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Ari Volovich (Jerusalén, Israel, 1974) es escritor, periodista, cronista y traductor. Los inicios de su trayectoria profesional fueron orientados hacia los desencuentros palestino-israelí. Es autor de “El Centinela del Gulag” (Tedium Vitae, 2017), “Jet Lag” (Moho, 2013) y coautor, junto con el monero Jis, de “Blasfemias Ilustradas” (Tusquets, 2011).

Con respecto a su nuevo libro “Mi Lucha” (Moho, 2021) entrevisté a Ari Volovich; hablamos sobre esta publicación que describe el mundo con resignación y desgano, malicia y humor fuera de molde, como escribiría Guillermo Fadanelli.

Charlamos además de los desencuentros del conflicto palestino-israelí, los dogmas ideológicos y conceptuales inherentes al nacionalismo, y obviamente, de sus libros y literatura.

Ari Volovich, nacido en Jerusalén, es escritor, periodista, cronista y traductor.
Ari Volovich, nacido en Jerusalén, es escritor, periodista, cronista y traductor.

¿Qué representa para Ari Volovich la frase: ‘Mi única pertenencia a esta especie queda varada en el retrovisor. El mío es un viaje hacia el útero negro, hacia el baldío sublime, hacia la inexistencia humana’?

Esta frase resume muy bien una de las premisas clave del libro: El deseo de Oz por disociarse de la humanidad. El “útero negro” es el cenote donde desemboca nuestro Ganges, ése que nos encauza hacia la nada para sumarnos a la armónica inexistencia galáctica, aunque suene a astrofísica en verso.

¿Qué recuerdas de tu infancia en Jerusalén?

En realidad yo nací en Jerusalén por una falla técnica. Sucede que no existía un hospital en mi rancho: un pueblo porteño 30 kilómetros al sur de Tel Aviv (en Israel, al igual que en la colonia Nápoles, casi todo está a media hora), donde los peluqueros, mecánicos, pescadores y amas de casa magrebíes nacen y fallecen con la misma entrega de los salmones. Cuando yo gateaba en las dunas, Ashdod era un pueblo de apenas 20,000 habitantes. A pesar de todo, mis recuerdos son los de una infancia perfecta. Había una libertad absoluta para los niños. Teníamos el desierto y el mar a nuestra disposición. Por las tardes jugábamos al fútbol y al básquet, también surfeábamos, pescábamos en los muelles y esnorqueleábamos en los arrecifes artificiales del puerto. Todo iba bien hasta que la política vulneró mi inocencia, para situarme en un pueblo conservador con una clara vena derechista, donde la única forma para salir adelante era corriendo al mostrador de KLM con un puño lleno de dólares.

¿Cómo fue que te fuiste interesando en los desencuentros del conflicto palestino-israelí?

Porque si vives en Israel, el desencuentro llega a ti. Claro que si vives en Gaza, te cae del cielo. No hay manera de esquivarlo. Sería lo equivalente a vivir en Chicago sin nunca mencionar la violencia del viento.

¿Cuáles son los dogmas ideológicos y conceptuales inherentes al nacionalismo y a la identidad que cuestiona Ari Volovich?

Los que emanan de la derecha israelí. Los de aquellos individuos que pululan allá y que pregonan la supuesta superioridad étnica de los judíos israelíes sobre la población palestina. Cuestiono la validez de cualquier incauto que se piense superior a otro por antonomasia. Cuestiono esa construcción premeditadamente plana del otro, del árabe, como el enemigo unidimensional a quien debemos combatir incansablemente para sobrevivir. Pero sobre todo, cuestiono a cualquier palurdo que se muestre orgulloso de su racismo y confunde la ignorancia con una suerte de virtud, como suele suceder en el Israel actual. Vamos, que la identidad se construye a la medida de uno. Nada ni nadie debe encasillarnos en su agenda ni predicarnos sus vicios. Nuestra especie, la humana, es una bacteria fetichista, pero una bacteria al fin y al cabo.

¿Qué representa para ti la revista Replicante, de Rogelio Villarreal, en la que funges como miembro de la mesa de redacción desde 2007?

