
Alguna vez le escuché decir a Carlos Ruiz Zafón (1964-2020), el novelista español autor de la saga “El cementerio de los libros olvidados”, iniciada con “La sombra del Viento” (2001), y consumado autor best seller, que “en este negocio de los libros no te puedes fiar ni del índice”; sin duda, una frase desoladora para las librerías independientes, y mucho más viniendo de la pluma de uno de los mejores vendedores de libros del Siglo XXI.
Pero tener y mantener una librería poco tiene que ver con los números, y mucho con el antojo. Tener una librería siempre será un capricho, “en el sentido en el que la librería se sienta con la misma libertad de seguir o cerrar”, nos cuenta en entrevista Eduardo de la Garma*, profesor, editor y ensayista, además de mercader de libros en La Comezón, afamada librería ubicada en la zona centro de Querétaro.
Aprovechamos para hablar con De la Garma de cómo mantener a flote una librería en plena crisis sanitaria, de la supervivencia de los libros, el mercado on line, las utópicas becas al lector —y no al autor— y el costo de los volúmenes.
Pensarás más de dos veces el abrir Amazon después de leer este diálogo.
¿Cómo se mantiene a flote una librería en medio de una crisis sanitaria?
La respuesta rápida es falsamente simple: sin que se enferme el librero. La otra respuesta que se me ocurre es lastimera, o al menos patética: las prácticas culturales en este estrecho territorio están en tantas y distintas crisis que…
¿Qué es lo más difícil de tener una librería?
Salvar distancias, creo. En territorios irregulares y estructuras desiguales, la palabra es esta: acceso. Si tener una librería se trata de compartir nuestras preferencias con nuestros preferidos, de hacer accesible un texto y ponerlo a disposición de un lector, lo más difícil es resistirse a libros demasiado caros, o demasiado aburridos, con distribución de corto alcance, con traducciones demasiado torpes, con librerías demasiado lejos, con una política pública y comercial que desanima el tiempo en libertad y la recreación imaginativa. Lo más difícil es abrir accesos: la librería a los libros y los lectores a la librería.
¿En qué sentido una librería siempre será un capricho?
En el sentido en el que la librería se sienta con la misma libertad de seguir o cerrar.
¿A qué conclusión llegó la conversación sobre la supervivencia de las librerías con Jorge Carrión y libreros de Santiago de Chile y Nueva York en Oaxaca?
Quizá a ésta: todas las librerías felices se parecen, las infelices lo son cada cual a su manera. Y las librerías que ofrecen un servicio en completa y compleja libertad, son librerías alegremente infelices a su manera. Y bueno, ¿por qué aspiraríamos a la felicidad, tan mercenaria ella, si tenemos enfrente la desbocada ilusión de libertad que ofrece la literatura?
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¿Es imposible pelearle a Amazon un espacio en el mercado on line?
En territorios cercanos y bien conocidos, diría que sí; diría incluso que es posible ganarle. Pero creo que más bien es posible mantener una librería sin siquiera considerar a Amazon. Lo nuestro es la curiosidad y el asombro, palabras que están en el extremo opuesto de un sistema comercial hecho de algoritmos.
Háblame de tu idea de brindar estímulos económicos gubernamentales o becas al lector y no al autor.
La idea creo que se la escuché a Mario Montalbetti (Perú, 1953): tendemos a escribir críticamente y a leer de forma más bien dócil. Lo que entiendo de esta idea, sobre todo desde un espacio de lectura, es que leer puede ser una actividad tan creativa como la escritura. Sólo hace falta tiempo, libertad, imaginación, estímulos varios. Marguerite Duras lo diría así: “Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”. La lectura traza vínculos culturales, solamente que es necesario crear ambientes para que esa lectura se dé. Y si el mercado, en su infinito bucle hiperproductivo no permite esos espacios, creo que las agrupaciones sociales podrían hacerlo: jornadas laborales de 6 horas, vales de despensa cultural para entrar a cines, librerías y museos, subsidios a proyectos editoriales, medios públicos para la distribución de libros…
¿Por qué pensamos dos veces antes de adquirir un libro de 200 o 300 pesos?
Completamente a favor de pensar dos veces, incluso siete o 70 veces siete. Y bueno, casi cualquier libro vale mucho más de 200 o 300 pesos. El esfuerzo detrás de un libro es brutal, y el placer de leerlo es casi siempre exorbitante. Lo que quiero decir es que no sé si dudamos del precio; creo que más bien dudamos del libro.
¿Cómo se realiza la selección de libros en La Comezón?
Libros escritos o editados por nuestros vecinos, todos. Editoriales pequeñas como nosotras, todas. Y lo demás es al tanteo: con un ojo a la literatura y con otro a los curiosos comunes que visitan la librería.
¿Actualmente, cuál es el libro más valioso que está en venta en La Comezón?
Los libros que más valoro son los que he podido ver cómo se hacen: los de Gris Tormenta, los de Herring Publishers, los de Gold Rain.
¿Qué tipos de personas suelen visitar la librería?
Hay de todo, desde despistados hasta escritores y editores igual de despistados. Puro incauto. Y bueno, ¿quién más elegiría rascarse o seguir el camino del deseo?
¿Qué libros de Gerardo Arana se venden en La Comezón?
¡Todos! O bueno, los que llegan, porque inmediatamente vuelan. El más frecuente es “Bulgaria Mexicalli & La máquina de hacer pájaros”, editado por Herring Publishers.
¿Qué tipos de eventos suelen realizarse en la librería?
Presentaciones de libros, lectura de poemas, círculos de lectura, ferias editoriales y, antes de la pandemia, hartas reuniones sin sentido.
¿Qué opinión les merece el trabajo de la librería La Murciélaga en CDMX?
Todas las opiniones favorables que existan. La Murci es mi prima de sangre. Para mí es una librería ejemplar, y no sólo por sus libreros, lectores admirables, sino porque al vender libros de segunda y hasta séptima mano, se escapan de lastres comerciales como las novedades, las modas y las tristes tendencias.
¿Qué planes tiene La Comezón para el resto del año?
Afilar el aguijón y hacernos la mosquita muerta.
Eduardo de la Garma* (San Luis Potosí, 1985) es profesor de literatura, escribe ensayos, edita revistas (“Sada y el bombón”, “Cuaderno Erizo”) y atiende la librería La Comezón, en Querétaro.