Por Luis Jaime Acosta y Helen Murphy
QUETALIA Colombia (Reuters) – Desde trincheras cavadas en las empinadas y aisladas monta +/-as en el coraz ‘n de Colombia, Manuel Marulanda V (c)lez resisti ‘ con un pu +/-ado de campesinos la ofensiva de miles de soldados apoyados por Estados Unidos que buscaban tomar el control de la zona.
Cuatro meses dur ‘ el ataque por aire y tierra. Pero Marulanda y sus 47 combatientes, armados con escopetas y fusiles viejos, sobrevivieron y escaparon arropados por la espesa vegetaci ‘n para formar las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), un grupo insurgente comunista que reclamaba una reforma agraria y mayor asistencia social en salud y educaci ‘n.
Despu (c)s de medio siglo y 200.000 muertos, el mayor grupo rebelde de Latinoam (c)rica negocia un acuerdo de paz con el Gobierno que podr -a llevarlo a dejar las armas y convertirse en un movimiento pol -tico de izquierda que participe en elecciones.
Aunque algunos creen que su discurso marxista y anticapitalista no genera mucho apoyo popular, otros consideran que las FARC podr -an transformarse en un partido atractivo.
“Democracia, esa es la palabra clave”, dijo Oswaldo Vanegas, un caficultor de 48 a +/-os que compraba leche en Gaitania, un humilde pueblo cercano a Marquetalia, el lugar en donde nacieron las FARC y al que s ‘lo se accede a lomo de caballo bordeando precipicios en las monta +/-as centrales de Colombia.
“Si a la gente le gusta el mensaje de las FARC van a tener (c)xito, si no, no. Tenemos que escuchar el mensaje”.
El presidente Juan Manuel Santos, que lanz ‘ la negociaci ‘n con las FARC en Cuba hace 18 meses y ondea la bandera de la paz como consigna de campa +/-a para su reelecci ‘n, cree que el grupo tiene un discurso demasiado radical para ganar espacio pol -tico.
“Si evolucionan, se vuelven una izquierda m ¡s moderna y racional van a tener m ¡s espacio”, dijo Santos a Reuters. “Si mantienen esas posiciones ortodoxas, fundamentalistas, marxistas leninistas, no creo que tengan posibilidad”.
Las conversaciones con las FARC en Cuba hasta ahora s ‘lo han logrado acuerdos parciales para darle a campesinos pobres acceso a tierras, garantizar la participaci ‘n en pol -tica y combatir las drogas il -citas. A ?n quedan por discutir la compensaci ‘n de las v -ctimas, los mecanismos para poner fin al conflicto y que los colombianos refrenden los acuerdos.
Aunque las partes no han revelado detalles de lo acordado por un pacto de confidencialidad, Iv ¡n M ¡rquez, el jefe del equipo de negociares de las FARC, se declar ‘ en noviembre satisfecho con la opci ‘n pol -tica para la insurgencia.
“El destino del pa -s depende de la participaci ‘n de toda la ciudadan -a y no de un pu +/-ado de privilegiados oligarcas que se han apropiado de (c)l para feriarlo y saquearlo favoreciendo a las transnacionales”, declar ‘.
LA PAZ, EL TEMA DE CAMPA ?A
La elecci ‘n presidencial del domingo es vista como un referendo sobre el proceso de paz, el primer esfuerzo en m ¡s de una d (c)cada por poner fin al conflicto que oblig ‘ a millones a dejar sus hogares y ayud ‘ al narcotr ¡fico a florecer.
Santos enfrentar ¡ al candidato derechista Oscar Iv ¡n Zuluaga, que critica las negociaciones en Cuba bajo las actuales condiciones, en una lucha que se pronostica muy re +/-ida.
Despu (c)s de resistir la ofensiva de Marquetalia en 1964, las FARC comenzaron un proceso gradual de expansi ‘n por zonas rurales del pa -s. Lo que el Gobierno consideraba en un momento un foco subversivo comunista lleg ‘ a ser una aceitada m ¡quina militar con m ¡s de 17.000 hombres financiada por el secuestro, la extorsi ‘n y muchos denuncian que tambi (c)n por el narcotr ¡fico.
Durante la d (c)cada de 1990, en su apogeo, amenaz ‘ con tomar el poder desde las monta +/-as que rodean la capital Bogot ¡ y otras ciudades importantes. Muchos colombianos no se atrev -an a salir de la ciudad por temor a ser secuestrados por la guerrilla.
Pero m ¡s de una d (c)cada de ofensiva de las Fuerzas Armadas, apoyadas por miles de millones de d ‘lares en equipamiento y entrenamiento de Estados Unidos, debilitaron al grupo rebelde, que se repleg ‘ a zonas monta +/-osas y selv ¡ticas. Se calcula que hoy, tras haber perdido a varios comandantes, las FARC cuentan con 8.000 combatientes.
