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Hiram Ruvalcaba es narrador y traductor. Licenciado en letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara (UDG) y maestro en estudios de Asia y África por el Colegio de México (COLMEX). Es autor de “Me negarás tres veces” (2016), Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela; “La noche sin nombre” (2018), Premio Nacional de Cuento Joven Comala; “Los niños del agua” (2020), Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.

En entrevista, platicamos de su trayectoria literaria, sus estudios, las traducciones del Japón antiguo, la violencia, la autoficción y la paternidad.

¿Qué fue lo que te interesó en un inicio de los estudios de Asia y África, tema en el que tienes una maestría por el Colegio de México?

Siempre he sentido admiración por Japón. De hecho, en más de una ocasión he dicho que la historia de mi familia ha estado conectada con el país del sol naciente. Por una parte, mi abuelo paterno se estableció en Zapotlán el Grande (donde yo nací) porque lo invitó un japonés, don Agustín Naito, a trabajar en su rectificadora. Cuando era adolescente, mi familia le dio hospedaje a una japonesa, Mariko Momose, que venía en una comitiva cultural del pueblo de Chino. Y yo, enamorado del manga y otras partes de la cultura popular, decidí concretar esta relación dedicándome a profundizar en los estudios de Japón. En un inicio, diría que la atracción fue la misma que la de millones: “Dragon Ball”, “Sailor Moon”, “Mikami la Cazafantasmas”. Pero cuando estuve en la preparatoria cayó en mis manos un librito, “Una cuestión personal” (1964), del escritor Oe Kenzaburo, y todo cambió. Me di cuenta de que aquel elemento exótico que me llamaba la atención era sólo la punta de una cultura muy cercana a los dolores en Latinoamérica. A partir de entonces, el interés no hizo más que crecer.

Hiram Ruvalcaba es narrador y traductor.
Hiram Ruvalcaba es narrador y traductor.

Háblame sobre tus traducciones del Japón antiguo y Kwaidan

El género kaidan es muy popular en Japón y en el extranjero. Gracias al escritor Lafcadio Hearn (el primero en traducir estos relatos a una lengua occidental) conocimos un poco sobre la gran fascinación que tiene Japón por la literatura de terror. Actualmente nos hemos sentido muy atraídos por estos temas; por ejemplo, cuando vemos películas como “El aro”, “La maldición”, en donde lo fantasmal, el rencor que se vive más allá de la muerte, nos han dado atisbos y pistas sobre el profundo sentir que la cultura japonesa tiene sobre la muerte. Reconociendo esta fascinación, he dedicado prácticamente todo mi trabajo como traductor a traer al español muchos de estos relatos de fantasmas. Algunos han sido ya traducidos antes al español (del libro “Kwaidan”, de Hearn, ha habido varias traducciones), pero también me ha interesado traer autores que son prácticamente desconocidos en nuestro idioma. De Hayashi Razan, el filósofo neoconfuciano, hasta antes de este año no había nada en español más allá de sus escritos filosóficos. Y vaya que es una figura fundamental en el desarrollo del kaidan. Es más, él prácticamente definió el género.

¿Qué representa para Hiram Ruvalcaba el autor Lafcadio Hearn?

Sin duda fue mi puerta hacia el Japón fantasmal. Y mira que la metáfora la tomo de él mismo. Yo leía a Hearn cuando estaba en la preparatoria porque escuchaba que algunos compañeros hablaban de este autor galés que escribía relatos sobre Japón. Poco a poco me di cuenta de la gran calidad literaria que tenía y de la necesidad que teníamos nosotros de conocer más sobre él. En un plano más personal, lo veo también como un modelo, pues es mi intención dedicarme a traer más de la cultura japonesa a México.

¿Cómo comenzaste a escribir?

Empecé a escribir en la secundaria, momento en que mi padre me compró varios clásicos universales —mi gran favorito de todos los tiempos es “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson— y a mí me llamó la atención la posibilidad de crear historias. Cuando entré en la preparatoria, me inscribí en un taller literario en la Casa de la Cultura local, y ahí llevé mis primeros poemas —cursis, terribles— que por fortuna no lograron desanimarme de escribir otras cosas. A los poemas pinches siguieron los cuentos pinches, y como no hubo nadie que me convenciera de otra cosa, desde entonces seguimos en esta búsqueda de aventar al mundo nuestro propio mundito de palabras.

Me parece que en mi formación como escritor, dos momentos fueron fundamentales: primero, la lectura de los clásicos. O quizá debería ser más específico: encontrar el clásico que resuena contigo. En mi caso fue Stevenson. Es una maravilla, todavía, cuando tengo tiempo, leo algún pasaje de “La Isla del tesoro” y me sigue maravillando la facilidad con la que Stevenson te envuelve en sus historias. Esa pulsión que encontré al leerlo por primera vez está todavía presente; creo que mi búsqueda como narrador es provocar en alguien, aunque sea una persona, la misma sensación de plenitud que tuve yo al leer esa maravillosa aventura rumbo a la isla del capitán Flint.

