“Señorita: investígueme qué es eso del amor… ¿Usted me ama, por ejemplo?”, escribe e ilustra en una tira cómica el caricaturista y dibujante mexicano Jis (José Ignacio Solórzano) dentro del volumen 4 de la serie “Otro día” (2005), en la voz de un deprimido CEO de una empresa ambigua. El amor es el impulso esencial de la filosofía, que no es algo teórico ni frío, sino que tiene que ver con ese deseo de buscar el conocimiento, la felicidad y contemplar la verdad que hay en el otro. Para mí en eso se abrevia la obra de Jis, a quien yo defino como el padre del pensamiento gráfico, pero quizá a él le atraigan más los nombres en clave como molusco tapatío, soldado fichapul, místico agnóstico y practicante avanzado del capitalismo fractal.
Me cité con Jis en su café Vago Imperial de la colonia Americana, en el corazón de la ciudad de Guadalajara. Ver a Ignacio Solórzano a los ojos mientras conversábamos, fuera de nuestros personajes, fue uno de los momentos más poéticos que la vida me ha regalado, pero también uno de los más atemorizantes, pues sabía muy bien que me encontraba frente a un genio, una de las mentes más agudas y brillantes de nuestros tiempos, cuyas manos son capaces de dibujar la caosmosis del día, y la creatividad social para expropiar sus antiguos encuadres.
El encuentro se asemejó al de la conversación hilarante y conmovedora entre Joy y Evelyn en la película “Todo a la vez, en todas partes” (2022), en un mundo donde las condiciones no son las adecuadas para que se forme la vida, por lo que simplemente se convierten en rocas…, justo como los monos de Jis.
Gracias a Carlos Monsiváis, comenzaron a publicar en ‘La cultura en México’, suplemento de la revista Siempre!, ¿qué recuerdan de visitarlo en su departamento de la colonia Portales?
Era una sensación de timidez e irreverencia, de estar conscientes de estar entrando en la casa de un santón de la cultura mexicana; aparte nosotros (Trino y yo) estábamos bien chavitos, sin animarnos a decir gran cosa…; mostrándole monos que le causaban mucha gracia.
A la par de esto, cómo surge todo el imaginario de desmadre y humor bizarro con personajes entrañables como ‘La Tetona Mendoza’, ‘El Peyote Asesino’, ‘El Diablo Cepeda’, ‘Las Poquianchis del Espacio’, quienes practicaban el sexo grupal, se drogaban hasta el alba, peleaban contra Godzilla y se encueraban a la menor provocación; todo esto acompañado de lucha libre, caca, semen, sangre, pelos y ‘groserías’. ¿Hay un trasfondo filosófico o todo era un embudo de la cotidianeidad?
Ayudó a que hubo una especie de coincidencia de muchos artistas de esa generación, así que se potenció el espíritu lúdico, festivo, que cada quien traía personalmente; pero a la hora de darnos cuenta de que estábamos conectando, nos fue muy bien, porque incluso se hizo colectivo o revista en varios momentos, Galimatías, etc., o suplementos como “La mamá del Abulón”. Luego específicamente con Trino hubo una conexión muy íntima, nos divertía mucho trabajar a dúo, continuándonos los chistes o historias, y eso también estuvo muy padre. Realmente era un estilo muy informal, literalmente, si le decimos “elegante” era un estilo Zen, pero también puedes decirlo que era al ahí se va (risas), porque tal cual, la medida de la tira fue literalmente porque era el tamaño de la regla con la que estábamos trabajando (risas).

¿Sigue teniendo esta impronta informal tu trabajo, al menos técnicamente?
Siento que sí, incluso hay cosas en donde a veces exagero, pero es el curso natural del estilo de cada quien. Me he hecho muy impaciente, a tal grado que ya no me nace detenerme a planear mucho lo que voy a hacer. Empiezo y a ver qué pasa, es como aventarse al vacío; por otro lado, me gusta mucho estar repitiendo o transcribiendo una y otra vez una misma idea visual o escrita; en ese sentido, esa podría ser la parte de revisión.
¿Tienes entintandor y colorista o lo haces tú solo?
Lo hago yo. En general es al estilo más rústico posible. Muchas veces empiezo tal cual a rayar, en otras hago un bosquejo muy básico a lápiz. Todo es así, me cuesta mucho trabajo salir de mi zona de rutina, que es tal cual la línea y el papel. A lo más que he llegado es, por ejemplo, en el uso de lo digital, en los monos de la serie que hice durante muchos años de “Otro día”, era con un photoshop, pero el más primitivo, tal cual, nada más para poner plastas de color y algún detalle, pero no soy bueno para las técnicas.
