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Convertido en una especie de superestrella de la música independiente tras el lanzamiento de “Searching for Sugar Man”, un documental que se llevó el Oscar el año pasado,

Rodríguez

(cuyo primer nombre es Sixto) está gozando ahora, a los 71 años de edad, de un éxito de masas que estuvo lejos de tener durante los primeros años de su carrera, es decir, los que lo llevaron a grabar sus dos únicos álbumes en estudio.

Eso no quiere decir que el méxico-americano de Detroit haya cambiado la actitud taciturna y solitaria que tenía en el pasado, y que tuvo probablemente que ver con su falta de popularidad inicial, aunque, curiosamente, su presencia nunca se apagó en Sudáfrica, donde alcanzó una fama insospechada que contrastaba con el hecho de que, hace un par de años, nadie lo conocía en Estados Unidos. De hecho, durante el breve pero celebrado concierto del viernes pasado en el Greek de Los Angeles, el hombre no mostró tampoco un gran afán de comunicación ni un excesivo carisma.

Pero tampoco se mantuvo silencioso. Durante una súbita aparición en el escenario que se produjo antes de la hora anunciada, dijo unas palabras antes de cantarle el cumpleaños feliz a uno de los miembros de su banda; antes de tocar “Sugarman”, su tema más famoso, advirtió que éste trata sobre drogas, pero no las promueve (“aléjense de ellas”, proclamó, pese a que su música se presta muy bien para los desvaríos psicotrópicos); y hasta mostró cierto sentido del humor al agregarle a “I Wonder” un fragmento inexistente (“me lo pregunto… pero no quiero saberlo”).

Lo que faltó por completo fue cualquier tipo de referencia a

la muerte de Malik Bendjelloul

, director del documental, quien acabó con su propia vida el pasado 13 de mayo, causando mucho desconcierto. Es una falta que sorprendió, porque es bastante evidente que la película de Bendjelloul ha sido la responsable principal de lo que está viviendo ahora Rodríguez; pero, en realidad, no es fácil adivinar lo que piensa este artista, quien más allá de los ámbitos de la timidez, parece estar siempre en su propio mundo y no ofrece prácticamente entrevistas.

En el plano musical, que es evidentemente el que más importa, las cosas se dieron más o menos como lo esperábamos, porque ya sabíamos que, a estas alturas, el cantautor ha perdido parte de la potencia vocal que lo distinguía en sus grabaciones, aunque lo cierto es que nunca fue un gran cantante, sino un intérprete particularmente expresivo. En ese sentido, sus cualidades de “crooner” se mantuvieron, y se vieron incluso resaltadas en los momentos en los que sí convenció plenamente con su voz, a diferencia de lo que ocurre desde hace varios años con Bob Dylan, el contemporáneo suyo con el que más se le ha comparado.

Rodríguez no tuvo una banda estable durante su primera etapa, y desde su reaparición, no parece haberse interesado tampoco en conseguir una (lo que lo acerca sospechosamente a otro “ídolo perdido y recuperado” de los ’60, el gran Roky Erickson). Se trata de una decisión válida, pero también de una que, al menos en el Greek, no le permitió ofrecer un set compacto e impecable, ya que sus tres músicos de compañía (todos muy jóvenes) parecían estar a veces adivinando las notas, lo que se tradujo en algunos finales desordenados. Nuevamente, si se conoce a Rodríguez, esta parte no resultó inesperada, ni afectó el encanto general de la presentación; pero lo privó de contar con una impronta completamente profesional.

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