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Elbert Hubbard, el ensayista estadounidense autor de ‘The Philistine’ (1895), solía decir que la mayoría de las personas son como alfileres: sus cabezas no son lo más importante, pero en el caso de Alejandra Gómez Macchia, Hubbard sale debiendo, porque esta mujer piensa y escribe como los grandes, y hasta el cuerpo significa, ya que también se desarrolla en la danza. Alejandra Gómez Macchia (Tehuacán, Puebla, 1982), posee una inteligencia perspicaz, que no se interesa en lo extraordinario como las inteligencias poco capaces, sino en el poder de las cosas ordinarias; prueba de ellos son sus libros “Lo que Facebook se llevó” (2015), historia de amor corrompida por la poligamia, los celos, el egoísmo, el poder, la ambición y un profundo sentimiento de soledad; y su más reciente “Bernhard se muere” (2019), siete relatos que sortean la soledad en los caminos de la nostalgia, el vicio y la pérdida de poder.

Con Alejandra Gómez Macchia hablamos sobre periodismo, la danza, la sexualidad, el humor, la maternidad y sus libros.

Alejandra Gómez Macchia, escritora mexicana.
Alejandra Gómez Macchia, escritora mexicana.

¿Cómo es que estudiaste danzas africanas, para terminar en el periodismo y la literatura?

En mi caso no es un lugar común ni una muletilla ni una excusa decir que no hice tal o cual cosa porque “me chingué la rodilla”. Así fue.

Comencé un poco tarde con la práctica de danza africana… fui expulsada de las filas del ballet por ser una comelona compulsiva, y en el afro, mientras más carnes tengas, mejor. Quería ser bailarina sí o sí; es la única disciplina que me pone en mi centro, con la cual no pienso en otra cosa, sin embargo, acabé escribiendo por una suerte de supervivencia. Llegué como vendedora de publicidad a un periódico. Pasaron semanas y no vendí ni una esquela, así que busqué al director, nos fuimos a comer, nos emborrachamos, hablamos de literatura, cine y música. Yo originalmente estaba haciendo la licenciatura en música, tocaba flauta transversal y era una obsesa del jazz y del rock progresivo. Después del postre, entre tequila y tequila, el director me ofreció dirigir un suplemento cultural en su periódico. Boté las ventas y me puse a escribir. Por suerte, siempre fui buena lectora y tenía una redacción decorosa.

Esa tarde del 11 de octubre del 2010, llegué fracasada al restaurante y salí ya entrado el 12 de octubre con chamba de editora y con amante nuevo: el director.

Soy muy compulsiva, me clavé mucho en mi trabajo y comencé a hacer una columna diaria de crítica social. Un año más tarde acabé viviendo con el director de periódico, y sobre él —y sus infidelidades cibernéticas— escribí durante los meses siguientes. Cuando me di cuenta ya tenía una novela, sin embargo, no me sentía segura de poderla publicar. Se la envié a mi gran amigo Enrique Serna, la leyó, me hizo comentarios y sugerencias antes de enviarla a la editorial. Cumplí a cabalidad con sus consejos, luego se la hice llegar a Andrés Ramírez, director editorial de Penguin Random House, y me dio luz verde. Para abril del 2015 ya tenía mi primer libro impreso, “Lo que Facebook se llevó”. Así que me hice escritora sin querer.

¿La danza contemporánea, un arte construído por mujeres, constituye una vía de expresión propia de ustedes?

Híjole. No creo ser bailarina de contemporáneo. Jamás he participado en una compañía. Mis compañeras de la danza guineana fueron las que estuvieron inmersas. ¡Me encanta la danza contemporánea en los hombres! La escuela de Bejart (que es hombre) se me hace maravillosa.

No encasillaría el movimiento como algo estrictamente mujeril, ni ese ni ningún otro. No me considero feminista, es más, siempre he sido atacada por ellas porque no comparto muchos de sus conceptos. Si te soy franca, sigo y leo y escucho a muy pocas mujeres. Todo lo bueno que sé lo he aprendido de los hombres. Son mi pasión, para bien y para mal.

El erotismo difiere de la sexualidad, o más bien es una expresión de sexualidad en la que hay mayor consciencia, elección y decisión. Es un acto reflexivo y elaborado. Es personal en cuanto hay mayor espacio para la expresión individual. ¿Cuál es tu concepto personal de erotismo?

Es una fuerza que te arrebata de ti mismo, una de las tantas posibilidades del amor y también una especie de capital sexual.

El erotismo debe transgredir, pero al mismo tiempo presentarse velado. El misterio es su mejor aliado. Lo erótico debe ir siempre de la mano de la fantasía. Está más cerca de las sombras que de la luz.

Háblame del papel que juega el humor en tu obra literaria.

