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Uno de mis primeros recuerdos de la infancia abatida se desarrolla en una improvisada Arena Coliseo, pobre, oscurecida y con luchadores famélicos saltando al ring para llenar la tripa, como en aquél relato de boxeo de Jack London. Tendría 6 años y una señora en la butaca de al lado gritaba sulfurada: “¡Queremos ver sangre!”, a lo que otro señor repiqueteaba más abajo: “¡Vete al rastro!”. Estas memorias me hermanan a la puericia de este gran narrador contemporáneo que es Óscar Alarcón, ya que ambos aprendimos a destensar la cuerda en la lucha libre: filtro de nuestra contienda personal. Eso, y el reconocer que el germen de la nostalgia radica en los zapatitos sucios de la escuela, y sus senderos aleatorios.

Esta entrevista tiene un poco de Caja de Pandora, de ese periodismo que le llaman “de fondo”; de zoología más que de narrativa, ya que los perros son los mejores cronistas de la historia: “Hay perros callejeros hasta en las situaciones más inesperadas”, parafraseando al autor.

Charlé con Óscar Alarcón acerca de infancias, lecturas, periodismo, irreverencia, los libros que ha escrito, Juan Rulfo y de la convicción de que el mundo se acabó en 2000, y no nos hemos dado cuenta.

Óscar Alarcón es un escritor, docente y periodista. Su segundo libro se titula 'Veintiuno, charlas con 20 escritores', en el cual incursiona en el periodismo entrevistando a personajes como Fernando del Paso, Óscar de la Borbolla y Carlos Fuentes.
Óscar Alarcón es un escritor, docente y periodista. Su segundo libro se titula ‘Veintiuno, charlas con 20 escritores’, en el cual incursiona en el periodismo entrevistando a personajes como Fernando del Paso, Óscar de la Borbolla y Carlos Fuentes.

¿Qué recuerdas de tu infancia en la heroica Puebla del mole de guajolote?

Una puerta roja se abre. Aparece una máscara oro y jade y el torso desnudo y moreno de un hombre de más de 1.85 y las silbatinas comienzan. La pared de la Arena Puebla es verde, las rejas que eran del mismo color están desgastadas y se aprecia el metal sucio. Una señora le grita a Canek: “¡Que chinguen a su madre los rudos!, ¡putos todos!”, y le mienta la madre un sinnúmero de veces. Todos los que estamos alrededor nos reímos por la forma tan rápida de agitar el brazo hacia atrás y hacia adelante.

Las luces de la arena se apagan y sólo quedan encendidas las del cuadrilátero. Un escenario cósmico para un niño: ahí comienza la vida.

También se encuentran Los Misioneros de la Muerte, Kato Kung Lee, Blackman, Kung Fu, Súper Astro, Gran Nikolai, Bello Greco y otros nombres que la memoria me ha empolvado, pero que gracias a tu pregunta regresan.

Mi hermano y mi madre están igual de emocionados que yo al ver cómo Canek levanta a André el Gigante. El sonido que emite la caída no se me ha borrado del oído.

Una cemita de milanesa, el señor que vende conitos rellenos de crema, los camarones rojos y asoleados como última venta de la noche, la emoción al salir de la arena y las ganas de contarle a mi padre la forma en la que el tabasqueño levantó al francés.

Jugar fútbol, tener un ring miniatura, la abuela que murió cuando tenía 8 años; Oaxaca, Veracruz, crecer en edificios de INFONAVIT a medio terminar, mi hermano leyéndome y actuando las voces de “Karmatron y los transformables” (1986) hasta quedarme dormido, esa fue mi infancia.

¿Cuál fue el primer libro que leíste y de qué manera te cambió la vida –si fuere el caso?

Quisiera decirte que el libro que me cambió la vida en realidad fueron dos.

Del primero tengo dudas sobre el título: “Llega el otoño” (1979), así que tendrás que disculparme si falseo la información; creo que (Francesco T.) Altan es el dibujante o el creador del texto.

