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“Llegó la noche. Llevo tres días sin dormir. Tengo las pupilas dilatadas y los ojos rojos. Tendido en la cama casi sin moverme, siento que mi cuerpo huele a éter”, escribe el artista, performer, actor —y un sin fin de facetas más— Iván Monalisa Ojeda (Llanquihue, Chile, 1966) en su libro “Las Biuty Queens” (Alfaguara, 2019). Iván Monalisa Ojeda lleva más de 20 años viviendo en New York, desde donde publicó “La misma nota forever” (2014) y “Las Biuty Queens” (2019), donde expone sin eufemismos las desventuradas y locas noches norteamericanas.

Monalisa Ojeda estudió teatro en la Universidad de Chile, en Santiago, y terminada su licenciatura se instaló en Estados Unidos, donde reside actualmente, allí es donde vio nacer a la Monalisa, artistas transgénero Two-Spirit. Ha escrito artículos para revistas y piezas teatrales. En 2019, se estrenó el documental “El viaje de Monalisa”, en donde se retrata su búsqueda artística. Próximamente se publicará su primer texto en inglés, el drama “Waiting for the Night”, además de una novela.

En entrevista, hablamos sobre el concepto Two-Spirit, su libro de relatos “Las Biuty Queens”, Pedro Almodóvar, la escena trans underground de New York, la ilegalidad, la prostitución y su relación con la literatura.

Iván Monalisa Ojeda, escritor chileno radicado en New York.
Iván Monalisa Ojeda, escritor chileno radicado en New York.

Ser una persona Two-Spirit es ya un acto político en sí mismo, ya que no encajas ni en la feminidad ni en la masculinidad, sino que habitas un lugar que no se encuentra categorizado dentro del mismo género binario. Háblame de esta personalidad, y de cómo eres percibido(a) por el feminismo radical.

Lo que yo denomino como Two-Spirit viene de las tribus aborígenes norteafricanas en las cuales, cuando nacía un niño que tenía características que no iban acordes a su sexo —un niño muy afeminado— le daban el nombre de Two-Spirit, que generalmente era el que iba a ser el médico de la tribu, el brujo, el curandero; se le daba ese rol. En culturas no cristianas esto se veía como algo normal, algo de la naturaleza, lo que es absolutamente cierto.

Respecto a cómo yo defino el Two-Spirit, es con una forma prosaica: a mí me gusta comprarme ropa de mujer y ropa de hombre, que es una manera muy simplona de explicarlo, pero para que todo el mundo entienda un poco el cuento. Yo creo que la definición Two-Spirit encuentra su razón en lo que empezaste a decir al principio, porque igual el feminismo y todas estas corrientes tratan de definir el género o van en contra de lo que un género determinado tiene que hacer, han ido en contra de esto y me parece muy bien, pero también lo clasifican, al final lo terminan limitando. Es la otra cara de la moneda, le dan tanta vuelta que es un círculo de 360 grados.

Una cosa muy interesante acá en New York —hace un par de años atrás— es que todo era por formularios, cuando te preguntaban por el sexo, antes era solamente femenino o masculino, y ahora ya te dan la opción de “other”, eso me parece importante; como lo señalo en la novela que ahora estoy trabajando, que el concepto o la definición de género va a desaparecer con el tiempo. Algo va a ocurrir; incluso este popurrí que existe en la transgender amplitude, que están desde los transexuales, los Two-Spirits, los no conformes, los no binarios, etc., también se ha dado a propósito que después de todo, la cosa del género no va a ser algo relevante. De hecho, hay en muchas partes en Estados Unidos en las que ya no preguntan el género, o te dan la opción de “prefiero no contestar” o “no específico” u “otro”. Ya se está dando un nivel de burocracia, de poner esas opciones, me parece que las cosas van por ahí.