Como soy una neurótica confesa, no veo otra manera de transitar por la vida que de la mano del humor.

El humor negro obliga a pensar. Mis más grandes héroes literarios (Bernhard y Cioran) han sido catalogados como grandes amargados, pesimistas, sin embargo, son los mejores humoristas que conozco.

Particularmente soy intolerante con las bromas, las detesto. Se me hace una forma facilista de lo que nos han enseñado para “ser felices”. El humor es un medio para criticar, para profundizar sobre cosas serias. Nada tiene que ver con la risa ni con la alegría. El humor es pariente cercano del juego y yo vine a este mundo a jugar, a veces con mala cara y con gastritis, pero a jugar.

¿Cómo es escribir una columna diaria para el portal Sexenio, y cuál es el concepto de ‘Caza de Citas’?

Fue una columna satírica sobre la extraña forma de vivir en Puebla.

Primero se llamó “Las niñas bien”, no por la novela de Loaeza, sino para hacer una radiografía de las señoras y las muchachas de la alta poblanidad.

Me divertía mucho escribirla, por eso lo hacía diariamente. Historias no me faltaban, ya que de una u otra manera estoy metida en esos círculos.

Eran retratos de personajes conocidos. Ellos buscaban la columna para ver si no salían, y sí, siempre alguien me llamaba por teléfono para preguntar si hablaba de fulanita o zutanita.

Después la columna cambió de nombre, cuando me cansé de indagar en las castas entrepiernas de las chicas de buena familia, di el salto hacia lo opuesto y el espacio se convirtió en un putero en el que exploraba los vicios privados de las personas públicas.

¿Qué es lo más bello de ser la madre de Elena?

Es mi única hija, siempre quise ser mamá de una niña que se llamara Elena. Lo más bello es aprender de ella. Aunque estoy con los pelos de punta porque siento que esta generación está severamente perdida, confío en que será una mujer fuerte. Es hermosa, alta, inteligente. Es el único ser humano por el que abdicaría de mi propia vida.

¿Qué fue lo que Facebook se llevó…?

Se llevó una buena porción de mi dignidad. Es la novela que borraría de mi historial porque me recuerda que alguna vez fui una mujer que no me gustaba ser: desconfiada, invasiva, insegura. Pero también se llevó muchos de mis temores.

Se llevó la pésima idea de querer poseer al otro. Se llevó también unos kilos que perdí mientras realizaba un intensivo trabajo de campo.

¿Por qué hay tanta soledad en las redes sociales?

Siempre la ha habido, sólo que ahora es más patente. Uno se exhibe voluntariamente y se muestra en toda su precariedad en espera de un like o de un comentario reconfortante. Nos aleja de aquellos con los que dormimos, y nos acerca a los que están al otro lado del mar.  Las redes han revelado como nunca el narcisismo que padecemos. Todos nos convertimos en versiones mejoradas de nosotros mismos, cosa complicada, pues en la realidad seguimos siendo, quizá, los mismos cretinos que pretendemos ocultar con filtros.No es tan trágico, más bien es una comedia absurda. Como todo: es divertido hasta que deja de serlo.

‘Lo que Facebook se llevó’ es una historia de amor corrompida por la poligamia, los celos, el egoísmo, el poder y la ambición. ¿Cómo surge este libro?

Surge, literalmente, de la fuente inagotable de mensajes que mi entonces marido se mandaba con otras mujeres.

Como comenté arriba, esa relación fue bastante enfermiza. Esa novela es más bien un vómito, una bulimia que al final no supo tan amarga.

La escritura como catarsis personal. Un libro a manera de diván.

Soy una exhibicionista nata y con el tiempo he reafirmado mi adicción al drama.

Tenía enfrente, en tiempo real, la historia, una que iba a embonar con muchas parecidas. Era un tema recurrente ese de espiar a la pareja por Internet y me subí al tren.

Tengo dotes detectivescas y amistades poderosas que me regalan frescos completos sobre sus respectivas perversidades.

Fue un capricho de voyeur.

¿Cuál es el parentesco que comparten Alejandra Gómez Macchia y Violeta, la protagonista de este libro?

Je suis Ana Violeta Garza. Y no me enorgullezco de ser ese engendro.

Se filtra de nuevo el concepto de soledad en Bernhard se muere’, tu libro de relatos que retratan la vida de siete hombres que transitan sus respectivas soledades sorteando los caminos de la nostalgia, el vicio y la pérdida del poder, ¿cómo llegaste a estas historias?

Como mencioné, los hombres son el alfa y el omega en mi vida. Todos esos personajes existen y están cerca de mí. Todos fueron o son grandes solitarios. Todos locos. Todos queridísimos. Aunque te voy a confesar algo: todos ellos, los siete, tienen mucho de mí. Su lado más oscuro es mi lado más oscuro. Sus historias me cautivaron porque son una proyección. Tengo mi lado masculino muy desarrollado. En el club de Tobi, yo siempre soy Tobi.

