
La gran memoria en que hoy vive la obra de Charly García entre los jóvenes, pareciera ser no más que la consumación de una alta reserva del espíritu. Ya Hegel señaló que la potencia del espíritu se verifica en su capacidad para negar al yo y afirmar la obra. Charly siempre se ha distanciado del autoseñalamiento.
El juicio universal de la música surge así de esta simultaneidad del tiempo y el destiempo. Es decir, de lo que sucede hoy frente a lo que fue entonces. Prueba de ello, es el coreo por cientos de jóvenes millennials del tema “Canción para mi muerte” de la banda Sui Generis, en el concierto que celebró los 70 años de García, el 23 de octubre de 2021, en el Centro Cultural Kirchner, acompañado por Fito Páez, Rosario Ortega (hija de Palito Ortega) y su banda. Sólo Charly puede romper la línea temporal y juntar generaciones para que sus letras imperen sobre la vorágine de un trap innecesario.
Este acercamiento y distanciamiento que crea el pasar de Charly García por el melotrón, es lo que extrema la avivada fluctuación de la vida.

Puede decirse, por ello, que nuestro espíritu se enriquece cuando Charly canta, y se despoja cuando el último músico de su banda se desconecta del amplificador. Ya que al final nuestros tótems elegidos —o sincronizados—, nuestros héroes, no son más que los santorales que llenan el espacio vacío o la soledad en el calendario de nuestras vidas. Charly García siempre lo está dejando todo para hoy, esa es la lección tras la enorme pasión humana que usa y agota para ser y gritar: Say no more!
Esta extraña poesía, con elementos inusitados, incluso con problemas filosóficos tan cargados a lo personal biográfico, hasta lo global y político, como una denuncia de las atrocidades perpetradas por el régimen, resultó de una extraña competencia en su época para llevar con “Clics modernos” (1983) a ámbitos de nuevas experiencias. Sin la lírica de Charly García, puede decirse que hubiera sido inconcebible la gran iniciación poética de Cerati, es decir, que con García, la poesía se renueva en sus métodos de creación, supera los límites de su propia tradición formal, de “Piano Bar” (1984) a “Terapia intensiva” (1984) a “Tango” (1985) a “Parte de la religión” (1987), y así sucesivamente, hasta llegar a “La máquina de ser feliz” (2017). Y se convierte en su sistema de representaciones iconográficas espirituales capaces de reflejar las grandes evoluciones y los ciclos históricos del individuo, que son los de la humanidad: el día y la noche.
Difícilmente, podrá encontrarse en tiempos venideros, una lírica que refleje, en forma más aguda y conmovedora, la soledad trascendente del hombre como en la música de Charly García; únicamente podrá parangonarse con el temblor de aquellos grandes angustiados —Páez, Sabina, Calamaro, Álvarez—, que al igual que García, sintieron en su mente y en su corazón la tragedia del infinito desamparo humano (recordar a las tías de Páez). Es natural, por tanto, que un músico dominado por tales vivencias, buscara para dominarlas o presenciarse metafísicamente en ellas, personificar las fuerzas todopoderosas o malignas que convierten a los hombres en hijos de las lágrimas.