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Manuel Delaflor es un filósofo (él se autodenomina como epistemólogo disruptivo) y creativo visual mexicano, radicado en Inglaterra desde hace 10 años. Fue colaborador del neurofisiólogo y psicólogo mexicano Jacobo Grinberg-Zylberbaum, quien desapareció sin dejar rastro desde 1994. Como artista visual, Manuel Delaflor ha ganado concursos de fotografía en México y en Inglaterra, ha tenido exposiciones en México, Canadá, España, Francia, Hungría, Alemania y Reino Unido.

Actualmente trabaja en un libro en donde presenta su visión de la filosofía de la ciencia y la epistemología, y crea herramientas alrededor de los postulados básicos de su teoría del conocimiento. En entrevista, charlamos sobre la epistemología, el saber sistemático, el conocimiento, la filosofía, la ciencia y la fotografía. Así mismo, hablamos acerca de lo que “somos”, la empatía, la existencia, la verdad o la realidad como un mito, y obviamente, de los experimentos que realizó al lado de Jacobo Grinberg.

¿Dejaste la filosofía por completo para dedicarte a la fotografía?

Primero que nada, te agradezco el espacio y el interés por mi trabajo. Te comento que nunca la dejé, he seguido trabajando de manera personal todos estos años. Lo que sí dejé fue la academia. Esto es que no me interesó ocupar un puesto como investigador en la universidad. La razón de esto fue que, durante mi estancia en la misma, me di cuenta de cómo pasa uno una gran parte del tiempo solicitando presupuesto para poder trabajar, justificando siempre que uno es “merecedor” de seguir recibiendo dinero. Y esta idea me parece totalmente contraria al espíritu necesario para la investigación pura, y contrario a la libertad necesaria para crear nuevas formas de pensamiento.

Manuel Delaflor, autorretrato.
Manuel Delaflor, autorretrato.

Para poner algunos números, cuando colaboraba con un investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), teníamos que llenar unas 400 páginas de documentos año con año, cosa que llevaba meses de preparación, tan sólo para poder solicitar el apoyo económico. De manera que me dediqué durante varios años al segundo amor de mi vida: el arte. Más que fotógrafo, lo que hago es arte digital, en donde la fotografía es parte del proceso, pero lo que se busca es la expresión pura, para lo que se usan también elementos puramente digitales.

Pero la investigación filosófica ha seguido toda mi vida. Incontables lecturas, y un desarrollo personal en el campo de la epistemología, sobre el que estoy trabajando en un libro sobre mi postura, a la que denomino “Ontología dependiente del modelo”.

‘Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos’, escribió Borges. ¿Qué es lo que somos?

Gran texto. Coincido, la memoria es parte integral de nuestra identidad. Sin ella no hay persona, no hay identidad, no existe la continuidad a la que llamamos existencia. Y la pregunta es muy profunda. Cierto que puede intentar contestarse con pocas palabras, pero dichas respuestas siempre se quedan cortas. Y al final, no expresan más que alguna elucubración relativamente popular.

Dicho esto, en un sentido profundo, somos el universo mismo. La forma temporal de la cotidianidad expresada en un “individuo” que no tiene una existencia independiente. Toda separación es ilusoria, y últimamente, absurda. En lo profundo de lo que llamamos “yo” se encuentra no sólo el sentido del universo, sino la mismísima razón de su acontecer.

Tú, querido lector, en donde te encuentres en este momento, leyendo estas pequeñas formas plasmadas en algún medio, si pones atención, encontrarás al origen mismo del universo dentro de tu sensación más íntima. Aquella que no puede expresarse en conceptos ni palabras. En tradiciones de pensamiento del lejano oriente, hay una frase que viene perfecta al caso: “TAT TVAM ASI”, que se puede traducir como “tú eres eso”. Y en el contexto de esa filosofía “eso” es la esencia última del universo.

Háblame de tu fotografía la ‘Joya de la corona’, que ganó en el concurso ‘Camaradas’ en Londres, y que fue llevada posteriormente a México, gracias a la embajada mexicana en Reino Unido.

La idea de la imagen es representar el sentido de la amistad que se da entre dos desconocidos. Son dos manos extendiéndose la una a la otra, y cada mitad representa una identidad. Abajo de la imagen, como una especie de subtítulo descomunal, hay también un texto que ilustra de manera discursiva la metáfora que la imagen intenta plasmar.