Lloro como Libertad Lamarque y camino como La Patita con su reboso de bolitas,  pero encaro mis relaciones con el pragmatismo del macho alfa.

Nunca he sentido atracción por las mujeres, aunque no me he eximido de probar aquello que idiotiza al hombre. Me muevo en un mundo muy viril. Transgredo las normas como ellos. Estuve a dos minutos de ser Alejandro, pero afortunadamente fui mujer… se me ven mejor las zapatillas y las medias que a ellos.

¿Es ‘Bernhard se muere’ un libro filosófico?

Ojalá lo fuera. No me atrevería jamás a decir eso porque es muy osado. Lo que sí te puedo decir es que me hubiera gustado más ser filósofa que bailarina, escritora o vedette. Admiro profundamente a Montaigne y a Cioran… Las cartas de Séneca son para mí como esas tarjetas que leen las señoras new age antes de desayunar tostadas de aguacate keto. Mis libros sagrados son los de filosofía. Sin embargo, me faltaron agallas para meterme de lleno a estudiar a los grandes filósofos. Ahí para la otra, si es que hay otra.

¿El amor no es lo tuyo, pero insistes en hacerlo cada vez mejor?

El amor es lo mío, pero trato de negarlo tres veces para no perecer a causa de él. Lo hago cada vez mejor porque en lugar de poner delante el sentimiento, aviento la cabeza como un miura.

Es una tristeza, pues estaba perfectamente diseñada para el amor en todo su color, pero mis hombres no han estado listos para cargar con semejante monstruosidad.

Convérsame acerca del libro de fotos y aforismos que está por publicarse, con colaboraciones de Aurelio Asiain, Alberto Ruy Sánchez, Jis, Julián Herbert, Joaquín Diez Canedo y Martín Solares.

“Álbum de cuarentena” es la vida de una señora ociosa metida con su hija y su perra en un penthouse durante el principio de la pandemia de coronavirus.

Un día de esos en los que ya no me aguantaba a mí misma, cogí la cámara que me había regalado mi pareja y empecé a experimentar con ella. Miles de fotos de mi hija, de mi perra, de mis muebles, de los amaneceres y atardeceres, del piano, de los ventanales, de los cubiertos, de la escoba y el recogedor, y de las furtivas visitas que llegaban previa desinfección.Aurelio Asiain, enorme poeta y fotógrafo mexicano avecindado en Kioto, un día vio esas fotos publicadas en Instagram y me sonsacó a publicarlas.

Me sorprendió y me emocionó mucho que alguien con su autoridad en el tema se fijara en esas instantáneas. No soy fotógrafa, no tengo técnica, no sé qué madres es el ISO ni sé cómo se da el milagro que, de la luz, emerja una imagen que pone en pausa el tiempo.

Me aventuré a organizar las fotos, escribí aforismos y frases breves sobre cada sesión, y después se me ocurrió pedirle a mis cuates escritores que me hicieran algún apunte sobre determinada toma. Todos aceptaron. Espero que haya sido porque les gustaron las fotos y no por esa manía del mexicano de no saber decir “no”.

Jis me regaló una bellísima interpretación de una Alejandra que salta por la ventana, y de ahí trabamos una amistad preciosa. Julián Herbert se lució con una disertación exquisita sobre un bailarín de Butoh. Alberto Ruy Sánchez, mago blanco y generoso, me hizo flotar con su texto. Todos, la verdad, se súper rayaron, pero más rayada estoy yo por tener sus letras en mi libro.

El álbum termina con la sesión que tomé durante mis días como covid positiva. Esas fotos son como una voz que me dice (como al César) “Recuerda que eres mortal”.

Espero que se publique pronto. Ya estoy en la recta final de la edición.

Asiain me escribió un soneto brutal. A él le atribuyo la responsabilidad de haberme aventado a hacer un libro tan narcisista. Cualquier queja, mándensela a Kioto o pónganle un tuit.

¿Qué viene para Alejandra Gómez Macchia en el resto de 2021?

Nunca hago planes. Menos después de estos dos años que nos pusieron a temblar.

Espero seguir oxigenando arriba de 95, comer carne dos veces por semana, beber generosamente sin cruda, ver a mi hija sana, educar a mi perra para que no se orine en la alfombra, apapachar a mis camaradas, pagar mis tarjetas a tiempo, tener sexo salvaje con mi galán lo más seguido que se pueda, bajarle al tabaco, publicar mi álbum, escuchar música a altos decibeles, visitar a Jis y a Trino en breve, conservar viva a mi madre, que se me abran algunas puertas que se me cerraron abruptamente, regar mis plantas, leer a Borges todas las noches y escribir algunas páginas decorosas.