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Luigi Amara (Ciudad de México, 1971), es un escritor mexicano especializado en la poesía, la traducción, el ensayo y otros géneros literarios; es autor del libro de narrativa infantil “El paraíso de las ratas” (2018), ilustrado por el caricaturista Trino y editado por Sexto Piso, además, es librero de la mítica librería La Murciélaga, ubicada en la colonia Narvarte de la Ciudad de México.

La Murciélaga es una librería de viejo creada por Guillermo Núñez, Óscar Benassini, Diego Rabasa y Luigi Amara, en la que se trafican libros de segunda mano, ejemplares de colección, libros difíciles de conseguir, primeras ediciones y rarezas firmadas. El valor de estas joyas oscila entre los 20 pesos y los miles de dólares.

Charlé con Amara sobre su obra literaria, La Murciélaga y el futuro de los libros.

Luigi Amara, escritor y copropietario de la librería La Murciélaga, ubicada en Ciudad de México.
Luigi Amara, escritor y copropietario de la librería La Murciélaga, ubicada en Ciudad de México.

¿Cuáles son las mayores enseñanzas que te ha traído el ser jefe de redacción de la revista musical “Pauta. Cuadernos de teoría y crítica musical”?

Son fascinantes las discusiones formales de los músicos. Como escritor, he aprendido a voltear la mirada hacia otras disciplinas más allá de la literatura; aunque en principio parezcan artes alejadas, hay múltiples vasos comunicantes entre ellas: desde aspectos estructurales hasta minucias en la construcción de una frase. Además, no deja de sorprenderme lo bien que escriben los músicos. En “Pauta” hemos buscado que sean ellos los que reflexionen sobre su disciplina, ya sea a través de la crítica, de textos de divulgación o ensayos más personales. ¡No quiero ni imaginar lo que resultaría de pedirle a los escritores que compongan música! Me gusta la claridad de los músicos. Sospecho que es una dimensión de su sensibilidad.

¿Cómo surge la editorial independiente “Tumbona Ediciones”, que fundaste al lado de la escritora y editora Vivian Abenshushan?

“Tumbona Ediciones” surgió en un momento muy particular de la edición en México, a comienzos del nuevo milenio. En pleno apogeo del discurso neoliberal, las librerías en el país se confundían con supermercados, el libro se asimilaba como una mercancía más y la figura del autor empezó a sustituirse por la de “creador de contenidos”, lo cual, como insistió el recientemente fallecido Roberto Calasso, hizo que las exploraciones formales se fueran al garete… Una época en que no sólo no encontrábamos los libros que nos hubiera gustado leer, sino que todo lo que lo rodeaba parecía envuelto en un halo de banalidad y farándula, orquestado por inmensos consorcios trasnacionales obsesionados con la rentabilidad… Así que, con un un grupo de amigos, entre artistas, diseñadores y escritores: los hermanos Manuel y Christian Cañibe, Aridela Trejo, Verónica Gerber, Vivian Abenshushan y yo, decidimos poner en circulación el tipo de libros que nos atraía y ya no encontrábamos por ningún lado, los géneros desatendidos, las aventuras experimentales… Lo crucial es que nos propusimos reinventar determinadas prácticas alrededor de la edición: nos conformamos como una cooperativa, apostamos por el copyleft, buscamos tejer redes fructíferas entre editoriales independientes… Y además de tener presencia en el circuito convencional de librerías, desarrollamos una serie de estrategias para llevar los libros a la calle, a las fiestas, a los espacios donde no se esperaría tropezar con ellos.

¿Qué se siente ganar un “Manuel Acuña” de poesía en lengua española?

Los premios cambian la percepción de un libro, pero no modifican ni una coma de su texto… Desde el punto de vista formal me llevó a pensar que el camino de “Nu)n(ca” ya lo había transitado hasta el final, y que era hora de probar otras sendas poéticas. Desde el punto de vista económico me permitió dedicarme un tiempo a la escritura sin los agobios de costumbre.