Era un cuento para niños con muy poco texto. Una chulada de ilustraciones: Un conejo blanco moteado en azul. El final era bellísimo: El conejo se detenía junto a un árbol para ver el atardecer otoñal. Nunca supe en dónde se desarrollaba la historia, yo suponía que era Estados Unidos, sin embargo, creo que es Francia. A mí me parecía que podría ser Puebla o cualquier lugar de México. El pasto ocre y las hojas cafés me hacían sentir nostálgico. Te puedo decir que a los 4 o 5 años conocí la nostalgia sin saber que se llamaba así. El lenguaje y los significados vinieron después.

El segundo libro es “Siddhartha” (1922) de Herman Hesse. Esa novela cuyas reflexiones me volaron la tapa de la cabeza y que son una alegoría de la vida: “El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar”; creo que con este libro entendí la potencia de las palabras.

La historia de Siddharta, el joven brahmán, me sorprendió. Ahí supe que la literatura no era moral, que aquel que busca una guía moral a través de lo literario, busca en el lugar equivocado.

¿Cómo se compaginan la docencia, el periodismo y la promoción cultural en tu obra?

Una vez el novelista Carlos Reyes Ávila —ganador del Premio Binacional Frontera de Palabras en 2009— me preguntó que quién me había hecho tanto daño como para ser promotor cultural. Lejos de enojarme, me quedé reflexionando si yo era un promotor cultural. No sé qué sea eso. No aspiro a ser promotor cultural, cualquier cosa que eso sea.

En cuanto a la docencia y el periodismo creo que sí van de la mano. No sólo en la preparatoria Emiliano Zapata, donde llevo 15 años dando clases, sino en “Neotraba”, creo, al ofrecer un punto de vista particular de cómo se debe hacer periodismo cultural es el modo en que he logrado enseñar crónica y entrevista. La docencia es muy noble y poco valorada, hasta por los mismos docentes. Sin embargo, para mí es muy apasionante.

Por otra parte, no me queda duda de que el periodismo se aprende como un oficio: es en la calle, en la redacción diaria, en la entrevista semanal, en la investigación bibliográfica en donde aprendes a hacer periodismo, pero también debe existir alguien que esté detrás de ti mostrándote un camino. No todos los periodistas están dispuestos a enseñarte.

Yo tuve como maestro al fotógrafo Pascual Borzelli Iglesias, quien era cruel pero disciplinado. Hecho a la escuela clásica de periodismo. Le aprendí todo lo que debí aprenderle. Recuerdo una de sus enseñanzas —y que en el periodismo mexicano se sigue cometiendo el mismo error— es muy común que los medios se roben las fotografías. En Internet encontraremos muchas y cuando los medios las usan, no se toman la molestia de tan siquiera citar de dónde se están robando la foto. Es un hurto intelectual. Muchos dirán: “Es internet, y puedes usar lo que quieras”, y es cierto. Pero el periodismo no se puede dar el lujo de robarse las imágenes. Tenemos que citar de dónde estamos tomando esa imagen. Pascual es un periodista muy exigente.

Después, como todo alumno, me llegó el momento de no repetir sus vicios. Aunque eso signifique la muerte simbólica del maestro.

Se ha dicho comúnmente que posees una pluma ágil e irreverente, pero, ¿cómo definirías tu literatura?

No sé si mi pluma sea ágil e irreverente. Personalmente sí soy irreverente y eso me ha acarreado muchos problemas. Desde que me volví cristiano eso se ha controlado un poco… [Risas] Es broma. No soy cristiano.

Alguna vez un periodista —o un crítico— en Puebla nos dijo a un grupo de amigos que éramos escritores de literatura pozolera y por supuesto que lo dijo con la intención de chingar. A mí el concepto me encantó.

Si tengo que definir de alguna manera mi literatura sería: ágil, irreverente y pozolera.

¿Cuál es el detonante de “Polimastia” (BUAP, Colección Alejandro Meneses, 2008)?

Un grupo de amigos del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica de la Universidad Autónoma de Puebla, me invitaron a escribir el capítulo de una novela a la que pretendíamos titularla ‘Verano ’94’. El contexto era el Mundial de Futbol de Estados Unidos —que se llevó a cabo ese año—, además del despertar sexual de Ulises, el protagonista de la historia.