Respecto a cómo soy percibido(a) por el feminismo, a mí el feminismo siempre me ha parecido muy ortodoxo. Creo que mientras se siga hablando del género todo es lúdico; en el punto más reciente de la línea de la historia, las cosas suceden tan rápido y creo que no debe tomarse tanto tiempo para que a la gente le cambie el disco duro de la cabeza y se le trastoque. Igual las generaciones nuevas y las que vienen, van a estar mucho más allá de eso; para nosotros todavía es un dilema, pero para los chicos que tienen 20 años no es tema, y me parece bien.

A final de cuentas, todos somos Two-Spirit, la polaridad universal entre el principio masculino y femenino tiene lugar dentro de cada persona. Somos la unión de un óvulo y un espermatozoide, tenemos ambas hormonas, lo que significa que tenemos acceso a un amplio abanico de energías femeninas y masculinas.

Exacto, además de que ¿a quién le importa?

Muchas veces me he despertado dentro de tu relato ‘Overdosis’, de tu libro ‘Las Biuty Queens’ con ese: ‘efecto de no haber cerrado los ojos por días’. Tu narrativa tiende puentes hacia el no lector, la gente de a pie, los olvidados de los cánones literarios. ¿Cómo logras escribir con esa espina, cuyos filamentos inversos desgarran la carne y la memoria al momento de tratar de quitarla?

Te voy a contar un suceso: cuando estaba en Chile, en la escuela que yo estudié profesionalmente de Teatro —la Escuela de Artes— ahí hacía cosas experimentales. En 1992 hice un trabajo en donde puse a cuatro actores parados en la Torre Entel, otro en la Plaza de Armas, otro estaba parado afuera del Cinelandia —que era un cine donde se hacía sexo— y el otro en lo que había sido la cárcel pública de Santiago, todo esto quedaba en el centro, cerca de la Escuela de Teatro de la Facultad de Artes, que era un edificio muy antiguo, muy bello, muy académico, un edificio histórico con una fachada muy bonita, eso lo hice con otro compañero que había estudiado en la Escuela de Artes Visuales (ARCO). Yo ponía un cartel en varias zonas, con la leyenda: Junio 20 a las 8 de la noche, usted puede ubicarse en cualquiera de estas partes de la ciudad —las partes que ya mencioné. Estos actores estaban instalados ahí, a lo Bauhaus, con unos vestuarios minimalistas. Frente a los actores había una cámara. A las 8 en punto los actores tenían que juntarse todos afuera de la Escuela de Teatro, la cámara los venía siguiendo, entonces se juntó mucha gente de la calle; en esos años una cámara en la calle llamaba la atención, ahora no, pero en ese momento en el que Santiago estaba saliendo de una dictadura, era aún un panorama muy gris. De repente se junta todo este tipo de gente, entraron los camarógrafos y entraron los actores.

Después hicimos una conversación y una artista con quien yo trabajé con él en un par de obras de teatro —ella me hizo la escenografía— me dijo: ¿te fijaste que la gente no entró?, mientras estaban en la calle, la gente común y corriente no entró. Ella me hizo reflexionar el por qué el edificio, la universidad, los detuvo. Por qué existe esta pared; eso me hizo pensar mucho en la cuestión de por qué el arte tiene que ser tan elitista.

Después, cuando llego a EEUU y me invita el New York Conservatory for Dramatic Arts, que es una asociación de escritores de teatro de todo el mundo; cuando empiezo a convivir con la tribu —le digo tribu no grupo, porque me gustan las cosas de tribu urbana, que es toda esta gente transgenero— era como que toda la academia que yo tenía, todo el trabajo artístico que había desarrollado ya no le encontraba sentido, a pesar de que yo ya había escrito acerca de la transexualidad, había escrito acerca del trabajo sexual, pero todo era muy académico, muy para artistas; todavía no encontraba esa conexión. Cuando pasó el tiempo, quise escribir lo mismo que me estaba pasando, ahí fue cuando empecé a leer en monólogo, leer en voz alta para alguien; para mí la cosa del actor-público, escritor-lector tiene la misma conexión: llamar la atención.