“Si me caí es porque estaba caminando y caminar vale la pena, aunque te caigas”, dijo alguna vez Eduardo Galeano; háblame de tu fascinación por las caminatas y de tu libro de poesía “A pie”, editado por Almadía en 2010.

El paseo ha sido para mí una suerte de laboratorio ambulante de escritura. Casi todos mis libros los he concebido a pie, e incluso muchos párrafos los he redactado mentalmente, a la deriva. Caminar sin rumbo me resulta especialmente estimulante, quizá porque, en el sentido de Thomas de Quincey, procuro hacerlo en sentido contrario de las obligaciones prácticas; de modo que se convierta en una forma de volar a ras de suelo, una continuación del sueño en la vigilia. Pero también me gusta caminar en bola. Es menos contemplativo y sensorial, pero se alcanza otra clase de libertad: la de la fiesta en movimiento.

¿Cómo nace la colaboración con Trino para “El paraíso de las ratas”?

Conozco a Trino desde hace muchos años; fue autor de una serie increíble de flipbooks en “Tumbona Ediciones”. Y ya había colaborado con él en otro libro: “Los calcetines solitarios”, que gira alrededor de la carrilla escolar, de lo que ahora se conoce como bullying. Queríamos abordar problemas sociales espinosos, como la corrupción (en el caso de “El paraíso de las ratas”), temas que no se suele tocar en presencia de los niños, como si de esa forma los protegiéramos. Trino y yo somos padres de chamacos más o menos de la misma edad, y nos preocupaba ese silencio; así que armamos ese par de libros sin ninguna intención didáctica; la premisa era contar una historia ilustrada en el que se reflejaran los problemas que también a ellos —o sobre todo a ellos— les incumben.

Interior de la librería La Murciélaga, ubicada en la Colonia Narvarte de la Ciudad de México.
Interior de la librería La Murciélaga, ubicada en la Colonia Narvarte de la Ciudad de México.

Cuéntame del surgimiento de La Murciélaga, una librería de viejo en la Narvarte que está surtiendo de joyas editoriales a los lectores mexicanos.

La Murciélaga surgió a raíz de una tarde de ceviche y mezcal en el bar Felina, con motivo de una invitación abierta a intercambiar libros. Luego, con el temblor de septiembre de 2017, perdí mi estudio y llegué en calidad de damnificado a la Torre de Lulio de Agustín Jiménez, una librería de viejo emblemática de la ciudad, que me albergó todas las mañanas y me permitió contar con un espacio para escribir. Aunque yo suelo frecuentar librerías de segunda mano desde la adolescencia, nunca me había visto a mí mismo como librero, del otro lado del mostrador; fue la sugerencia de Agustín y la semilla sembrada en aquellos intercambios festivos.

¿Cuál es el papel de Diego Rabasa, Óscar Benassini y Guillermo Núñez en este proyecto?

Todos en La Murciélaga hemos estado de algún modo relacionados con el mundo del libro, ya sea como editores, autores o críticos, y en general los cuatro compartimos cierta pasión por la pesquisa de rarezas y autores olvidados. Pero más allá del placer de colocar sobre la mesa los libros que nos apasionan, debíamos aprender sobre la marcha las sutilezas del oficio de librero; esa capacidad para situar los intereses del lector en una órbita más amplia, que le permita contemplar un panorama más vasto y encontrar lo que no sabía siquiera que necesitaba. En el día a día todos nos ocupamos de todo: de la venta de libros, de negociar la compra de bibliotecas, de llevar las redes sociales. Los intereses y obsesiones de cada quien terminan por reflejarse en la selección de libros, y entre nosotros buscamos complementarlos, radicalizarnos en nuestras filias y fobias y, al mismo tiempo, funcionar como equipo.

¿Cómo es el tráfico de libros en La Murciélaga, quiénes son tus proveedores?