La intención era que cada uno de nosotros escribiera un capítulo y que lo uniéramos para hacer una novela escrita a 8, 10 o 12 manos. La verdad es que no me acuerdo cuántos íbamos a escribir. Se trazaron las líneas narrativas, se repartieron los capítulos y nos dedicamos a escribir.

Según recuerdo, el tono de esa novela a varias manos era como “Inventando que sueño” (1995), de José Agustín, o “Un hilito de sangre” (1991), de Eusebio Ruvalcaba. Había borracheras, reflexiones sobre la vida y, por supuesto, mucho futbol. Temas que en este momento ya son políticamente incorrectos y de los que, por supuesto, seríamos blanco de críticas. Creo que hasta nos llamarían “viejos lesbianos escribiendo sobre cosas de viejos lesbianos”, pero nos divertíamos mucho.

A mí me tocó escribir un capítulo en el que dos primas tenían relaciones incestuosas y el hermano de una de ellas las espiaba. A final de cuentas, “Verano ’94? nunca se publicó, pero me dio la pauta para convertir ese capítulo en un cuento.

En aquel entonces —bueno, ahora todavía— era un lector frecuente de Fernando del Paso y en la novela “Palinuro de México” (1977), cuyo trasfondo es el 2 de octubre de 1968 y la medicina, se habla de muchas enfermedades. La novela también puede leerse como un glosario de términos médicos.

Entre esos conceptos, me encontré con “polimastia”, que es la presencia de tres o más senos. Una enfermedad que le puede ocurrir a una mujer lo mismo que a un hombre. Me gustó el término como metáfora de un encuentro erótico entre dos mujeres. Y encajó perfecto al cuento que estaba escribiendo para “Verano ’94?.

Háblame del íncipit del relato “Cero la vieja del basurero”, que reza: “Puta. Mi madre dice que es puta”, y de su contexto.

Nunca asistí a talleres literarios cuando era joven. Al único que asistí fue al de David Miklos, Ana García Bergua y Daniela Tarazona, y eso fue cuando tenía 38 años. Sin embargo, leí muchos manuales de creación literaria, el de Óscar de la Borbolla es uno de los que más me gustaron, por ejemplo. También soy lector de los consejos que dan muchos escritores para escribir cuentos.

En el “Manual de creación literaria” (2002) de mi tocayo, se habla sobre la ambigüedad de las palabras. No como una forma incorrecta sino como una forma en enganchar al lector jugando con múltiples significados a la que se refiere un texto.

Justo el inicio que mencionas es ambiguo —y al mismo tiempo pretendía ser incendiario— pues mi intención era que al leerlo te preguntaras “¿quién es puta?”, “¿le está diciendo ‘puta’ a su madre?”. Como te digo, es una ambigüedad, y me hacía pensar que si te formulabas esas preguntas te causaría curiosidad y querrías seguir leyendo para enterarte a quién se le decía de esa forma.

El juego semántico de esa ambigüedad queda aclarado cuando inmediatamente se puede leer: “Doña Graciana, la vieja sucia y cochina que todas las mañanas empuja el diablito con bolsas de basura, es puta”.

¿Cómo surge el personaje de “El Usuario”, el perro del relato “Trece el rabo te crece en la bola de ese”?

Quería que un personaje cruzara todo el libro. Había pensado que podría ser un niño el que apareciera en todos los cuentos, pero de una u otra forma sentía que eso me obligaba a que los cuentos giraran en torno al niño y no quería eso. Pensé entonces en un personaje incidental, que pudiera aparecer de manera casual, aparentemente. Entonces, pensé en que hay perros callejeros hasta en las situaciones más inesperadas.

El Usuario soy yo transitando por los cuentos: ya sea como protagonista o, en otras ocasiones, como mero observador o como un personaje incidental.

El nombre se lo puse porque a la primera computadora que tuve le instalé el Windows XP pirata, entonces no me dejaba registrar mi nombre y sólo aparecía como “Usuario” que, bien visto, era yo.

¿Qué representa para ti el haber sido parte de la antología “Lados B: Narrativa de alto riesgo” (2013) de la editorial Nitro/Press?

