Toda novela es un testimonio cifrado; constituye una representación del mundo, pero de un mundo al que el novelista ha añadido alguna cosa: su resentimiento, su nostalgia, su crítica. Jaime Mesa (Puebla, México, 1977), ha demostrado con novelas como “Rabia” (2008), “Los predilectos” (2013), “Las bestias negras” (2015), “La mujer inexistente” (2017), “Un hijo virtuoso” (2019) y “Resurrección” (2020), que ha conquistado por completo el género, enfrentándose a escarpadas montañas de crítica y cultura de cancelación, escalando páginas cuyo filo cortan en dos el corazón del lector, escalando paredes de roca para, tras una larga lucha, alcanzar la cima, la del novelista de madurez.
Se ha superado como individuo y como escritor, se superó a sí mismo, contribuyendo con su narrativa a la cosmópolis humana, porque era eso o perder: no había opciones, pero esta vez, sin resentimientos. Así es como ha logrado escribir novelas profundas, tan profundas, que las moscas perecen ahogadas en ellas. Novelas que realmente exploran las contradicciones que anidan en el corazón humano.

¿Cuáles son los recuerdos de tu niñez, en Puebla, que más permean en tu narrativa?
Debo decir que la cerrazón de la iglesia y de sus miembros y la escuela conservadora que, además de las instituciones, permea la sociedad. O te rebelas, discreta o enérgicamente, o te asimilan.
En segundo lugar, en un espacio seguro y de manera feliz, mi familia y el juego que una soledad buscada me permitió.
Lo desagradable siempre marca más, en primer lugar, que lo gozoso. De ahí que existan pocas obras narrativas centradas en los “buenos recuerdos”.
¿Qué es lo verdaderamente surreal de ‘La ciudad de los ángeles’, quién la habrá bautizado así?
Cuenta la leyenda que la ciudad fue trazada por ángeles que, incluso, uno de ellos, ¿o varios?, subió una de las grandes campanas de la catedral. Entonces alguien, algún fraile, un protohistoriador, lo dijo por primera vez y de ahí se le quedó.
¿Lo surreal de Puebla? Creo que no mucho. La sociedad dividida por clases, la amarga separación de los ricos y de los pobres, la cercanía de la iglesia en varios ámbitos de la sociedad, la convivencia de platillos de alta cocina con excelentes comidas inventadas en el barrio, el odio de Ignacio Zaragoza hacia los poblanos por apoyar la intervención francesa, incluso, las leyendas de ángeles son fácilmente explicables por la historia de la ciudad, por su ubicación histórica, por su insistencia. En este sentido hay pocas sorpresas y, en consecuencia, todo es realista y costumbrista en Puebla. Por eso, creo, hay una interesante tradición de literatura de ciencia ficción y fantasía, incluso hay un premio nacional, y varios de los que escribimos desde la ciudad imaginamos otros mundos.
¿Cómo nace dogmáticamente ‘Los predilectos’ (Alfaguara, 2013) y cuál es su referente?
El dogma en “Los predilectos” es: “si tienes la maldición de triunfar pronto, durante tu juventud, llegarán el tedio y la destrucción”. Entonces, la juventud como desgracia. De eso se trata, de jóvenes que llegan de manera relámpago al clímax de sus vidas. La novela nació cuando conocí a la verdadera Scarlett Kunzen, una joven heredera que estuvo de paso por Puebla y me invitó por unos meses a su mundo.
El escritor quiere escribir su mentira y publica su verdad, decía Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), ¿cuál es la verdad de Jaime Mesa?
Mi verdad cambia ciclo tras ciclo, época tras época. Tuve una verdad en la infancia, otra cuando me hice adulto, una más cuando me volví autor publicado, otra más cuando conocí hace 11 años a mi compañera Alma, una muy importante cuando nació Dante, mi hijo, y la más reciente, cuando la epidemia covid nos arrinconó en nuestras casas y nos hizo tener que estar con nosotros las 24 horas, cosa que hacía mucho tiempo la humanidad no se permitía.
¿Escribir es un acto de supervivencia?