El principal proveedor de una librería de viejo es la desgracia: divorcios, bancarrotas, muertes. La pandemia ha traído la guadaña demasiado afilada y estamos abarrotados de libros, tanto que ya no se puede caminar. En lo personal, siempre me interesó una idea de librería como eje de otras aventuras culturales: presentaciones de libros, talleres de aprendizaje, grandes comilonas. Cuando vuelva la vida presencial a plenitud me pregunto si tendremos espacio para que La Murciélaga siga siendo un punto de encuentro…

En La Murciélaga podemos encontrar ediciones firmadas por Samuel Beckett, libros firmados por Ernesto Guevara o comentados por sus antiguos dueños, ¿en la actualidad, cuál es el libro más valioso —culturalmente— que tienen a la venta?

El libro más valioso es aquel que llevas mucho tiempo buscando y finalmente encuentras. Más allá de las piezas de coleccionista y las tentaciones para el bibliómano, nos interesa mantener una oferta amplia, un tanto disparatada pero escogida, en donde no falten las sorpresas y cierto grado de desorden que propicie el hallazgo, esa cercanía inesperada que te lleva a mirar más allá de tu horizonte conocido. ¡A muchos lectores les encanta hurgar en cajas y rincones revueltos!

¿A partir de qué precio podemos encontrar libros en La Murciélaga?

Tenemos libros de 20 pesos y también de miles de dólares.

¿Qué se necesita para que La Murciélaga venda el libro de algún autor?

El azar interviene mucho en una librería de viejo. De nada sirve que uno se empeñe en promover los libros de, por ejemplo, Esther Seligson, si no hay manera de encontrarlos por ningún lado. Salvo los pocos libros que se presentan en la librería, no hay casi novedades; hospedamos a ciertos autores que abominamos pero que no dejan de venderse (eso sí, en el llamado Nicho de la Infamia…). Los libros de segunda mano son, como observó Virginia Woolf, aves de paso; hay que crearles un oasis propicio en el que puedan ser descubiertos por quienes los llevarán a su nuevo hogar.

¿Qué hay de Agustín Jiménez?

Agustín Jiménez es un muy buen amigo e instigador del proyecto, además de socio, cómplice y sensei. En lo personal he aprendido mucho de él, no sólo en lo que respecta al oficio de librero. Desde hace muchos años lo visito en su librería y conversamos durante horas y hacemos planes delirantes y hasta publicamos libros a cuatro manos.

¿Cómo se realiza la selección de libros?

Procuramos un equilibrio entre nuestros gustos e intereses y lo que buscan los lectores. Creo que el secreto de un buen librero consiste en escuchar, en recoger las pistas que va soltando el lector, para así, como quien no quiere la cosa, situarlo frente a un libro que ahora le parecerá imprescindible pero que antes ni siquiera imaginaba que existía… Se ha querido comparar el oficio de librero con una suerte de curaduría; para mí tiene más que ver con la navegación y con instrumentos como la brújula: el librero, ante todo, debe saber orientar.

¿Cuál es el calendario de actividades para el resto del año?

No sabemos cuándo se restablecerán las actividades. Aquellos viejos tiempos de comilonas sabatinas rodeados de libros o de ventas nocturnas multitudinarias no sabemos siquiera si volverán… A la espera de mejores tiempos, mantenemos algunos talleres y círculos de lectura virtuales.

¿Cómo fue que La Murciélaga logró vencer a un virus tan letal como el COVID-19?

Ya antes de la pandemia habíamos explorado la posibilidad de utilizar las redes sociales como una suerte de librería virtual. La Murciélaga tiene una personalidad muy definida en Twitter; una suerte de librera nocturna siempre hambrienta, ligera y a veces ácida, que vende por internet y hace envíos en bici o por mensajería. Esa vida virtual fue la que nos salvó durante la pandemia, sobre todo durante los meses más estrictos de confinamiento.