Si cuando publiqué “Veintiuno. Charlas con 20 escritores” (2012) sentí que ya estaba jugando en la primera división, estar en “Lados B” me hizo sentir que estaba en la Selección Nacional.

Es un sueño hecho realidad que Nitro Press me publicara. Y a mí ya me hizo realidad mi sueño cuatro veces.

“Veintitrés y uno: charlas con 23 escritoras” (2014), es un libro que rescata el género de la entrevista, ¿cómo fue la selección de escritoras y por qué centrarse en una sola identidad de género, habiendo tanta diversidad y tantas plumas?

Es que justo después de publicar “Veintiuno. Charlas con 20 escritores”, el reclamo era “¿por qué sólo entrevistaste hombres?”.

Cuando hice la selección de escritores a los que entrevisté —Carlos Fuentes, René Avilés Fabila, Juan Villoro, Fernando del Paso, Xavier Velasco, entre otros— me di cuenta de que sólo había entrevistado a una escritora: Magali Tercero.

El país y el contexto eran otros. Esas entrevistas las hice de 2004 a 2010 y la literatura escrita por mujeres apenas estaba cobrando fuerza comercialmente.

Me di cuenta de que sería poco equitativo meter a Magali entre los 20 escritores a los que ya tenía y por eso decidí entrevistar a más escritoras. El resultado es que las entrevistas están mejor realizadas, más pensadas y con mayor cuidado.

“Veintiuno. Charlas con 20 escritores” y “Veintitrés y uno. Charlas con 23 escritoras”, funcionan como parte de la apuesta editorial que Nitro Press también realiza en “Lados B”, en donde se publican 10 escritoras y 10 escritores. O al menos eso me gusta pensar. Más que una división de género, responde a una cuestión editorial.

La selección de escritoras la hice —y aquí amplío más sobre tu pregunta de la docencia y el periodismo— después de haber leído la obra de todas las escritoras entrevistadas en clase, con mis alumnos. Creo que fueron las escritoras que más les gustaron a ellos.

No pretende ser un canon. Tampoco propongo que sean las mejores escritoras. Creo que es una pequeña muestra de la enorme cantidad de escritoras que existen en nuestro país y que escriben de manera excepcional tanto temática como estilísticamente.

¿Es quizá la literatura mexicana la más visceral?

No sé si sea la más visceral, pero por lo menos sí es la más real visceralista.

¿Son tus antologadas las nuevas y mejores escritoras que cambiarán el rumbo de la literatura mexicana?

Como te decía, no pretendo hacer un canon. No pretendo ser un esteta de la literatura mexicana y decir “esta novela va a revolucionar las letras nacionales”.

Esa chamba se la dejo a los profesionales de la literatura, es decir, a los que escriben los cintillos amarillos en los libros que ocupan las mesas de novedades.

¿Por qué los mexicanos del siglo XX son los más conocidos de toda la historia de la literatura del país?

Yo creo que es porque tienen muy buenos agentes literarios. Y porque Rulfo jamás morirá.

¿Cuáles serían tus imprescindibles?

Mexicanos, Fernando del Paso, Mauricio Bares, Magali Tercero, Eusebio Ruvalcaba —a quien me pesa mucho no haber entrevistado—, Elma Correa, Ana María Maqueo, Óscar de la Borbolla, Rosario Castellanos, Ana Fuente Montes de Oca, Antonio Calera-Grobet, Vicente Leñero.

Extranjeros, Milorad Pavic, Mijaíl Bulgákov, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton, Enrique Vila-Matas.

¿En cuanto a tu desempeño literario, ¿crees en la obra o en la cantidad?

Creo que es mejor la calidad. Aunque a veces uno se engolosina y comienza a escribir libros de entrevistas y ya no puede parar. Tengo tres libros de entrevistas y un libro de cuentos.

Realicé tres antologías en donde los autores son mis alumnos de preparatoria: Pequeñas historias desde el aula; “El amor en los tiempos de Internet”; “Z. Antología de cuentos del taller de cuento de la Prepa Zapata”.

En cuanto a la edición, cuando dirigí la Colección “Extra(e)ditados” de la BUAP, publicamos a diez autores: Franco Félix, Aldo Rosales Velázquez, Rodrigo Durana, Isis Samaniego, Omar Delgado, Yelitza Ruiz, Macaria España, Edgar Camacho, Josué Almanza y Alejandro Paniagua Anguiano.

