La incorporación de nuevos artistas al
Salón de la Fama del Rock and Roll
, que se produce cada 12 meses, se lleva a cabo normalmente en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Pero este año se hizo en el Nokia Theatre de Los Angeles, y no desperdiciamos la oportunidad que se presentaba para estar allí con el fin de ofrecerle a sus lectores esta extensa reseña. Claro que, si hubiera que resumir esto en una sola palabra, bastaría con decir:
Rush
.
Como ocurre siempre, la ceremonia tiene momentos absolutamente brillantes, pero otros que resultan incluso agotadores, sobre todo cuando se relacionan a discursos innecesariamente largos (tanto los presentadores como los ganadores parecen tener carta abierta para hablar). De todos modos, el menú de ayer lucía particularmente apetitoso, ya que los nuevos incorporados -Rush,
Heart, Public Enemy, Albert King, Donna Summer, Quincy Jones
y
Lou Adler
– son casi todos sumamente reconocidos.
Dos de ellos se encuentran ya fuera de este mundo, por lo que sus respectivos reconocimientos se colocaron en manos de terceros. Pero si cada homenajeado contaba con sus propios devotos, no cabe ninguna duda de cuál era el favorito… y de cuál había logrado reunir bajo el amplio techo del Nokia Theatre a la más grande y a la más vociferante legión de admiradores que hayamos visto en un evento de este tipo.
La presencia de Rush se notó desde el principio mismo de la ceremonia, ya que apenas se acercó al podio, Jann S. Wenner, presidente del Salón y editor de la revista Rolling Stone, recibió una impresionante serie de abucheos que sólo podían representar el disgusto profundo de unos fans que han tenido que esperar mucho para que esto se lleve a cabo (los canadienses pudieron haber recibido el honor desde 1998). La incorporación de Rush llegó al final, tras casi cinco horas de espera adicional, pero los gritos relacionados al grupo se repitieron en más de una ocasión.
Es por eso que el momento más explosivo de la velada se inició cerca de la medianoche, cuando Dave Grohl y Taylor Hawkins, de los Foo Fighters, tomaron la palabra para iniciar la presentación de los titanes del rock progresivo, empleando su proverbial humor y carisma, sobre todo cuando se burlaron cariñosamente de los kimonos que los músicos celebrados llevaban en sus primeros discos. Sin embargo, el clamor real se manifestó una vez que Geddy Lee (bajo), Neil Peart (batería) y Alex Lifeson (guitarra) subieron al estrado para ofrecer sus discursos.
Lifeson y Lee hicieron lo que se esperaba, es decir, agradecer a sus familias y a sus numerosos seguidores (“sin ustedes, esto no habría sucedido”, dijo el segundo), pero lo realmente raro se produjo con el discurso de Lifeson, quien en lugar de enunciar palabras comprensibles, utilizó literalmente un “bla-bla-bla” constante y una vasta gama de gesticulaciones para recrear aparentemente las emociones que le provocaba la incorporación. Fue un momento desconcertante y a la vez brillante, que remitió de inmediato a la profunda relación de Rush con la comunidad “nerd”, y que tiene que haber sido el discurso más original que se haya escuchado en un evento de este Salón de la Fama.
Luego, los Foo Fighters aparecieron disfrazados del Rush antiguo, con todo y pelucas, para interpretar una entusiasta versión de “Overture” cuyo final le dio cabida a los integrantes reales del grupo, quienes se abocaron a tocar “Tom Sawyer” y “The Spirit of Radio”. La instrumentación fue notable, como siempre lo ha sido, y si bien Lee batalló mucho con las notas altas, el entusiasmo del público era tanto que las carencias pasaron desapercibidas.
Momentos después, el cierre de fiesta llegó con un fabuloso jammin’ que, usando como base el “Crossroads” de Robert Johnson, reunió a una verdadera constelación de estrellas: los integrantes de Rush, las hermanas Ann y Nancy Wilson de Heart, Chris Cornell de Soundgarden, Chuck D de Public Enemy, Tom Morello de Rage Against the Machine, John Fogerty y Gary Clark Jr.
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