Me acuerdo que pasó una cosa bien simple, una amiga mía que estaba atendiendo el teléfono —estaba atendiendo clientes porque atendía en su casa— y un día le dije: “déjame leerte algo”, le empecé a leer y de repente ella se olvidó del teléfono, me empezó a poner atención a lo que yo estaba leyendo. Ahí dije: ¡bingo! Me di cuenta de que había algo. Me costó años, porque venía contaminado por la academia. Chile fue para mí el conocimiento académico y New York fue el conocimiento empírico. Ahí las pude juntar, o se unieron solas. Desde ese momento soy bien práctico, y eso es una cosa que tiene que ver con la cultura norteamericana, porque en Latinoamérica se da más el barroco porque hay tiempo, hay tiempo para el adjetivo, aparte que como decía Pablo Neruda: “lo único bueno que nos dejaron los españoles fue el idioma”, porque el resto es todo mierda. El español tiene como lengua romance muchos adjetivos. Hay un onanismo lingüístico que puedes forjar con el español, que es bello, en cambio el inglés es muy práctico. Una vez me preguntaron y yo puse el ejemplo de la trabajadora sexual: no hay tiempo, porque si pierdes tiempo hablando, se te va el cliente.

¿Toda literatura es autobiográfica, todo es poético en cuanto nos confiesa un destino, en cuanto nos da una vislumbre de él?

En el arte todo está dicho. No hay nada nuevo. Nadie va a crear nada nuevo. Lo que puede ser novedoso o interesante es la forma en que tú cuentes algo, cuando digo contar me refiero a alguien que quiere hacer música, alguien que quiere pintar algo, alguien que quiere hacer una película, alguien que vaya a escribir, por ende, pasa por ti. Obviamente que está el ojo del que escribe, pero yo creo aún que la persona que escribe es un mero instrumento, es otro el que las hace y uno toma la forma de un médium; prefiero pensar en eso que en el artista como una especie de semidiós que crea, yo no creo en eso. Son cosas que están ahí. Las historias ya estaban escritas, lo único que hice fue redactarlas.

Mi primer libro (“La misma nota forever”) es casi un libro autobiográfico, todo ahí es verdad, no hay espacio para la ficción, en el segundo (“Las Biuty Queens”) ya juego con la ficción, y en lo que estoy escribiendo ahora, que es una novela, es la conclusión de estos dos libros, que está basada en un hecho real pero es absolutamente ficción. Aquí sí estoy hablando de un trabajo mío como de autor.

Pedro Almodóvar comparó su escritura con la tuya, en su blog del diario El País: “Las Biuty me recuerdan a mi libro de relatos de ‘Patty Diphusa y otros textos’ (1991). El mío es todo ficción hedonista, y las historias de ‘Las Biuty Queens’ irradian realidad en cada frase”, escribió el director. ¿Te gusta Almodóvar?

Es un referente. Me gusta sobre todo porque es un referente latino. Antes no existían en el cine muchas referencias gay —sobre todo en el latino. Pedro Almodóvar es español, pero no es un español europeo, él es el español después de Franco, que usa mucha información latina, que gusta más de los boleros…, es otra España conquistadora. Me gusta mucho; yo me acuerdo que “Patty Diphusa” fue un libro que me robé de una librería en Chile —y después se lo vendí a la poeta Carmen Berenguer— y era una cosa mucho más fancy, era una chica que iba como la canción aquella de Alaska: “Bailando/me paso el día bailando/ y los vecinos mientras tanto/ no paran de molestar”, esa es la voz de Patty Diphusa.

Lo que a él le gustó de “Las Biuty” fue la cuestión de la solidaridad de la comunidad transgenero, y le recordó a la devoción de las vecinas de su mamá, esas señoras que se quedaban viudas en esos pueblos de España, que es una cosa también muy latina, también de nuestros países.

¿Cómo es la escena trans underground de New York?

