
CHICAGO –
Dicen que el fútbol en Argentina es una cuestión de vida y muerte y se equivocan. Es mucho más que eso.
Nosotros, los argentinos, nos sentimos orgullosos de contar con el fútbol más apasionado del mundo. Un
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-River es algo inigualable que trasciende lo deportivo y forma parte del ser nacional. Después de ver el Boca-River de la semana pasada en la
, los periodistas Carlos Elordi Cue, de España, y Alessandro Baricco, de Italia, coincidieron: “No hay nada igual en ningún estadio del mundo”. Y luego agregaron: “Pero también, es prácticamente imposible encontrar en el planeta un bochorno como el que se vivió en La Bombonera en la segunda parte que nunca existió”.
Esa segunda parte, como se sabe, nunca existió porque cuatro jugadores de
fueron quemados con gas pimienta arrojado por la hinchada de Boca. La Conmebol le dio ganada la serie de octavos de final a River y Boca deberá jugar sus próximos cuatro partidos como local sin público además de pagar 200,000 dólares de multa.
Los puntos de vista de los periodistas extranjeros son ciertos. Vivir un Boca-River, especialmente en La Bombonera, un estadio que tiembla a la manera de un terremoto -y no literalmente- durante los partidos, es una experiencia inolvidable. Especialmente para aquellos que pueden contarla si salen vivos del estadio.
Es tal la pasión que los escándalos son ya parte de la rutina. Cuando River descendió a la segunda división en 2011, los hinchas de Boca empapelaron la ciudad de Buenas Aires con burlas de todo tipo. Las bromas después de un partido son tan exageradas que nadie puede soportar una derrota.
Por eso todo vale para evitar la derrota. Y ahí aparece el famoso “ganar a cualquier precio”, algo típico de los argentinos. Por eso siempre hubo jugadores como Diego ‘El Cholo’ Simeone, un especialista en provocar y pisar a rivales caídos en el suelo. Es también conocida aquella historia del Mundial ’90 cuando un asistente argentino entregó al brasileño Branco un bidón con una sustancia extraña que lo dejó atontado por el resto del partido.
Esto lo contó por primera vez Diego Maradona en un programa de television mientras los periodistas reían a las carcajadas. Y no llama la atención: como argentino, debo decir que esto también forma parte de nuestra identidad. El ‘vivo’, el ‘piola’, el ‘canchero’, ese tipo que camina por la vida tratando de sacar ventajas en forma inescrupulosa, es un personaje común en mi país, especialmente en Buenos Aires.
Por eso no es extraño lo que ocurrió la semana pasada en La Bombonera, cuando los hinchas de Boca provocaron la suspensión del partido tras arrojar gas pimienta a los jugadores de River y luego les arrojaron todo lo que encontraron para que no pudieran salir de la cancha. Todo esto, claro está, mientras los jugadores boquenses aplaudían a sus aficionados.
Es que Boca estaba cerca de quedar eliminado de la copa. Y perder no entra dentro de los cálculos: ya antes del partido se veían banderas asegurando que River no saldría vivo de La Bombonera si cometia la osadía de ganar como visitante.
Ya en 2005, en el juego de vuelta por la Copa Libertadores contra las Chivas de Guadalajara, había pasado algo similar cuando los hinchas de Boca rompieron el alambrado de La Bombonera y el técnico Jorge ‘Chino’ Benítez escupió a Adolfo ‘El Bofo’ Bautista. Es que eliminar a Boca en su casa es un delito que pocos se atreven a cometer.
En Argentina el fútbol se juega sin público visitante para evitar desmanes. Parece que habrá que empezar a jugar sin público local.
Ya no se puede ir a un estadio en mi país y lo sé por experiencia propia. Fui a un River-Gimnasia de Jujuy unos años atrás con mi familia y al día siguiente me enteré de que habían baleado a un hincha exactamente en el mismo lugar por donde yo había caminado, unos minutos antes, junto a mi hija de cinco años
En un Vélez-River tuve que quedarme una hora después del partido esperando la salida del público local junto a miles de hinchas visitantes, que aguardaban la apertura de los portones y gritaban a la policía: “¡Abran la puerta, la p… que los parió!”.
Como si la cultura de los violentos no fuera suficiente para arruinarlo, el fútbol está además tomado por delincuentes desde su base. Los dirigentes ocupan puestos para lucrar; un ex integrante de la última comisión directiva de River confió una vez a un conocido mío: “El negocio está en la venta de los jugadores. De ahí todos nos quedamos con algo”.
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Si los dirigentes son delicuentes, es fácil deducir por qué sus aliados son los ‘barras bravas’ que pululan por todos los clubes. Esos mismos ‘barras bravas’ que viajaron gratis a los dos últimos Mundiales, pagados por el gobierno, mientras el resto de la población trabajadora miraba los partidos por televisión.
Si el problema empieza desde arriba es muy difícil que se arregle. Especialmente ahora que se han incorporado técnicas más sofisticadas. Ahora queman a jugadores contrarios con gas pimienta. En mis tiempos sólo usábamos la pimienta para preparar el asado.