Existen artistas que conviven cara a cara con su enfermedad, y con la sociedad que los excluye, o se autoexcluyen, más no por odio sino por desilusión; por sentirse engañados y frustrados; demostrando que la sociedad está enferma de cordura, haciéndole ver que su salud es la peor de las enfermedades. Haciendo a la sociedad consciente de que la enfermedad que sufren estos artífices, no es comparable con la enfermedad que padece la sociedad.
Tal fue el caso de la artista visual mexicana Martha Pacheco (Guadalajara, 1957 – Guadalajara, 2021), quien llevó en su vida esta carga. Realizó obras tanto en técnicas de grabado como en pintura y escultura, e integró en 1990 el colectivo artístico y grupo de performance SEMEFO al lado de Teresa Margolles, Arturo Angulo Gallardo, Juan Luis García Zavaleta y Carlos López Orozco, en el sanatorio La Foresta, con algunos miembros involucrados en trabajos de necropsias.
Para hablar de Martha Pacheco era preciso acudir a la daga y la dinamita o topos-utopos (tensión necesaria) de la narrativa y la edición mexicana, Guillermo Fadanelli, cuya portada de su libro “Regimiento Lolita” (Times Editores, 1998) fue ilustrada por esta perturbadora artista.

‘Regimiento Lolita’ es un libro con 90 páginas de crónicas que publicaste el 1 de enero de 1998. La portada corrió a cargo de la artista tapatía Martha Pacheco, fallecida el 1 de noviembre (día de muertos) de 2021. ¿Cómo llegaste a Martha y a su obra?
Un libro, “Regimiento Lolita”, que no tiene remedio. Demasiado incorrecto para los tiempos que corren. Esperaré a que la sociedad progrese y sea más tolerante para reeditarlo, es decir, esperaré un par de siglos. Por lo pronto lo corregiré y pondré en forma, pues el libro fue una apresurada reunión de crónicas de mis andanzas en la urbe mexicana. A Martha, si no me traiciona la memoria, la conocí en el departamento de Rogelio Villarreal, en la colonia Escandón (DF) hace 25 años quizá, y de inmediato me simpatizó; muy parca al hablar, atenta a la conversación, y dueña de una sonrisa maliciosa o procaz. Nada pasaba inadvertido a su atención. De inmediato hicimos amistad. La veía en México y también en Guadalajara. Fuimos alguna vez al cabaret Barba Azul, en la Colonia Obrera. En otra ocasión ella y un grupo de amigos nos dirigimos a presentar un video y a presenciar el performance travesti de Vicky Fox, en una discoteca de Tultitlán; un viaje peligroso y terrorífico que algún día narraré. En Guadalajara nos encontramos varias veces: en el Roxy, de Rogelio Flores; en la Mutualista de Raúl Ureña, o en demás antros.
Antonio Espinoza describió la obra de Martha Pacheco como ‘la transgresión del concepto tradicional del desnudo femenino. En su obra pictórica, el cuerpo se convierte en un territorio herido, violentado, que busca desafiar y perturbar al espectador […] sus dos temas principales son desafiantes y perturbadores: la locura y la muerte’; por otra parte, has argumentado en ‘Fobias, muerte y amistades’, de tu columna Terlenka en El Universal que ‘el tema de Martha Pacheco era el acecho constante de la muerte, la consagración de la carne sin vida’. ¿Había algún atisbo de esperanza en el trasfondo pictórico de Martha Pacheco?
Sí, pero sólo cuando uno piensa que la esperanza es el pasado y la memoria subjetiva. Martha fue, sobre todo, una gran dibujante. Su asedio a la muerte le resultaba natural, así como la paciente destrucción de los cuerpos humanos. No describiría precisamente su obra como representación meditada, sino como una sustancia mental íntima, una obsesión con la que se duerme y convive. Su necrofilia era más exaltación de su mundo interior y de su afán artístico. La muerte es insignificante, claro, incluso podemos decir que no existe como un hecho real, puesto que una vez convertidos en cadáveres o en polvo carecemos de experiencia para constatarla. La muerte es una invención que nos hacemos observando lo que sucede a nuestro alrededor, es una sospecha: en el temor que despierta en la imaginación radica su fuerza. Y para cualquier artista o sensibilidad perspicaz este mundo puede traducirse en desolación, decadencia, crueldad, caos y sufrimiento continuo. Martha, en todo caso, dio lugar a la belleza vía el sufrimiento y el miedo. Otro artista, al que se me ocurre citar en torno a Martha, es Alejandro Montoya; ambos han caminado hacia un horizonte similar.
¿Por qué te resultaba tan intimidante su presencia?

