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El mundo la conoció a través de la pantalla grande, con la película “Los recuerdos del porvenir” (1969), de Arturo Ripstein, con guion de Elena Garro (la película se basa en su novela homónima), en donde interpreta a Julia Andrade, un personaje femenino de gran energía en medio del Callismo y la Guerra Cristera, que es obligada a servir como querida del general Francisco Rosas; el destino, como en toda novela de Garro, es trágico. Vendrían después “Confesiones de una adolescente” (1970), en el papel de Gaby; “El matrimonio y el sexo” (1970) y “Flor de durazno” (1970); en esta década abandona el cine para arribar a la pantalla chica, realizando diez telenovelas, pero deja un hueco para ser dirigida por Carlos Enrique Taboada en “Más negro que la noche” (1975), en el papel de Aurora; el argumento gira en torno a tres mujeres (Aurora, Pilar y María), que se trasladan a una mansión vieja, heredada por la tía de una de ellas, y presenciando cosas extrañas; la condición era cuidar a la mascota, un gato negro llamado Becker. Esta película representa el escalofrío desde el mundo de los muertos.

Susana Dosamantes entregó al cine mexicano una pesada dosis de ficción, sensualidad, erotismo y misterio. No sé ustedes, pero cuando pienso en Susana Dosamantes, al instante me deviene el concepto de la noche, casi como sinónimo de su desempeño. Esa idea de la noche que se ha confundido, pues, con el principio de la identidad, de la consciencia, la sombra, el inconsciente, lo que queda oculto. La noche aparece así circunstanciada en el pensamiento, pero, por carácter de origen, su visión es anterior a la noción del tiempo y el espacio. La noche está desnuda así como Susana lo está en sus películas, es esencialmente ella misma con el negro. Por eso, de la tiniebla de su actuación que refiere a una “luminosidad erótica”, hay un proceso de inducción que implica, además, una íntima modificación de la misma consciencia percuciente, Susana Dosamantes es luz oscura, proyección que el cácaro pervierte para iluminar la pantalla.

Vendría posteriormente esa amalgama de cine erótico y policiaco, al que es difícil encontrarle una definición exacta, pero en este caso, nos centraremos en las imágenes y argumentos que tengan al sexo como componente principal, películas como “Matrimonio y sexo” (1970) y “El sexo de los ricos” (1981).

A mediados de los cincuenta, se produjo una especie de rebelión contra el sistema por parte de importantes productores, actores y directores. Esto hizo que los grandes estudios perdiesen fuerza a favor de las productoras independientes que comenzaron a considerar las posibilidades de no atenerse a las normas del código de censura. Esto abrió paso a que en México se rodaran películas como “La mancha de sangre” (1951), una cinta con alta carga erótica que fue censurada y enlatada por más de una década, dirigida por el artista plástico Adolfo Best Maugard, y protagonizada por Stella Inda y Manuel Dondé.

Seguirían películas de este estilo como “Los bienamados” (1965) de Juan José Gurrola y Juan Ibáñez, o “El lugar sin límites” de 1978, dirigida por Arturo Risptein, “Satánico pandemónium” (1974), “La sexorcista” (1975), “La Choca” (1974), “Doña Herlinda y su hijo” (1985) y “La viuda negra” (1977), pero fue Susana Dosamantes quien quebró la pantalla en dos y se consumó en el mundo sensible del cine y su nacimiento posterior a la poesía de su figura sicalíptica. Luego de dar lugar a este erótico renacimiento, Dosamantes entrega su fruto, su entidad, a la butaca: encarnación simbólica del cuerpo, de la necesidad de respirar en 24 cuadros por segundo.

La tarde del sábado 9 de julio, se confirmó la muerte de la actriz, a los 74 años. Susana Dosamantes fue considerada en su momento como el “Rostro más bello de México”.

El cine se reintegra a su realidad estética —estática— en tanto que la pantalla queda reducida a su paño blanco, a su condición agónica, a su muerte propia, junto con Susana.