En 2017 participaste en un esfuerzo conjunto con otros artistas mexicanos que viven en Europa para ayudar a la gente de México después del devastador terremoto. ¿Qué es la empatía?

Podría definirla como una manera de abrazar todo lo que somos, abarcando más que al simple “individuo” que creemos ser. La empatía se vuelve universal en algún punto del desarrollo personal, y así nos invita a cuidar no solamente a otros seres humanos, sino a todo ser viviente.

En el caso de los artistas siempre me ha parecido que donar obra es un acto de desafío ante la mecánica económica que esta civilización acepta como ineludible. Dar, porque podemos, es un acto de empoderamiento que es muchísimo más significativo que el acto cobarde de guardarse en el bolsillo fortunas quitadas a otros en nombre del “comercio”.

En lo personal, creo que si perdemos de vista nuestra condición humana es más fácil olvidar que hay otros, y que todos, en conjunto, somos uno mismo. Un macro individuo en múltiples expresiones. Y que nuestra misión es o debiera ser ayudarnos y apoyarnos unos a otros, no “competir” para quitarles a los demás sólo porque eres más hábil que ellos para una u otra cosa en particular. Eso, reitero, es un acto de cobardía.

¿Cómo es que se forma un pensamiento en la mente del ser humano?

Esta es una pregunta interesante. A nivel general, un pensamiento es una forma de acción. A grandes rasgos podemos decir que hay dos formas básicas de pensamiento, la más básica no involucra un lenguaje, y es más bien una forma simple de tomar decisiones para lograr metas concretas. Por ejemplo, cuando tenemos que saltar un charco. Hay una serie de cálculos que realizamos antes del mismo para saber cuánto impulso necesitamos o qué pierna utilizar y en dónde vamos a caer.

Y como seres humanos tenemos un segundo nivel de abstracción, el lingüístico, en donde las acciones corporales son llevadas a un plano puramente metafórico y ahí se combinan con otras en niveles cada vez más abstractos, pero siempre relacionados a alguna acción o reacción en específico con respecto a nuestros propios estados internos.

Y su formación depende mayormente de estados emocionales, que luego son traídos al nivel consciente y ahí “la razón” siempre cree que juega un papel preponderante cuando lo único que hace es tratar de justificar la acción o curso de acción que emocionalmente necesita nuestro cuerpo.

Pasaste cinco años trabajando con Jacobo Grinberg, el famoso y controvertido investigador mexicano, indagando los correlatos electrofisiológicos de la consciencia. ¿Cómo era Jacobo Grinberg?

Jacobo fue mi amigo y mentor. Una persona excepcionalmente brillante y con una personalidad compleja. Esto porque era un ser extremadamente emocional. Lo recuerdo siempre abierto, sonriente, pero también como una persona que era muy sensible a “energías” (como él las conceptualizaba) que hacían que a veces tomara unas decisiones y no otras. Era un gran amigo, siempre pendiente de los demás, y muy cuidadoso de la gente que quería. Un gran padre, y un investigador con una mente inquieta y curiosa, que nunca se dejó influenciar por los prejuicios preponderantes de su época. Con él tuve la fortuna de conocer gente increíblemente interesante, y recordaré siempre incontables horas discutiendo con él los conceptos más locos y creativos imaginables.

‘El potencial transferido’ fue uno de los experimentos más importantes del laboratorio —en el que fuiste parte clave— en este experimento, se buscaba la correlación en la actividad cerebral de dos personas que tenían una interacción previa. ¿Qué se demostró con este experimento?

Sí, hasta donde sé, fue quizá el experimento más importante que realizamos. En efecto, la meta era ver si dos cerebros de personas que habían estado en contacto una con otra mantenían algún tipo de conexión entre ellos. Para esto, se me ocurrió diseñar un experimento en donde poníamos a dos personas en una cámara de Faraday (un tipo de construcción que evita la contaminación electromagnética proveniente del mundo circundante) y luego de un rato los separábamos en dos cámaras independientes. En estas circunstancias, estimulábamos visualmente a una de las personas, mientras que medíamos la respuesta en su cerebro y en el cerebro de la persona con la que estaba antes. Jacobo ya había hecho antes experimentos similares, en donde media la correlación entre pares de cerebros pero sin la estimulación. Todo esto lo hizo antes de que yo llegara con él. Así como mucho de su trabajo más polémico, como el realizado con algunos chamanes de México.