Hay una cosa de la que todavía no se ha hablado, lo más fuerte que ha pasado, por lo menos aquí en New York, es lo que hubo después de la pandemia, porque resulta que muchas desaparecieron. ¿Por qué desaparecieron?: obviamente que trabajaban en la calle, que dado momento se enfermaron y que cuando llegaron al hospital les preguntaron “¿cómo te llamas?”, y ellas decían Rebeca, pero no se llamaban así, tenían otro nombre, entonces no las atendían; muchas chicas que llegaron acá sin pasaporte desaparecieron. Es una comunidad muy desprotegida. A pesar de eso hacen unas fiestas increíbles, celebrando a las quinceañeras, gastan una cantidad de dinero, o las deportan y vuelven al otro día y ya están en una casa inmensa, yo no sé cómo lo hacen; hay una fuerza ahí que es increíble, mucha solidaridad. Es como una pelota de goma, la avientas al suelo y vuelve a caer parada; a pesar de todas las cosas que pasan, que no son fáciles. Hay una cosa muy digna, muy valiente, muy fuerte, muy guerrera. Y hay un orgullo especialmente de las comunidades mexicanas de sus raíces, eso es lo importante de tener una fuerte identidad, una cosa que te sostiene, que sabes de dónde viene y conoces tu cultura y estás orgulloso de conocerla. Es como las lagartijas, que les cortas la cola y les aparece una nueva. Somos como lagartijas, pero a nosotras nos sale una cola de pavorreal.

¿Sigues viviendo como indocumentado?

No. Gracias al trabajo que me ayudó a hacer Lorena Borjas (activista trans latina que defendió los derechos de la comunidad trans en New York) —quien también murió por culpa del coronavirus— ella me puso en contacto con algo que se llama Urban Justice que es una ONG, una organización sin fines de lucro, quienes fueron los primeros que  tomaron mi caso y me consiguieron un permiso de trabajo, después de cinco años me dieron la residencia, así que puedo viajar, salir y entrar.

Ya no te dedicas al trabajo sexual, pero sí a la literatura, que también es un tipo de prostitución.

Cualquier persona que trabaja está vendiendo su tiempo por dinero. Es buen punto para que la gente se de cuenta de que la prostitución es un trabajo como cualquier otro. Es una compra-venta, es lo mismo que si tú tienes una tienda, un supermercado y me contratas a mí como cajera, me estoy prostituyendo porque estoy dándote mi tiempo, mi servicio y tú me estás pagando. Es un buen ejemplo para decir que el trabajo sexual es un trabajo.

¿Por qué la comparación con Pedro Lemebel?, a mí me parece que sus narrativas son muy diferentes.

La comparación se hacía primero, cuando salió el primer libro, “La misma nota forever”, pero ya cuando salió el segundo libro de “Las Biuty Queens” ya la gente entendió que no era lo mismo. Cuando salió el primer libro siempre estaba presente, constantemente estaba Pedro en las notas, pero ya con mi segunda obra no escuchaba tanto la palabra Lemebel. Son cosas totalmente diferentes, yo soy minimalista y él es barroco, él escribió su narrativa allá yo la escribí en New York; somos de una misma tendencia ideológica política, eso sí puede ser, pero él era más partidista, yo no tanto…, hay muchas diferencias.

¿La Monalisa nació en New York para ayudar a que Iván sobreviviera en New York?

Antes de que me dieran el permiso de trabajo, me preguntó el psiquiatra o me parece que era abogado —yo estaba en Boston. Te hacen varios estudios, muchos, como si fueras un ente, de por qué ese ente debería quedarse en EEUU; entonces él me hace una pregunta que no se esperaba que yo le respondiera, me dijo: “dame una razón por la cual Monalisa debería quedarse aquí”. Yo ahí usé mi conocimiento académico chileno, porque yo también estudié Derecho, y en el Derecho Romano hay una cuestión que todavía está vigente, tú sabes que somos herederos del Derecho Romano en muchas cuestiones. Ahí hay dos máximas que son el derecho de la sangre (Ius Sanguinis) y el derecho de suelo (Ius Soli), es decir, tú eres de la nacionalidad que son tus padres y también eres del lugar donde naciste; ahí le dije yo a él: “Iván nació en Chile pero la Monalisa nació en New York, por eso, la Monalisa tiene todo el derecho de quedarse acá”.