de que siete bebidas para ambos sexos es un umbral importante, aunque puede ser seis u ocho. A efectos de salud pública, sería bueno saberlo. Pero con ese estudio, he reducido mi propio consumo de alcohol, lo que probablemente sea el mejor indicador de la fuerza de mis creencias.

¿Qué ha descubierto su investigación sobre la genética del alcoholismo? ¿Se es más vulnerable al trastorno por consumo de alcohol si un pariente cercano lo padece?

La respuesta sencilla es que sí.

Y cuantos más miembros de la familia —además de estar más emparentados, padres o hermanos más que primos—, mayor es el riesgo.

Esto era bien conocido antes de la era actual de la genética molecular. Se basaba en los resultados de la historia familiar y la epidemiología genética. Estos estudios evaluaban a las personas y sus diagnósticos y usaban modelos matemáticos para determinar el riesgo.

En los últimos 20 años, desde la secuenciación del genoma humano, esto se ha confirmado. Estamos empezando a identificar las variaciones específicas en el ADN que son responsables del riesgo. Y el número de variaciones que conocemos es cada vez mayor.

No sabemos exactamente cuántas encontraremos, en última instancia, pero sí sabemos que el trastorno por consumo de alcohol es altamente poligénico: implica a muchos genes diferentes.

La estatura de una persona, que también es poligénica, se ve influida por unos 11,000 genes. El trastorno por consumo de alcohol puede estar en ese ámbito. Todo el mundo tiene estos genes. Pero hay muchas formas de un gen.

Lo que difiere entre las personas son las variantes que tienen.

En general, cuantas más variantes de riesgo se tengan y menos variantes de protección, más probabilidades habrá de padecer el trastorno por consumo de alcohol.

¿Saber más sobre el componente genético del trastorno por consumo de alcohol allana el camino para un tratamiento personalizado?

Todavía no estamos en condiciones de hacerlo. Pero nos estamos acercando. Si observamos las variantes comunes en todo el genoma de una persona, pudiéramos hacerlo.

En teoría, si se genotipa una gran muestra de personas con trastorno por consumo de alcohol se puede usar la información para calcular una única puntuación de riesgo, la cual pudiera usarse para determinar quién se va a beneficiar de un tipo específico de medicación para tratar el trastorno.

Uno de los que he estado estudiando durante un tiempo se llama topiramato, un medicamento anticonvulsivo que puede reducir el ansia y el consumo excesivo de alcohol.

Al principio pensamos que un único genotipo predecía la respuesta al tratamiento con topiramato. Pero descubrimos que es más complicado que eso. Así que ahora hemos recurrido a estas puntuaciones de riesgo.

Se usan en otros padecimientos: para el pronóstico del cáncer de mama, para las enfermedades cardiovasculares. Todavía no se usan en padecimientos psiquiátricos, incluyendo los trastornos por uso de sustancias, pero creo que lo harán. Es una cuestión de tiempo y de inversión para reunir muestras grandes y diversas en las cuales basar los cálculos.

Es muy prometedor, y cada vez hay más biobancos que hacen posible este tipo de investigación. El Biobanco del Reino Unido, por ejemplo, cuenta con 500,000 individuos genotipados. Ahora están obteniendo datos de las resonancias magnéticas de 100,000 de esos individuos.

En Estados Unidos, el Programa del Millón de Veteranos está trabajando para reclutar a dos millones de veteranos que den una muestra de sangre de la que se extraerá y analizará el ADN. Los veteranos también rellenan cuestionarios y dan acceso a sus historiales médicos electrónicos, cuya versión de la Administración de Veteranos es muy amplia.

Esto nos ha sido muy útil a la hora de realizar los estudios para identificar la relación entre un rasgo, como el trastorno por consumo de alcohol, y los genes que contribuyen a él.

Teniendo en cuenta este componente genético, ¿hay alguna manera de hacer un cribado previo de las personas para ver si son vulnerables a desarrollar un trastorno por consumo de alcohol?

Sí, y eso es exactamente a lo que me refería con las puntuaciones de riesgo poligénico. Se han usado con éxito para segmentar grupos en niveles de riesgo más altos o más bajos. Sin embargo, aún no se ha desarrollado lo suficiente como para calcular el riesgo individual de trastornos psiquiátricos para su uso en un contexto de prevención o tratamiento.

Las predicciones son todavía burdas. Todavía necesitamos más información. Necesitamos muestras más amplias y diversas en las que basar los cálculos de esas puntuaciones.