Lo que descubrí relativamente hace cuatro años son estas aplicaciones para intervenir dibujos o fotos en pantalla, como Procreate (aplicación de edición de gráficos rasterizados para pintura digital), y me he divertido mucho, pero es tal cual: escaneo un mono o una foto, y encima le empiezo a rayar mamadas, se me hace sensacional, divertidísimo.
Pareciera que en tu trabajo confluyen muchas voces prosopopéyicamente, está la voz de las piedras, está la voz del hongo y la voz de algunos filósofos cínicos como Diógenes ‘El Perro’.
Esas son cosas que andan flotando en el ambiente, en la cabeza de uno o en las conversaciones con los demás. Me fui bastante pronto decantando hacia este estilo o temática de observar la vida cotidiana, pero la vida cotidiana entendida en un sentido muy amplio, desde las cosas muy básicas de las rutinas de todos los días, de levantarte de la cama, de la silla, la televisión; esas cosas de la existencia: la pareja, la mascota, el plato, y ahí se quedan flotando; son mis elementos. Están esos mundos y están combinados o interpuestos con la vida interior: los pánicos nocturnos, los alucines privados.
¿Hay algún cartón, alguna tira a la que le tengas mucho afecto, que la rememores constantemente?, por ejemplo, yo me acuerdo del día que murió David Bowie, cuando dibujaste a un hombrecillo sentado al borde de su cama, escuchando a su mujer que le decía: ya murió Bowie, ahora sí llórale todo lo que no le lloraste a tu madre…
(Risas) Tengo muchos a los que les tengo cariño, no sé por qué me llaman la atención y regreso una y otra vez a ellos; muchas veces incluso les vuelvo a dar otra versión, o los reviso para que cuando haya una compilación, poder agregarlos. Resume una forma de trabajo, una temática a la cual regreso bastante. Y luego se ha potenciado, por esta impronta que tiene la red social que para mí es muy sabroso, que es el reciclado constante de material, casi como si fuera a hacer un meme con el propio trabajo. Además de que continúo haciendo cosas nuevas, pero ya es una dinámica de todos los días estar sacando monos del pasado, y volviéndolos a traer a la mesa a través de Facebook y Twitter, es parte ya de la rutina.
¿Cómo realizas ese proceso de archivo, eres muy ordenado o vas sacando lo primero que te encuentras?
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Al principio quise pensar que sí lo era, porque vengo de un padre muy metódico; yo soy un molusco aplastado, como le llamo a mi temperamento, quieto, acumulador de mamadas en mi cueva. Heredé muchas mañas de mi jefe, él es el molusco mayor. Como él sí era muy ordenado en la manera de ir archivando cosas y poniendo sus colecciones en orden, yo adquirí ese espíritu acumulador, coleccionista, pero no he sabido hacerlo bien, me parece que soy un caos; ahora llevo un par de años con un camarada que es entre asistente/archivista, y que está encantado viendo la maraña, tratando de poner orden.
Presentaste en el Museo de Arte Contemporáneo de Zapopan, la exposición ‘Obviaremos las narices: descargas moneras con ínfulas retrospectivas’ en 2013, y en relación has dicho que te has quedado en una zona ambigua, donde para los monos no es tan chistoso y para las galerías sigues siendo un monero.
Sí, ha sido una cosa de mi destino: me quedé en un limbo; por un lado tiene una parte muy fructífera que me da una sensación de libertad, de movimiento, porque finalmente hago lo que me va naciendo, pero por el otro hay una sensación de angustia en la parte de trabajo, de mercado; ya no me quedó claro, siento que no pertenezco a ningún lado, lo cual es en detrimento de mi cuestión laboral, porque ya en ningún lugar tengo un sitio de trabajo; esa parte sí me angustia.
En esa exposición, una vez más para volver a lo que estábamos diciendo, de las cosas que tú haces y crees que funcionan y vuelves a ellas, como expongo poco porque no estoy en el circuito, cada que me invitan a exponer hago una especie de retrospectiva, me vuelven a invitar y yo regreso al pasado. Le tengo mucho cariño a esa expo, porque representa una culminación muy padre de mi colaboración con Alicia Lozano —antigua directora del MAZ— que en paz descanse. Fue una exposición gigante; tenía esa cosa que podía ser muy interesante y chistosa pero también desesperante…, es que era imposible verla toda.
¿Estás trabajando ahora en algún proyecto artístico?
Sí. Por un lado, hablando de las dificultades de trabajo, lo que me ha pasado es que ya todo cambió, ya no hay periódicos ni revistas, están desapareciendo, reduciendo, y como fue el modo en el que yo me acostumbré a trabajar, me vi nuevamente como un molusco enfrentándose a la pared; cambió la vida y qué le vas a hacer.