Lo que encontramos es que el cerebro de la persona no estimulada parecía reaccionar ante el estímulo de la persona estimulada. Cosa que contradice el sentido común. Es importante mencionar que esto no prueba la “telepatía”, es simplemente una respuesta fisiológica del cerebro y la persona no tiene ninguna sensación de ningún tipo ni sabe qué le ocurrió a su compañero.

La respuesta se mide en términos físicos (potencia y frecuencia de la actividad cerebral) y por tanto es más bien un fenómeno de conexión entre ambos cerebros que va más allá de los sentidos. La idea que teníamos era que los cerebros forman una especie de entrelazamiento a nivel cuántico, y que éste sigue presente aún cuando las personas se separen físicamente.

¿Es como estar separados en diferentes jaulas de Faraday?

Sí, exacto, dos cámaras electromagnéticamente aisladas la una de la otra, y ambas electromagnéticamente aisladas del resto del mundo. La razón de esto es evitar que exista la posibilidad de que estemos captando señales de otro tipo que estarían distorsionando nuestras mediciones.

¿Cuál es tu visión personal sobre la filosofía y la ciencia?

Imprescindibles para vivir. A qué voy con esto. Cierto es que la mayoría de la gente puede sobrevivir sin jamás haber leído nada de filosofía ni entender nada de ciencia. Pero esta existencia es un tanto básica, y la mala noticia es que estas personas tienden a caer en todo tipo de charlatanería que cualquiera les imponga. Así, vemos a mucha gente pagar cantidades exorbitantes por productos inútiles, simplemente porque se creyeron el mensaje del vendedor. O gente votando por gobernantes inútiles y sus promesas vagas o vacías, o creyendo cualquiera de las teorías de la conspiración que estén en boga en determinado momento.

Es por todo esto (y mucho más) que desarrollar el pensamiento crítico es tan importante para la sociedad en su conjunto. Y no me refiero a que la gente tenga que ser científica o leer cientos de libros, sino a que el sistema educativo debe de contemplar el darle a la gente las herramientas epistémicas para que aprenda a pensar correctamente.

Además, contrario a lo que quizá pueda pensarse, esto no involucra clases aburridas o cursos excesivamente complejos. Todo esto puede lograrse a través de métodos de enseñanza modernos, en donde se incentiva a pensar en vez de aprender textos de memoria. En donde se invita a dar opiniones y discutirlas abiertamente, en vez de insistir en que hay una sola opinión correcta y todas las demás son erróneas.

Mencionaste que en un momento de tu vida, te diste cuenta que el mejor curso de acción sería escribir todo lo que habías aprendido sobre lo que llamamos “nosotros” y lo que llamamos “el mundo”; un proyecto que se fue convirtiendo en el libro ‘Model Dependent Ontology’ (New Era Books), ¿cómo fue este proceso?

Desde niño me ha apasionado (lo que llamamos) “la existencia”. Me maravilla el hecho “simple” de que estemos aquí, y veo todo como un milagro. De hecho me parece increíble que la gente considere vivir como algo cotidiano, sin darle más atención al hecho de que en la vasta inmensidad de lo posible, tú, tus lectores y yo mismo estemos en este momento coincidiendo en este espacio.

Contrario a Jacobo mi formación e interés siempre se ha inclinado más sobre las bases epistemológicas en las que se funda todo lo que llamamos “conocimiento”, y me he sorprendido infinitamente al descubrir que absolutamente todo lo que creemos es falso.

Para ser más precisos, que todo lo que creemos que es “verdadero” es sólo una metáfora más o menos útil diseñada sólo para cumplir propósitos muy específicos. Así me alejo de conceptos como “la verdad” o “el conocimiento” para inventar mi marco epistémico que sirve como referencia a todas las creencias humanas, mismo al que denomino como la “Ontología dependiente del modelo” (la traducción al español del título que bien mencionaste del libro en inglés. Libro, por cierto, que sigue en preparación).

¿Nuestra realidad es un mito?

Absolutamente. Ahora bien, tengo que ser claro de a qué me refiero cuando digo esto. No es que lo que vivamos no sea importante, o no suceda, o no haya repercusiones importantes a nuestras acciones. Lo que quiero decir con esto es que nuestra concepción de lo que la gente llama “realidad” es siempre esto: un concepto. Esto es más fácil de ver cuando lo vemos desde la perspectiva histórica. Por ejemplo, en la antigüedad se consideraba que la realidad estaba formada por “cuatro elementos”, a saber, tierra, viento, agua y fuego. Toda la variedad de las cosas que vemos estaba “hecha” o “formada” por estos cuatro elementos “básicos” interactuando unos con otros. Así, para ellos, esa era su realidad.