Creo que, en mi caso, nunca lo he visto así. Sobre todo porque el mundo me ha dejado en paz para escribir, nadie me cuestionó la decisión ni me lo prohibió. Tampoco nací imposibilitado para expresar mis ideas o pensamientos. Ahora entiendo que escribir es, más bien, una oportunidad de contarle a otra persona cómo es vivir en mi cabeza, cómo veo las cosas pero de una manera más invasiva, poniéndole ese casco de realidad virtual que es una novela.
¿Todos los lectores somos niños de 10 años, como me lo expresó alguna vez Ave Barrera?
Al menos, los buenos lectores, lo desean ser. Me parece que, en ese sentido, mis primeras lecturas, llenas de asombro, de fascinación, de credulidad e inocencia, pero de un deseo abarcador, me hicieron el escritor que soy y, claro, el recordatorio de que es mejor, para mí, ser un lector con esa mirada. Mis lecturas personales las hago siempre así. Ahora ha cambiado porque mis lecturas profesionales van acompañadas del adulto que soy, más rigor, más razón, más de todo lo que nos dicen que debe ser serio.
¿Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor?
Es muy interesante tu pregunta. “Peor” actualmente no es “más desagradable” o algo por el estilo sino “más alejado de lo convencional”. Hay unas normas que temática o formalmente deben seguirse y, si rehuyes, escribes mal, peor. En ese sentido, me ha costado mucho tratar de escribir cada vez “peor” porque lo que es nos arrastra siempre. Estoy por terminar una novela, continuación de “Rabia”, que se acerca bastante a la idea que hoy por hoy tengo de lo orgánico, de lo salvaje, de lo que me mueve aunque no mueva a nadie más.
¿De qué manera la literatura, como arte útil, ayuda a las personas?
Nunca he pensado que el arte sea útil. Y no puedo ponerme en esa situación. El arte es lo más inútil que existe y, además, si alguien decide vivir alejado del arte hay bastante posibilidades de que sea feliz y que termine sus días bien. Lo que sí puedo decirte es que últimamente he incorporado una nueva categoría a mis búsquedas: la Postficción. Ahí, la agenda estética y artística está por debajo de la agenda ideológica, entonces, en algún momento, podría volverse útil. Pero no de manera panfletaria o como el martillo necesario para clavar un clavo.
¿Si es que hay un hilo conductor entre todas tus novelas, cuál sería?
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Me parece que la constante es el miedo. El miedo a no ser, a no lograrlo, a no seguir viviendo, a no permanecer.
¿Qué ocurre cuando llega algo a tu vida que no puedes expresar desde la literatura?
Me parece fantástico porque entonces abrazo más a mi familia, me salgo a caminar o simplemente me siento hermosamente frágil. Lo que hago, además, es leer, ver cine o series o jugar videojuegos y dejo que los otros lo expresen por mí. No me perturba quedarme sin expresión o sin historias. Va a ocurrir. Y me gustaría que pasara más pronto que tarde. Pero la imaginación, los miedos y las obsesiones son necios y, al menos por ocho novelas más, seguirán.
¿Es Jaime Mesa un escritor espiritual?
Me parece que no. Pero me gusta que la gente que viva alrededor sí lo sea. Me gustaban las historias de mi abuela sobre su dios y me gusta ver la fe en algunos amigos, o los abismos que ciertas tendencias le otorgan a otras personas. Yo creo, me parece, en la química del cerebro y en los estímulos externos o internos que te hacen sentir o ver cosas.
¿Cómo es el mundo underground de Cholula?
Es un mundo tan salvaje que, en serio, no podría contarlo bien acá. Pero aparece en mis novelas.
‘Odio la idea de las drogas buenas y las drogas malas. No hay drogas buenas ni malas. Hay un químico que no es bueno ni malo, sólo existe, existe porque lo creamos por medio de la naturaleza’, es una cita de la serie ‘The Midnight Gospel’ (2020) de Joe Wong. ¿Cuál es tu posición frente a las drogas?
Mi posición es que todas las sustancias deben ser legales, que cada quien debería ser libre de elegir la que más le agregue cosas a su vida y que entre más exista información y comunicación en la sociedad habría menos situaciones peligrosas para los individuos.
¿Cuál es el mayor consejo que te legó Daniel Sada?
Es más importante aprender a vivir que aprender a escribir.
¿Qué fue lo primero que te dijo cuando leyó ‘Rabia’ (Alfaguara, 2008)?