¿En los conteos regresivos a un nuevo Apocalipsis, la literatura vuelve a ser el refugio común de nuestra especie?

No sé si alguna vez lo fue. Creo que el mundo se acabó en 2000, pero de inmediato se reinició este que tenemos. Ese reinicio fue tan rápido que no nos percatamos. Por eso, este mundo es más caótico, más enfermo.

Antologaste junto al filósofo Luis J. L. Chigo (Tuxtla, 1996), el libro de entrevistas “Miradas oblicuas. Diálogos sobre lo presente” (Nitro/Press, 2021), que contiene diálogos con el gran Federico Vite, Tryno Maldonado, Alejandro Zambra y Gabriela Cabezón Cámara. ¿Cuál es el objetivo de esa publicación?

Recuperar a la entrevista como género.

Recuerdo mucho las entrevistas de libros como “El oficio del escritor” (1959), que viene de “The Paris Review” —y que Acantilado acaba de publicar una edición que recoge entrevistas de 1953 a 2012; “La última entrevista a Roberto Bolaño”, de Mónica Maristain; “Voces en espiral”, de Jorge Herrera; “Verso converso”, de José Ángel Leyva; “Ellos quieren algo crudo: 30 años de entrevistas a Charles Bukowski”, de David Stephen Calonne y traducción de Mauricio Bares.

Recuperar la entrevista nos lleva —a Chigo y a mí— a ejercer el periodismo de fondo. Muchos medios ya no apuestan por la entrevista de fondo y buscan que sus contenidos se lean en 140 caracteres. Eso orilla a los periodistas a escribir maquinazos. Creo que es pertinente que haga una aclaración: mi comentario no es en contra de los periodistas, quienes salen todos los días a perseguir la nota porque el medio les pide tres o cuatro notas diarias, para ellos todo mi respeto y reconocimiento. La crítica es justo a los medios, que de manera salvaje, se miden en likes o en retuits, pero ya no se fijan en los contenidos. Es decir, se han vuelto una maquila de notas.

Nuestras entrevistas son extensas, no están pensadas para que un periódico las publique porque además no les interesa publicarlas. Sobre todo, cuando charlamos con creadores.

Escritores y escritoras siempre existirán, entonces siempre habrá alguien con quién platicar sobre sus procesos creativos y sobre los temas que en ese momento les interesan. De ahí que “Miradas oblicuas” tenga como subtítulo: “Diálogos sobre lo presente”, nos interesa también hablar sobre las pasiones, los motivos que los autores tienen al escribir su obra y su percepción del mundo sobre lo que nos acontece.

Por ejemplo: La violencia, las desapariciones, Ayotzinapa, el feminismo, las paternidades, los viajes, el fracaso. Son temas que están ahí y, supongo, que tanto a ellos —como creadores— como a nosotros —como periodistas— se nos impone por el contexto en el que nos encontramos.

¿Es “Miradas Oblicuas” una cápsula del tiempo para los futuros lectores –si es que los hay?

[Risas] Espero que sí haya lectores y también espero que las entrevistas queden como registro de lo que nuestros creadores están diciendo en este momento.

Creo que justo por eso es que el periodismo ha cobrado nuevamente tanta importancia en este momento: porque comparte terreno con la historia al generar un registro de todo lo que ocurre.

Me encanta “Periodismo de emergencia” (2007), de Vicente Leñero, ahí veo que su pluma no pierde vigencia y que su estilo no envejece. El maestro Leñero encontró los tonos exactos para presentarnos a María Félix o al Subcomandante Marcos (ahora Subcomandante Galeano) en persona, son verdaderos retratos a través de las palabras.

Personalmente a eso aspiro con mis entrevistas. A eso y a ser polvo enamorado en 100 años.

Óscar Alarcón es un escritor, docente y periodista. Su segundo libro se titula ‘Veintiuno, charlas con 20 escritores’, en el cual incursiona en el periodismo entrevistando a personajes como Fernando del Paso, Óscar de la Borbolla y Carlos Fuentes.