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En mi país, Argentina, hubo 255 muertes en estadios de fútbol desde que se creó el profesionalismo en 1931.

Este dato sirve para confirmar dos hechos. Por un lado, el fútbol es mucho más apasionante que lo que cree la mayoría de los americanos. Por otra parte, es evidente que el ser humano no ha evolucionado mucho desde que puso sus pies en este planeta, varios millones de años atrás.

El dato del comienzo también confirma otra realidad: en América Latina el fútbol es sinónimo de locura, fervor y pasión, y difiere completamente de lo que se ve en el primer mundo.

Concurrir a un estadio en Suiza, por ejemplo, es como asistir a un teatro. Aquí en Chicago en el Toyota Park, los aficionados se interesan más por el ketchup de sus hot dogs que en la habilidad de Marco Pappa. Los presidentes de los clubes de España visten y se comportan como dignísimos mandatarios de estado. Ciertos jugadores se asemejan a divas de Hollywood. Cristiano Ronaldo parece un modelo escapado de un catálogo de Calvin Klein.

Un compatriota amigo dice que se divierte más con el imperfecto fútbol de América Latina que con la perfección de los estadios europeos y la elegancia cinematográfica de ciertos jugadores internacionales. “Todo eso es muy aburrido, me emociona más la locura nuestra”, me dijo más de una vez.

Claro que ese amigo estuvo cerca de convertirse en una víctima más del fútbol argentino. Después de un partido de Tigre, su equipo favorito, un compañero suyo fue salvajemente atacado en la calle por hinchas rivales y se vio obligado a intervenir. “Me lancé por el aire y tiré una patada voladora; calculé tan mal que caí en el medio de todos y me empezaron a pegar a mí también”, me contó. “Por suerte pasó un colectivo (autobús), nos subimos y pudimos escapar”.

No me malinterpreten. Uno no extraña la violencia del fútbol latinoamericano sino su folklore tan particular. El recordado “Loco” Gatti “se comió” un gol atajando para Boca Juniors en una final de la Copa Libertadores contra Olimpia de Paraguay porque la pelota le picó mal. Es imposible que esas cosas ocurran en el casi perfecto fútbol europeo actual.

No hay dudas de que “este” fútbol del primer mundo es mejor que “aquel” del tercer mundo como espectáculo y por su seguridad. Pero uno siempre extrañará a “aquel”. Es como la tierra de uno, más imperfecta que esta pero más cercana al corazón.