En el primer año de la pandemia, en 2020, terminé mis labores en el diario Milenio, justo fue la puntilla de esta situación que yo ya venía experimentando, de que ya no puedo seguir pensando que ese va a ser mi modus vivendi, porque ya no es por ahí. O soy muy inepto para buscar trabajo o no encuentro por dónde, yo veo a los jóvenes que se dedican a cosas similares, historietistas o artistas gráficos, ilustradores, que ya están más conectados con los caminos y los circuitos de trabajo, pero yo sigo sin ubicar en dónde tiene que hacer fila uno (risas); veo que algunos se autopublican o realizan fanzines o hacen arte callejero o de plano se meten al mundo de las galerías. Entonces a la hora de ver esta situación precaria, he tenido que voltear a otros lados y diversificar: radio, televisión, el Jam monero, dar alguna conferencia. Antes yo me ponía mis moños cuando me invitaban a dar una plática, me negaba; ahora lo preciso. Yo soy una persona muy tímida y acabé de merolico; no sé cómo me metí en este lío, pero ha sido interesante, la vida misma me puso un acertijo de: “es de tus cosas que te cuestan trabajo, ahora encárgate de esto”. Ha sido un proceso de estar atento, ver de dónde surgen oportunidades y tomarlas.
Es inverosímil pensar que un artista como Jis no tenga un lugar donde trabajar.
Se me hace bien gacho, porque además sigue siendo mi pasión, lo que hago todo el día. La mayor parte de mis trabajos están en otros géneros, pero lo que hago todo el día es lo que no me deja dinero, que es el dibujo. Sigo alimentando mi oficio, sigo siendo lo que soy pero con la cuestión de que espero que todo esto esté sirviendo para algo, y no nada más esté aumentando mi acervo para que me entierren con mi obra.
‘La misión del poeta es nombrar lo innombrable, denunciar el engaño, tomar partido, iniciar discusiones, dar forma al mundo e impedir que duerma’, escribió Salman Rushdie en ‘Los versos satánicos’ (1988), para mí Jis encaja perfectamente en esta definición.
Son oficios relacionados, la creación poética y la creación humorística. Específicamente, en mi modo de trabajo, me doy cuenta de que ni siquiera estoy buscando un chiste, estoy tratando de imaginar, de ver algo o de encontrar una conexión entre las cosas; en ese sentido, lo siento muy relacionado con una labor más artística.
¿Has pensado en publicar poesía estrictamente?
Hago mucho texto ciertamente, y lo disfruto mucho; trato de que sea conciso, que sea claro. Se me hace una cosa preciosa el género poético; además es muy peculiar la narrativa gráfica, que es esa cosa híbrida en la que están pimponeándose imagen y texto, es una cosa muy especial del trabajo monero. Está padre estar viendo de qué tanto se va a necesitar el texto para terminar de dar remate a la imagen o si más bien le está haciendo ruido o mejor no lo metes; ese juego se me hace interesantísimo.
Pocos escritores han acercado tanto la magia a la literatura como Alan Moore, haciendo de la labor del artista una especie de chamanismo pop e imprimiendo en la psique colectiva las imágenes épicas, sanadoras, o al menos simbólicas, de los estados que atraviesa la cultura. Me parece que tu trabajo logra la misma sanación a través de cierta catarsis.
Finalmente uno no sabe qué está tratando de hacer con el trabajo; mucho del proceso es bastante a ciegas, porque no sabe uno a qué le está tirando, es seguir dando tumbos y te encuentras con una cosa que surgió a lo largo del día y dices: “aquí hay algo”, pero ya no sabes si es una cosa muy personal, que te remite a alguna bronca u opinión personal, no sé qué sea, sabrá Dios para qué sirva. Ojalá que formara parte de esa cadena de entusiasmos que son las relaciones que se tienen con las cosas o las obras artísticas; cuando algo te gusta es un motivo de inspiración y de ponerse a crear, si cuando menos se lograra eso, ya sería algo muy chido.
Tus monos siempre han sido muy orgánicos, pero últimamente los encuentro más espirituales, como si tus personajes estuvieran pasando por una ‘noche oscura del alma’, en este concepto de San Juan de la Cruz, una metáfora utilizada para describir una fase en la vida espiritual de una persona, marcada por un sentido de soledad y desolación para llegar a la iluminación.
Me resonó bastante ahora que lo dijiste, porque al menos uno de mis estados constantes tiene que ver con esta sensación de zozobra existencial e incertidumbre, tanto a nivel vida —u oficio—, que me siento en un estado perpetuo de irme dando tumbos sin estar muy seguro de a qué le estoy tirando. Por eso me identifiqué con ese concepto de “la noche oscura del alma”. Ahora me debe estar pegando la crisis de la edad, porque ya estoy llegando cerca de los sesenta años y está cabrón, me pregunto: “¿y ahora?”, llegaste sin mucha chamba, sigues sin saber exactamente qué te corresponde hacer en esta vida, “¿qué pedo?”, y mientras tanto, yo sigo dibujando.