¿Cómo surge ese juego pirandelliano que es ‘El espectador’ (Puertabierta, 2013), y cómo se convierten en personajes Hiram Ruvalcaba, don Eulalio Partida y Valeria Guzmán?

Ese adjetivo, que anotó el maestro Hugo Gutiérrez Vega, me gusta mucho, aunque a estas alturas no me siento ya tan identificado. En “El espectador”, que es mi primer libro de cuentos, me parece que buscaba algunas cosas que ahora no entiendo, o que no lograron interesarme por largo tiempo. Una de éstas era la experimentación en lo narrativo: puntos de vista, metaliteratura, autoficción, microhistoria… Aunque la autoficción, debo confesarlo, me sigue pareciendo relevante y, de hecho, varios de mis nuevos textos (un par de cuentos, una novela en proceso) se vierten en su cauce.

Lo que sí te puedo decir es que en este libro la idea era constituir historias que permitieran que los personajes se traslaparan entre la ficción y la realidad, también plantear un primer acercamiento a la microhistoria de Tlayolan, que es el pueblo en donde he ubicado la mayor parte de mi obra.

Haciendo referencia a tu libro de relatos ‘La noche sin nombre’ (FETA, 2018), ¿en esta vida la mejor opción es ‘hundirse dando alaridos en la noche sin nombre’?

No creo que sea la mejor opción, pero sí creo que en ocasiones es la única opción. Esta expresión, que reconstruí a partir de un cuento del grandísimo Pär Lagerkvist, siempre me ha parecido una advertencia de los tiempos que nos circundan. Pär lo escribió a mediados del siglo pasado, yo lo retomo en medio de la guerra contra el crimen organizado —escribí la primera versión del cuento en 2011— que nuestro querido presidente, Felipe el Oscuro, declaró. Los jaliscienses —como cualquier estado de provincia— recordamos aquel momento de quiebre: antes de la guerra, podíamos estar tranquilamente en las calles hasta altas horas de la madrugada, pero a partir de 2007 te podía detener cualquier patrulla, o cualquier grupo armado para preguntarte a dónde ibas, qué estabas haciendo, por qué andabas solo y a esas horas. De repente, el horror de los decapitados, de los brazos y piernas tirados en la calle, de los desaparecidos, se transformó en la manifestación más clara del circo de la impunidad.

En aquel entonces mucha gente creía que la escalada de la violencia era un signo esperanzador de que el crimen terminaría por doblar las manos, y las fuerzas del orden por imponerse… ilusos todos; ahora, con la aprehensión de Genaro García Luna caímos en cuenta de que era cierta la sospecha generalizada de que todo era una faramalla, una estrategia mala leche para establecer un régimen temible de sangre y cenizas.

Esa es la noche sin nombre de la que habla ese cuento, ¿qué podemos hacer cuando intenta devorarnos?

Noté que en “La noche sin nombre”, la única música de los nueve relatos que componen el libro, es la de la violencia: “una música de balas, muerte y héroes sin ley”.

La violencia es uno de los temas que más me conmueven. Pero, para serte franco, siempre he tratado de mantenerme al margen de escribir literatura sobre el crimen organizado. La tentación es terrible, porque cada día escuchas historias de terror en los noticieros y en las redes sociales. Pero a mí me interesa más el efecto que esta violencia estructural tiene sobre el ciudadano común. Me parece muy importante reflejar que las relaciones humanas, en nuestros tiempos, están enmarcadas por la violencia: padres contra hijos, entre cónyuges, o la violencia ejercida contra la infancia, que no se escapa de reproducir la cultura de la muerte. Recuerdo que hace unos meses vi un video de unos niños de un estado del norte (pero pudo ser cualquier estado) que estaban jugando a los levantones. En su inocencia, los niños fingían que torturaban, que golpeaban, y que privaban de la libertad a sus amiguitos. Me dio mucho asco. No los niños, que no son culpables de reproducir lo que escuchan y ven; me dio asco la frecuencia con la que esta información llega a la infancia. La violencia no es música, es la disonancia que nutre nuestra realidad.

¿Por qué abordar el tema de la paternidad en ‘Padres sin hijos’ (UANL, 2018)?

La paternidad es un tema social muy importante, y un tópico de la literatura desde la antigüedad. Siempre me llamaron la atención las relaciones de padres e hijos que me circundaban; como soy de una comunidad semirural, el evento de que el padre deje la casa para irse a buscar trabajo a Estados Unidos o a una ciudad es bastante frecuente. De esa fractura —que empieza siendo temporal— han quedado cientos de miles de hogares en donde el padre ya no está presente. Muchos de los padres de mi barrio que se fueron a Estados Unidos ya no volvieron, algunos perdieron todo contacto con sus hijos. Cada una de estas casas vecinas era un testimonio de la urgencia que tiene el tema de la paternidad.Y como estos hogares hay muchos otros, casi 40% de los hogares en México no tienen una figura paterna presente; definitivamente es un tema sobre el que vale la pena reflexionar.

En un plano más personal, me parece que había tratado de responder una pregunta desde que nació mi hijo: ¿qué significa ser padre en este país y en estos tiempos? Parece que la respuesta es sencilla, natural casi, como si la paternidad nos viniera en la sangre y fuera sólo cuestión de dejarla crecer, como la yerbita.