Me devolvió el manuscrito que le había dado y me dijo simple y sencillamente: “Ésta es”. Nos tomamos un café, celebró que hubiera encontrado mi voz y nos pusimos enseguida a hablar de béisbol y de otras cosas que se vuelven más importantes cuando uno acaba una novela.
¿Es Foster un alter ego de Jaime Mesa?
Claro que no. Foster fui yo plenamente mientras escribí la novela, esa temporada. Luego la publiqué y se murió para siempre.
¿Un homenaje a David Foster Wallace?
Claro, Foster es un homenaje a Wallace tanto como Don, otro de los personajes centrales de “Rabia”, lo es para Don DeLillo. Incluso, la primera escena importante entre Foster y Don es un homenaje, una reproducción, de un capítulo de “Underworld”, de DeLillo. Nunca oculto mis influencias y las voy sembrando por acá y por allá, muy a la vista de todos.
¿Qué hacer con los años que te quedan cuando has llegado muy joven a la cima?
Antes pensaba que vivir era el horror, matarse, pero ahora me resulta muy cómodo entender que el tedio y el aburrimiento deben ser zonas virtuosas. Pero, bueno, los jóvenes que han llegado pronto a la cima deberían entender, y ese “deberían” me sitúa a mí como un viejito, que hay un puñado de cosas importantes que, si tenemos suerte permanecen, la familia, el amor, los hijos, el béisbol, las tardes en las que no ocurre nada.
¿Leíste ‘Rabia’ (2004) de Sergio Bizzio?
Claro, leí Rabia de Bizzio y también “Rage” (Rabia) de Stephen King en cuanto Alfaguara lanzó la portada de mi novela en internet y yo me busqué, ¡oh, pecado!, en Google. Como joven uno siempre cree que es el primero y siempre descubre que sueles ser el último. Me gustaron ambas.
¿Existen los hijos perfectos?
Nunca y qué bueno. Debe ser la peor de las maldiciones. Sobre todo porque “perfecto”, en esas condiciones, quiere decir “igualito a ti”. Uno piensa que algo es perfecto simplemente porque resulta como lo habías pensado o deseado. Y los hijos son todo lo contrario que clones. Son personas felizmente desconocidas que te permiten un largo tiempo estar con ellos, para conocerlos.
¿Por qué reescribir ‘Rabia’ bajo esa premisa en ‘Un hijo virtuoso’ (Dharma Books, 2020)?
Me pareció que siempre tuve una deuda con “Rabia”, mi primera novela, y que entonces, que había adquirido madurez y algún grado más de valentía, debía pagar. En mi primera novela “escondí” el gran tema de ambas novelas: la relación destructiva de una madre y un hijo porque, básicamente, son personas distintas que luchan por no odiarse. Lo peor que te puede ocurrir en una relación de padres e hijos es que tu hijo o alguno de tus padres te caigan mal. En “Un hijo virtuoso” lo acepté por fin.
¿Es ‘Un hijo virtuoso’ el regreso al origen en una estructura novelística de espiral en retorno?
Curiosamente es un salto al futuro, a mi futuro. Que, claro, ahora es mi pasado. Pero en ese momento, 2020, aceptar que debía mirar hacia adelante, como autor, como persona, fue fundamental. Incluso la novela en la que ahora trabajo, se ubica diez años después del final de “Rabia”. Es decir: me gusta el futuro más que el pasado o que los regresos.
El yo autoficcional en la novela niega en ocasiones al yo autobiográfico que se busca a sí mismo en la casa de su madre, tratando de significarse mediante su experiencia vital. Me parece que en ‘Un hijo virtuoso’, este yo imaginario que se despliega en el texto, parece más preocupado por los límites de la realidad que de su propia identidad u origen.
Nunca mejor leído ni dicho. Eso que dices es otra cosa que hallé durante la escritura de “Un hijo virtuoso”. La constante era la huida, en “Rabia” de su madre y en “Un hijo virtuoso” de su identidad y origen. Por eso te hablo tanto de esta nueva novela que ya tiene tres capítulos de los cinco que la componen. Es otro ajuste de cuentas con mi yo de 2020 que no supo ver eso que dices y que, en consecuencia, ahora, va de cabeza hacia el abismo del origen.