Porque detrás de su gentileza, paciencia e incluso, puedo decir, dulzura, ella miraba algo que no podríamos adivinar o sospechar quienes estábamos a su lado. Kant lo llamaría la “cosa en sí”, algo que no podemos conocer. Pero Schopenhauer concibió esta “cosa en sí” como una esencia que aniquilaba la aparente realidad y nos mostraba la crueldad implícita del mundo y de nuestros actos. ¿Qué miraba Martha a su alrededor? Su obra nos da algunas noticias de ello, pero su presencia me intimidaba porque yo intentaba imaginar también lo que ella miraba.
Así mismo, has escrito que su obra —al lado de la de Teresa Margolles y Estrella Carmona— ‘reúne vestigios de la debacle, la parábola funeraria y la expresión indecorosa’. ¿Cómo se relaciona el trabajo de Martha Pacheco con tu obra literaria, sobre todo, en ‘Mis mujeres muertas’ (Grijalbo, 2012)?
Todo se relaciona con el todo, pero existen nudos, espacios de concentración, coincidencias que tornan esta relación más evidente. En “Mis mujeres muertas” se expresan la melancolía de un hombre solitario, su mordacidad y, sobre todo, la terrible soledad a la que se enfrenta un hombre cuando sus mujeres han muerto, en este caso su madre y esposa. Sin embargo, en la novela existe un humor sanador; se vive una broma y sólo hay que esperar a que esta termine. Mi novela y la obra de Martha están entrelazadas, puesto que el quehacer y la mirada de ambos —mi personaje y la obra de la artista— se toca en algunos momentos vía el presentimiento constante de la muerte: ambos encuentran, por ejemplo, en el cementerio una luz intensa, antes de que sobrevenga la oscuridad. En ambas obras la degradación del cuerpo es certeza y destino. “Mis mujeres muertas” ha sido traducida ya al inglés, por Helena Dunsmoor, y aguardamos su publicación, si llega. La diferencia esencial es que la novela es más cínica y su sentido del humor en el contenido se oculta allí para quien sepa buscar. La obra de Martha Pacheco es, por el contrario, contundente; no hay casi juego en ella; diría que existe pureza, si es que algo así existe. Su obra es más corporal y totalmente personal; sus dibujos intentaban dominar el temor y la caída.
La afección autodestructiva que la enfermedad y la sociedad producían en ella, se empleaba como medio de liberación creativa y potenciadora de su genio artístico, descubriendo su propia identidad y generando una lucha contra la enfermedad que vivía en sí misma —y en la sociedad— a través de dar testimonio con su obra. ¿Crees en la crisis artística como autodestrucción liberadora?
Sí, me parece bien expresado. Uno se destruye y sólo así se crea nuevamente; se llega a un límite con tal de hallar un espacio menos ofensivo e inhóspito. Pero la enfermedad es una experiencia personal, única; y sólo el arte, aunque parcialmente, puede describirla. El acecho de una enfermedad logra, también, mantenerte alerta y en movimiento, ya que la salud no existe, más que como concepto; la salud es el silencio del cuerpo; un concepto negativo extraído de la mente. Creo que la conciencia de la enfermedad, de la debilidad o de que uno es algo efímero o pasajero da lugar a miradas o concepciones humanas menos cándidas, limitadas y dogmáticas. Como si fuéramos eternos, así vivimos. La idea de Dios es un lujo que se dan las personas o integrantes del ejército de los olvidados. No lo deploro y lo comprendo; pero el arte es también una especie de construcción en medio del naufragio, un lugar para estar y ser al mismo tiempo.
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La obra de Martha Pacheco es incomparable, pero ¿podemos pensar en Enrique Oroz (Ciudad Obregón, Sonora) como su albacea creativo?
Tanto Martha y Enrique han sido buenos amigos míos, sobre todo Oroz, con quien he compartido largas conversaciones en su estudio y en muchos rincones nocturnos de ambas ciudades (Guadalajara y México). Él vive en Guadalajara. Alguna vez presenté su exposición individual en el museo de Zapopan y escribí acerca de su pintura. La obra de ambos, de Martha y Enrique, es bastante distinta; el color y el espíritu cínico y lúdico de Enrique lo ha llevado por otro camino; ambos coinciden, creo, en el aspecto violento del ser que, para sobrevivir, irrumpe, destruye y crea. Es un artista formidable, mas su vitalismo es evidente; en cambio Martha es la paciencia y sosiego de la muerte y la urdimbre de la atmósfera funeraria. Y pese a sus obvias diferencias, ambos artistas crean vida a través de la explosión de su impulso artístico. Lamento la muerte de Martha. La vitalidad, imaginación y humor malicioso de Enrique lo mantendrán aquí muchos años. Así lo espero.