Pero no, ser padre es una pregunta constante, y debería preocuparnos mucho más porque el poder y la influencia que tenemos sobre nuestros hijos es absoluta y, como tal, aterradora.

Háblame de la contraportada escrita por Eduardo Antonio Parra.

Desde hace varios años he sido un entusiasta de la obra de Eduardo. Me parece uno de los grandes narradores en español de nuestros tiempos, heredero de ese hueco que dejaron autores como Rulfo o Revueltas con sus muertes. Para mí, contar con un texto suyo en la contraportada no sólo es un honor, sino también un compromiso, porque me dolería mucho que el buen Eduardo gastara sus palabras en un texto que no esté a la altura de sus expectativas. Más con las cosas que ha llegado a aseverar. Desconozco si, como dice, soy uno de los narradores de mi generación mejor dotados para el cuento; pero sí me gusta pensar que trabajo muchísimo en construir mis historias para que cuando Eduardo Antonio Parra, Mixar López, o cualquier lector se acerque a ellos, vean una literatura comprometida. Ésa es mi apuesta.

¿Cómo se sobrevive al monstruo de la paternidad?

Yo he tratado de ser padre como decía Isak Dinesen que se debe escribir: sin esperanza y sin desesperación. Definitivamente, los que sobrevivimos a este monstruo estamos llenos de heridas: algunas físicas, cargadas incluso en el fenotipo, pero las emocionales son siempre más profundas.

Hay un momento en la vida de todo padre en que se enfrenta al juicio de los hijos; porque los hijos somos buenos para juzgar. Mi hijo Naím algún día también tendrá el tiempo y la oportunidad de juzgarme; temo ese día y lo que llegue a revelarme. Pero, parafraseando a Rosario Castellanos, antes de que Naím se vuelva mi verdugo, hago todo lo que puedo para amarlo.

¿Con la paternidad, todas las palabras cobran otro significado?

Lo dice uno de mis personajes y yo he llegado a creerlo. En mi caso, palabras como enfermedad, amor incondicional, miedo, tristeza, sin duda se han vuelto semánticamente más profundas. He dicho antes, por ejemplo, que la paternidad es un nuevo tipo de miedo: los hijos son muy frágiles, los más pequeños errores que cometemos pueden llegar a romperlos: un descuido en el centro comercial ha separado a cientos de niños de sus padres; un tropiezo en una escalera ha provocado la muerte de decenas de bebés en el mundo. Ésa es, creo, la gran tragedia de la paternidad: uno ama lo que debe morir. Y, sin embargo, de ese miedo, de esa tristeza, surge el momento mágico en que tu hijo te mira a los ojos y se reconoce en ti y te invade una gran serenidad y se dicen las palabras que la significan. Ésa es una de las pocas esperanzas que mantiene la paternidad, desde mi punto de vista.

¿Amor, esperanza y límites definirían bien este concepto?

Definitivamente. El amor visto como un compromiso con nosotros mismos, pues, después de todo, es una decisión ante cualquier unión con otro ser humano. La esperanza como una oportunidad que tienes todos los días mientras te enfrentes a tu hijo. Y los límites, supongo que tiene mucho que ver con las barreras que ponemos entre el hijo y el mundo, un mundo que, como dice la poeta Maggie Smith, es por lo menos un 50 por ciento terrible, pero que tratamos de venderle a nuestros hijos como un agente de bienes raíces que te conduce por una casucha desvencijada mientras te dice: “este lugar podría ser hermoso, sólo tienes que trabajar en él un poco”.

¿Qué tanto trabajaste con tu hijo en estos relatos?

Hace tiempo vi una dedicatoria que decía algo como, “a mi hijo Fulano, pues sin su ayuda habría terminado este libro dos años antes”. Naím es una constante en mi vida. Estoy con él desde que se levanta y hasta que nos vamos a acostar, he aprendido a integrarlo en todas mis actividades aunque, sin duda, es una interrupción constante cuando estoy escribiendo mis textos. Ni hablar. Es el impuesto que me pasa su sonrisa. Hay dos relatos que surgieron directamente por él. El primero, “Elefantes marinos”, que es un cuento terrible, se me ocurrió porque un día estaba con mi hijo en el parque, y mientras bajaba del coche para sacarlo de su asiento vi que se me quedaba viendo y berreaba como si lo fuera a abandonar. De ahí me vino la imagen de los niños que han perecido de calor en el asiento trasero de un coche.

La idea de que en cualquier sedán puede caber el infierno entero. El segundo relato me vino de nuestro embarazo. Tuvimos una amenaza de aborto en el tercer mes, y a partir de ahí la certeza de que mi hijo vendría al mundo se fracturó. Todo cambió para nosotros y empezamos a vivir, como dije antes, el miedo de la paternidad. El monstruo enseñaba los colmillos y nos decía que estaba presente, que no nos descuidáramos porque, como dice Óscar Hahn, detrás de todo gran amor, la nada acecha.