Le tengo mucho cariño al proyecto de Villarreal ya que lo vi nacer y dar sus primeros pasos. Siento que Replicante reúne a un elenco de voces interesantes y es un espacio donde todas las expresiones humanas tienen lugar para desenvolverse con libertad, desde los queers republicanos hasta menonitas progresistas, por decirlo de alguna forma. Si bien no siempre concuerdo con la línea ideológica de Replicante, sí aprecio la cuidadosa mano de Rogelio a la hora de editar cada número.

Parte de la obra literaria del escritor israelí Ari Volovich.
Parte de la obra literaria del escritor israelí Ari Volovich.

¿Cómo fue la primera vez que viste a Guillermo Fadanelli?

Fue en el extinto restaurante Belmont, hacia finales del siglo pasado, en la Condesa pregentrificada. Él seguramente no se acuerda. Tenía cautiva la atención de toda nuestra mesa con su relato sobre una desventura que tuvo con un policía de tránsito que a punto estuvo por concluir en unos madrazos. “Vamos a darnos de una vez, oficial, que más feo no me va a dejar”, concluyó Guillermo su relato y nuestras carcajadas salieron al unísono. Derrochaba una sabiduría sui géneris irresistible para una ruina filistea como ésta que tienes frente a ti. Poco a poco y con el transcurso de los años, descubrí que el corazón, la nobleza de espíritu y los hábitos suicidas de Fadanelli coincidían con los del Santo Bebedor de Joseph Roth.

Háblame de tu libro ‘Jet Lag’ (2013), y de su mezcla de crónicas con digresiones, mini relatos, ideas, aforismos y algunos chistes.

Le tengo un cariño muy especial a ese libro, sobre todo porque reúne una buena parte de mis primeras crónicas y relatos, y los reúne con una idea muy clara, o, dicho de otra forma, el libro obedece a un leitmotiv muy marcado, que es el desarraigo y la crisis de identidad. Es una suerte de historial clínico.

¿Cómo surgió el libro ‘Blasfemias ilustradas’ (2011), en el que colaboraste con el monero Jis?

Todo se dio gracias a Facebook y a mi entrañable amiga y distinguida madrota de la Perla Tapatía, Diana Solórzano, quien es, casualmente, hermana de Jis. El licenciado José Ignacio Solórzano tuvo a mal echarle flores a las ocurrencias que yo solía publicar en esa plataforma con una regularidad preocupante. Imaginé un libro con mis aforismos ilustrados por los trazos turbulentamente atinados de mi amigo y Sensei. Diana se encargó de presentarnos. Más allá del libro, lo más rescatable de esa experiencia ha sido una amistad que ha sobrevivido a una pandemia y a dos sexenios y medio.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Contracultura?

Lo único que me viene a la mente son Los Bukis.

¿Qué significa para las mujeres y las niñas que los talibanes hayan tomado el control de Afganistán?

Significa la muerte en vida. Los talibanes no representan a un pueblo, son un tributo a las filias cavernarias del ser homo sapiens. La realidad en Afganistán me resulta increíble, en el sentido literal de la expresión. Son la némesis del sentido del humor y de la buena vida. No parlo ese idioma.

¿Por qué publicar un libro con el título de las biografías de Hitler?

Es mi humilde intento de restarle exclusividad a la lucha de esa infame ameba austriaca que arrastró al mundo entero a las entrañas del averno con tal de satisfacer sus filias homoeróticas. “Ponte seria, perra… Todas tenemos nuestra lucha”, me gustaría decirle en voz de algún travestí dirigido por Almodóvar.

Haciendo referencia a ‘Mi lucha’, ¿toda despedida es un tálamo de muerte?

Al menos toda despedida de tintes definitivos.

¿Cómo se dio la conexión con Bayrol Jiménez, para la gráfica del libro?

Guillermo y Yolanda propusieron a Bayrol para ilustrar el libro. En cuanto vi algunas muestras de su trabajo, lo visualicé perfectamente bien en las páginas de “Mi lucha”.

¿Cómo definirías ‘Mi lucha’?

Es curioso, porque me divertí sobremanera detrás del teclado, y yo nunca he  asociado la escritura con el divertimento. Por el contrario: la escritura, en mi caso, por lo general resulta ser un proceso doloroso. Es un espejo donde se reflejan los precipicios de la psique. Todo esto para decirte que “Mi lucha” me parece una lectura muy amena y divertida. Es, entre otras cosas, un tributo al humor negro.

¿Por qué seguir publicando?

Hay que sacar a orear los traumas, macho.