
CHICAGO –
ya está en
. Se ha ido de Madrid por la puerta de atrás de la casa en la que ejerció de mejor portero del mundo y ya no se puede hacer nada para remediarlo. Ni siquiera con una rueda de prensa extra, ni con un partido de homenaje en el Santiago Bernabéu.
Este despropósito que invade los diarios y las redes sociales, lo han orquestado, de forma voluntaria o inconsciente, tres actores: un club, un jugador y una afición.
El club que presume de ser el mejor del mundo y el más poderoso, no tiene recursos suficientes para saber ni poder gestionar un conflicto con un jugador. En casi cualquier otro equipo, este maratón de ruedas de prensa despechadas ocuparía una esquina de la página del periódico. Pero se trata del
– el club que tiene representantes vistiendo su camiseta entre los nativos de Nueva Guinea (por citar algún rincón del mundo hasta donde llega la pasión por el imperio de Chamartín) y por tanto, es casi imposible que pase desapercibido y sin causar daños.
En segundo lugar, esta obra sin propósito hace que el jugador atraviese el que posiblemente sea el peor trago de fútbol que ha tomado y tomará en su vida, siendo éste evitable. Porque un mal trago inevitable es que tu máximo rival te golee en casa en algún momento de tus 25 años en el equipo. Sin embargo, esta despedida entre falsas sonrisas y lágrimas reales, podían haberla regateado con una buena gestión aliñada con mano izquierda y voluntad madridista.
Y por último, tras este adiós a tropezones, aparece una afición que mientras observa impotente cómo se queda huérfana de ídolo. Y quizá se da cuenta ahora de que los calentones en las gradas cuando sus jugadores no han tenido un buen día, podían haberse enfriado ojeando la hemeroteca o atacando el bocata de tortilla. Pero los fans, en cambio, tienen más fácil la tarea de defenderse y salir ilesos de esta chapuza, porque en el contrato no pone que tengan que mantener la cordura siempre. Además, por lo general el pueblo al final de todo suele ponerse del lado de los débiles. Y menos mal.
Un club que no sabe despedir a sus ídolos, no se merece seguir teniendo ídolos. Pero dejemos la palabra “ídolo” y la coletilla de que el Real Madrid es “el mejor equipo del mundo”. Cuando un jugador, un empleado o un compañero, entrega sin condición su pasión, su talento y su vida a un equipo, la fuerza de estos elementos debería hacer que el final del cuento fuera, como mínimo, feliz y en paz. Como se siente un madridista cuando ve los trofeos en la vitrina de Concha Espina. 19 de ellos tienen la firma de Iker.
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