Volviendo rápidamente al presente, es importante notar que la definición de lo que es “real” o de los “componentes últimos” de la (así llamada) “realidad” han cambiado constantemente. Y no sólo de manera histórica, también tenemos las diferentes culturas que interactúan en cada etapa. Por ejemplo, hay la “realidad” de la interpretación religiosa del mundo, o la “realidad” de lo que se ha descubierto del mundo utilizando el método científico, o la “realidad” de mil escuelas de filosofía.

Todas éstas declarando, como si contaran con la certeza más absoluta, que lo que ellos dicen, y solamente lo que ellos dicen “es real” y que lo demás (entiéndase lo que dicen otros grupos) es “falso”.

Esto, por supuesto, es un sinsentido de proporciones épicas, y es totalmente absurdo. Hay tantas “realidades” como seres racionales haya en el mundo en un momento dado. Y de esta manera, es más fácil entender a qué me refiero al llamar a la realidad un mito.

La bibliografía de Jacobo Grinberg es muy extensa: 46 libros publicados entre 1975 y 1994; sin embargo, es imposible encontrarlos, hay un silencio ahí. ¿A qué consideras que se deba esto, a la falta de conocimiento o a la censura?

Fue un escritor excepcionalmente productivo. Pero que no se encuentren no tiene nada que ver con la censura. La razón es muchísimo más aburrida: dinero. Se requiere de capital para invertir, y a pesar del interés actual en la obra de Jacobo, mucha de la gente que quiere sus libros está feliz de descargarlos gratuitamente de la red. Esto va de la mano con que las editoriales que tienen derechos sobre los mismos también requieren de pagos, y creo que por ahí también puede haber algo atorado.

¿Cualquier tema puede ser estudiado con el método científico?

No. Solamente aquellos que pueden ser examinados empíricamente. A veces se pretende utilizar el método científico de manera tangencial, por ejemplo, haciendo preguntas a las personas sobre el cómo se sienten con respecto a algo. Así trabajan algunas cosas en psicología o incluso en sociología, pero sus resultados son siempre más relativos a la interpretación que a los datos duros revelados por el método científico.

¿Es posible que Jacobo Grinberg haya dejado este nivel físico para convertirse en gnosis?

En un sentido profundo, esto es absolutamente correcto. Pero no en el sentido de que lo que él haya hecho haya significado una diferencia, ya que todos los seres humanos vamos a convertirnos en lo mismo, en el universo indiferenciado. De hecho, en un sentido estricto. Nunca hemos dejado de serlo (esto es importante).

Ahora, si te refieres a un estado de conocimiento como los mencionados por algunas tradiciones antiguas, o de manera más reciente en los libros de Carlos Castaneda, entonces mi respuesta es; no lo sé. Porque no puedo saber, ni nadie puede saber, que fue lo que ocurrió con él. Dicho esto, yo siempre prefiero las respuestas más simples, aunque sean menos impactantes.

En entrevista con Martha Higareda, para su podcast ‘De todo un mucho’, declaraste que el director de cine Ida Cuéllar había sesgado parte de su diálogo contigo para el documental ‘El secreto del Dr. Grinberg’ (2020), porque no iba con la línea ‘amarillista’ de la película. ¿Es esto cierto?

Así lo siento. Para ser un éxito comercial una película o documental tiene que tocar un tema y hacerlo lo más fantástico posible. Debe sembrar dudas, debe dejar preguntas abiertas. En un sentido, debe ser amarillista. Y es aquí en donde yo me separo tajantemente de cualquier persona que prefiere interpretar la desaparición de Jacobo como algo “sobrenatural” o peor, aludiendo a “élites” que “quisieron callarlo porque sabía demasiado”, o algunas fantasías de ese calibre.

Para mí Jacobo siempre será el investigador de mente inquieta y que exploró terrenos fascinantes. Un humano abierto y emocional. Un científico en busca del conocimiento. Lo demás, lo que sea que haya sucedido, o si tenía o no relaciones con figuras oscuras, nunca lo sabré. Así que prefiero recordar lo bonito y no clavarme en aquello que no puedo saber. Que, dicho sea de paso, en un sentido es lo que desearía que todo interesado en su trabajo hiciera al final, aceptar su desaparición, y celebrar el legado que nos dejó.