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Como consecuencia natural de su bien ganado status de leyenda, Tom Petty suele presentarse en estadios y auditorios inmensos. Por lo tanto, lo que está haciendo en estos días en el Fonda Theatre de L.A. (un teatro con capacidad para 1,400 personas) es una suerte de acontecimiento histórico para sus cuantiosos seguidores, ya que lo encuentra realizando seis fechas cuyas condiciones inusualmente íntimas son la excusa perfecta para revisar cortes obscuros de su trayectoria.

Lo cierto es que, tras cuatro décadas de carrera, Petty tiene un repertorio gigantesco, lo que le está permitiendo alterar considerablemente la lista de canciones entre una velada y la otra. Esta es una circunstancia que se ve además sumada a la interpretación de composiciones ajenas que el músico considera evidentemente trascendentes para el desarrollo de su propio estilo. Lo de esta semana y la próxima en el Fonda (toca todavía ahí el 8, el 9 y el 11 de junio) no es precisamente la mejor carta de bienvenida para quien vaya a verlo por primera vez, pero sí una situación que le permite a cualquier asistente darse cuenta de los méritos del titular y de su casi inseparable banda de compinches musicales, los Heartbreakers, con los que ha grabado de manera más que frecuente.

La particularidad del evento y su enfoque directo en los más devotos se pudo notar al hablar con algunos miembros de la audiencia que afirmaban tener boletos para varias de las presentaciones; pese a la generosidad numérica de los shows, el martes pasado, que es cuando asistimos, tuvo al Fonda completamente repleto, lo que incrementó incómodamente la temperatura en medio de una temporada que se mantiene todavía bastante fría.

Pero, a diferencia de otros conciertos en L.A., el entusiasmo del público fue constante, y se manifestó desde que Petty apareció sobre la tarima para dar inmediatamente cuenta de los acordes iniciales del “So You Want to Be a Rock’n’roll Star” de The Byrds. Como había sucedido en las dos presentaciones anteriores, la tercera interpretación fue dedicada a una pieza popular; pero, en lugar de recurrir a “I Won’t Back Down”, se le dio el espacio a “Here Comes My Girl”. Esta fue la única concesión mayor por un largo rato.

A partir de ahí, el set empezó a excavar en terrenos mucho menos predecibles, dándole tanto cabida a una versión del “Baby Please Don’t Go” de Ten Years After que le rindió tributo al recientemente fallecido guitarrista Alvin Lee como a ‘covers’ de Muddy Waters (“I Just Want to Make Love to You”), J.J. Cale (“I’d Like to Love You, Baby”) y hasta Greatful Dead (“Friend of the Devil”). De las 22 canciones tocadas, 6 fueron estrictamente versiones; pero eso le dejó todavía mucha cabida a la inspiración propia en un concierto que se extendió por cerca de dos horas y quince minutos.

Incluso en los momentos en los que reconstruía invenciones de otros, Petty resultó brillante y entretenido, algo que resulta llamativo cuando se nota que no se mueve casi en el escenario. Su innegable carisma procede más bien de la originalidad de su voz (que podrá ser demasiado nasal para algunos, pero que resulta ampliamente expresiva), de la cálida comunicación que establece con su audiencia y, por supuesto, de su habilidad musical como intérprete y compositor, la misma que, en el segundo caso, le ha permitido fabricar algunos de los temas más reconocibles en la historia del rock.

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