Getting your Trinity Audio player ready...

La Masacre de Tlatelolco fue un atentado de las fuerzas de seguridad mexicanas y paramilitares contra los estudiantes que se manifestaban en la Ciudad de México el 2 de octubre de 1968, días antes del inicio de los juegos olímpicos. Esta matanza dejó un saldo de entre 300 y 400 muertos, y un millar de heridos; se le atribuye a Luis Echeverría Álvarez, expresidente de México, quien falleció el sábado 8 de julio a los 100 años.

Su gobierno se vio marcado por el apoyo a partidos izquierdistas en Latinoamérica, como el gobierno de Fidel Castro en Cuba, el de Salvador Allende en Chile, y al sandinismo en Nicaragua, así como por su acogida de refugiados de esta tendencia comunista.

Echeverría perteneció a las filas del hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI) y ocupó su cargo de jefe de Estado entre 1970 y 1976. De puertas adentro, y alejado de la visión de izquierda, aplicó una fuerte represión a los movimientos sociales y estudiantiles de México.

Fue Echeverría quien prohibió la música rock  en su país, al decretar el conocido “avandarazo” (por el festival de rock Avándaro, al que se le denominó como el Woodstock mexicano), con el que ilegalizó los conciertos, cafés cantantes, grabaciones y emisiones radiales de este género en suelos aztecas.

El 11 y 12 de septiembre de 1971 se llevó a cabo el Festival Rock y Ruedas de Avándaro, en el Estado de México, y contó con la asistencia de entre 250 y 300 mil jóvenes ávidos de música; entre las bandas que los miles de asistentes ansiaban ver eran los Dug Dug’s, Peace and Love y Three Souls in My Mind, pero también acudieran otras no menos importantes como La Tinta Blanca, El Amor, Epílogo, Bandido, La División del Norte, Tequila y Los Yaki.

Fue muy exagerado todo lo que se expresó en los medios acerca del festival, los asistentes recuerdan que no hubo ni sexo ni drogas. Se fumaba marihuana, y quizás algunos tuvieron sexo, pero no al aire público. Luis de Llano, productor de Televisa y uno de los organizadores, recordó que lo “maravilloso” del evento fue que: “por primera vez y por razones no políticas, miles de jóvenes invocaron a un dios llamado rock”.

Al respecto, Echeverría aseguró que: “aunque lamentamos y condenamos el fenómeno de Avándaro, también nos alienta nuestra convicción de que en este tipo de actos y espectáculos sólo es partidaria una reducida parte de nuestra población juvenil”. Fue en 1973 cuando Echeverría prohibió por completo los conciertos de rock en grandes escenarios y clubes e incluso se llegó a la penalización de estaciones de radio que transmitían el rock en español.

Abogado de profesión, Echeverría supo destacar por su fuerte vocación internacionalista, al promover la unidad de los países del tercer mundo y la autodenominación de los pueblos, en línea con la principal corriente de izquierdas latinoamericana en plena guerra.

Sus políticas económicas, marcadas por la crisis internacional del petróleo de 1973, destacaron por el aumento del tamaño del Estado y el fuerte incremento del gasto público que provocó una fuerte inflación y la primera crisis financiera importante en México, tras décadas de estabilidad.

Se le recuerda por su vinculación a las desapariciones forzadas de disidentes durante la llamada Guerra Sucia, que abarca de 1960 a 1980, y sobre todo, por su responsabilidad en dos sangrientas masacres estudiantiles, la del 68 y el “halconazo”. Se señaló como culpable a Echeverría, quien era entonces secretario de Gobernación del presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970).

El “halconazo”, también conocido como la Matanza del Jueves de Corpus del 10 de junio de 1971, cuando los “halcones” (paramilitares organizados por el gobierno) asesinaron a 225 estudiantes —según estimaciones no oficiales— que se manifestaban en Ciudad de México.

Echeverría fue juzgado y sentenciado por ambos crímenes, pero nunca ingresó a la cárcel —sólo estuvo brevemente bajo arresto domiciliario en 2006 y finalmente fue exonerado de todos los cargos en 2009 por falta de pruebas. Es hasta ahora, el único presidente mexicano procesado por la justicia.

El rock mexicano nunca se daría por vencido, continuaría existiendo gracias a los “hoyos funky” que eran, en palabras del rockero Fausto Arrellín: “cualquier taller mecánico vacío, cualquier lugar con techo y a veces sin techo ni baño. Una vez yo estuve en un rastro de pollos, todavía con la sangre en el piso”. El rock se volvió menos sofisticado y arribó el punk, más resistente aún, pero esta vez, no sobre la sangre de aves, sino de estudiantes.