Los viejos conocidos de Marulanda, que sigui ‘ peleando hasta que muri ‘ de un ataque al coraz ‘n en la selva a los 77 a +/-os, dicen que ya casi no reconocen a las FARC de hoy porque han sido corrompidas por la violencia y el narcotr ¡fico. Creen que se han alejado de los ideales de revoluci ‘n rural que les dio origen.
Bajo un ¡rbol de Gaitania, Humberto Tafur recuerda a Marulanda como una persona amable pero desconfiada.
“Era una persona muy amable, pero no confiaba en nadie”, dijo Tafur, de 71 a +/-os, quien dice que a ?n conserva la silla y la mesa en la que Marulanda com -a en el restaurante de su madre.
“El problema es que las FARC se hizo demasiado grande y perdi ‘ el rumbo. Es un grupo muy diferente ahora”, afirm ‘. “Deber -an darle la oportunidad de tener su grupo pol -tico dentro del Congreso porque de ah – van a salir nuevas ideolog -as como pol -ticas sociales, muchos de ellos tienen muy buenas ideas”.
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La historia de Am (c)rica Latina muestra que los grupos guerrilleros que dejaron las armas e incursionaron en la pol -tica han tenido resultados mixtos.
Un caso de (c)xito es el Frente Farabundo Mart – para la Liberaci ‘n Nacional (FMLN), que lleg ‘ a la presidencia de El Salvador 17 a +/-os despu (c)s de haber firmado un acuerdo de paz y acaba de resultar electo otra vez por otro periodo consecutivo.
Incluso en la misma Colombia, antiguos militantes del rebelde M-19 -que firm ‘ un acuerdo de paz en 1990- han sido elegidos como congresistas y alcaldes, hasta de la capital.
Pero tambi (c)n unos 5.000 partidarios de la Uni ‘n Patri ‘tica, un partido izquierdista formado en 1985 a partir de un fallido proceso de paz, fueron asesinados por paramilitares.
En Guatemala, por ejemplo, la Unidad Revolucionaria Nacional no ha sido capaz de sumar muchos adeptos en la pol -tica desde que renunci ‘ a las armas en 1996.
RIESGOS Y TEMORES
A pesar de que muchos l -deres de las FARC todav -a usan una ret ‘rica revolucionaria, los expertos creen que han empezado a relajar sus posturas y adaptarse a una realidad m ¡s moderna.
“Las FARC es m ¡s realista ahora a los cambios en Colombia y en todo el mundo. Saben que su marxismo no penetra en los j ‘venes como antes por lo que su mensaje ha cambiado”, dijo el profesor Mario Aguilera, autor de un libro sobre esa guerrilla. “Puede llegar a ser un grupo marginal, pero siempre tendr ¡ una audiencia mientras siga siendo enemigo del neoliberalismo”.
Pero muchos creen que las FARC son un grupo terrorista que no deber -a entrar en la pol -tica, sino quedar tras las rejas.
El candidato derechista Zuluaga, delf -n pol -tico del ex presidente lvaro Uribe, es uno de ellos. Las encuestas auguran una pelea cabeza a cabeza de Santos con Zuluaga por la presidencia.
Si el derechista ganara la elecci ‘n, la continuidad de las negociaciones de paz quedar -a en duda.
Aunque han sido debilitadas, las FARC todav -a tienen la capacidad de lanzar ataques de mucho impacto contra objetivos militares o infraestructura como instalaciones petroleras o la red de oleoductos del pa -s.
En Marquetalia, que vio nacer a las FARC, viven actualmente algunas familias -la mayor -a en la pobreza extrema- que sobreviven del cultivo de frijol y la ganader -a.
“Esta regi ‘n ha sido muy nombrada, muy famosa, como donde nacieron las FARC,”, dijo H (c)ctor Maldonado, un campesino de 29 a +/-os. “Pero ahora es un territorio en donde todo ha cambiado, s ‘lo hay campesinos con ganas de trabajar y de salir adelante”.
Maldonado reclam ‘ carreteras, electricidad, salud, educaci ‘n y casas dignas, como lo hicieron Marulanda y sus seguidores.
“Nos sentimos totalmente abandonados por el Gobierno”, afirm ‘ cerca a una casa con vacas, gallinas y cerdos.
Los ancianos residentes de Gaitania recuerdan que Marulanda -conocido como “Tirofijo” por su habilidad para disparar y acertar en el blanco- empez ‘ siendo l -der de un grupo que apoyaba a los campesinos pero que luego se volvi ‘ contra ellos.
“Al principio al campesino lo respetaban mucho. Ellos han cambiado mucho, mucha violencia. Yo tengo un hermano que lo mat ‘ la guerrilla”, dijo en voz baja Rogelio Orozco, de 75 a +/-os, mientras miraba con desconfianza a su alrededor. “Ellos no van a cambiar de ideolog -a”.
(Reporte adicional de Julia Symmes Cobb; editado por Pablo Garibian)