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Los verdaderos conocedores del metal sabían ya de su existencia, pero las nuevas generaciones adeptas al género los habían dejado de lado. Esto era lo que indicaba el hecho de que muchas de las bandas que los habían acompañado como semejantes en giras y festivales de los 80 se habían convertido en súper estrellas, mientras que ellos se encontraban prácticamente desaparecidos del horizonte.

Pero Anvil no había muerto ni se encontraba en hibernación. Como lo demostró el estupendo documental “Anvil!: The Story of Anvil” (2008), sus dos fundadores y miembros eternos, Steve “Lips” Kudlow y Robb Reiner, habían reconfigurado varias veces la banda y seguían en la brega, presentándose continuamente en clubes de todo el mundo donde eran a veces escuchados por unas cuantas personas, lanzando discos de gran calidad pero de escasa distribución y sufriendo toda clase de penurias económicas mientras trabajaban en faenas esforzadas y poco dignas de un rockero de alcurnia.

Sin embargo, el mismo documental, que fue tan celebrado por los fans como por los críticos, logró que Anvil volviera a colocarse en boca de todos, haciendo de paso que la banda llenara nuevamente los locales en los que se presentaba y fuera nuevamente invitada a festivales de gran envergadura, como el Loud Park de Japón y eventos similares en Finlandia, Suecia, Francia, Italia y Alemania.

El año pasado, la agrupación canadiense editó “Juggernaut of Justice”, una placa que la encontró en estado inmejorable; y sólo ayer, relanzó sus emblemáticos trabajos “Worth the Weight”, “Strength of Steel” y “Pound For Pound” como un regalo especial para los metaleros enamorados (sí, estos también existen).

Esta noche, la misma banda ocupa las instalaciones del Whisky A Go Go de West Hollywood, como parte de una gira nacional que la ha llevado ya a trece ciudades y que se trasladará luego a Orangevale, Seattle, Tacoma, St. Paul, Chicago, Westland y Akron.

Tuvimos la oportunidad de hablar con ‘Lips’, un tipo que, como se prueba en el documental, es muy amable y sencillo, aunque se encuentra plenamente consciente del papel que ha jugado en la historia del género su profunda devoción por un estilo musical que es todavía incomprendido.

‘Lips’, el álbum más reciente del grupo, “Juggernaut of Justice”, demuestra que sigues en la ruta del viejo y buen metal. ¿Qué es lo que más te ha marcado en términos musicales?

La música que me sigue gustando es la música con la que crecí, y eso es generalmente lo que le pasa a todo el mundo. La etapa que transcurre entre los 14 y los 20 años es esencial, y para mí, se dio entre 1969 y 1974; ése es el periodo del que vienen todas mis ideas. Estamos hablando de Black Sabbath, Deep Purple, Uriah Heep, Alice Cooper, Grand Funk Railroad, Cactus, UFO, Scorpions… la lista es interminable.

Pero en el momento en que empezaste a componer, se estaba dando la transición entre los 70 y los 80, con un estilo distinto de tocar la guitarra. ¿Cómo asimilaste eso, siendo que eres un guitarrista líder?

El cambio más importante es que se puso de moda tocar rápido. Deep Purple era conocido por hacer canciones así, como “Speed King” y “Highway Star”, pero todavía no en el estilo de lo que hicieron luego Judas Priest, Motorhead y Saxon. Lo que yo hice fue tomar lo que escuchaba ya y doblar el tiempo, y eso es algo que aplicamos también a la batería. Fue algo muy novedoso para la época, aunque ahora es tan estándar como los kleenex [risas].

Si tuvieras que definir tu estilo, ¿dirías que es puro heavy metal? Porque después de eso la música se hizo todavía más fuerte con el advenimiento del thrash, del speed y del death metal.

Sí, se puede decir que es algo tradicional, porque nuestras influencias siguen viniendo principalmente de los 70. No pudimos ni quisimos transformarnos de repente en Slayer, porque ya había un Slayer; tenemos melodías y tocamos tiempos distintos, a veces rápidos, a veces lentos. Hay gente que nos llama creadores del speed metal, lo que es una contradicción, sobre todo cuando escuchas temas como “Metal on Metal”, que no va para nada por ese lado. Hicimos también cosas muy rápidas como “666” y “Jackhammer”, claro, porque tenemos muchos estilos distintos dentro de la misma banda. La verdad es que sólo hay dos tipos de música: la buena y la mala. El resto de clasificaciones dependen del oyente.

Como dije antes, el nuevo álbum tiene canciones muy buenas. ¿Te cuesta mucho hacerlas a esta alturas de tu carrera?

No; es exactamente lo contrario. Si sufres mucho para hacer una canción, termina sonando de ese modo. Descubrí pronto que componer de manera espontánea, despreocupada y feliz es el mejor modo de hacerlo; fue así que se hicieron nuestros primeros álbumes. La idea era sacar lo que tenías en la cabeza y darle forma del modo más rápido y más sencillo que resultara posible. Si enredas demasiado la cosa, le resultará más difícil al oyente entenderla y gustar de ella. Creo que hacer canciones complicadas es algo egoísta, que responde simplemente a un deseo de exhibir tus virtudes; y, por lo general, esa clase de aproximación a la música no funciona. Lo que me gusta son las canciones breves y concisas.

Pero sabes que Anvil ha sido a veces acusado de ser demasiado simplista. ¿Será que esos críticos espontáneos han perdido de vista que las raíces del metal vienen del rock’n’roll?

Completamente. El origen de todo esto es prácticamente tribal; la base es el ‘beat’, el ritmo. Cuando mueves los ritmos de un lado a otro y te metes en una jornada muy loca, pierdes la esencia. Ese es el fundamento del rock y del metal; lo demás viene del jazz y quizás de la música clásica, pero el R&B siempre fue más básico. Tampoco me interesa hacer algo tan simple que resulte estúpido, por supuesto; si vas a ‘pegarte’ a un riff, que sea al menos un buen riff. No me importa lo que digan, pero creo que escribir un riff simple y efectivo es lo más difícil que hay; y es algo que pasa dos o tres veces en tu carrera si tienes suerte. El mejor ejemplo es “Smoke on the Water”; cuando se le acusó de ser una banalidad malísima, Ritchie Blackmore respondió aludiendo a la apertura de la pieza más famosa de Beethoven: ‘bo-bo-bo- booooom’.

De todos modos, además de tocar la primera guitarra, eres el vocalista de Anvil, por lo que tu trabajo no parece realmente sencillo…

Sí; hago dos trabajos a la vez. No hemos dejado realmente de tocar por un periodo de tiempo extenso en los últimos cinco años. ¿Qué es lo que hago para prepararme? Hago mi maleta [risas].

Y siguen tocando como un trío, aunque leí que el bajista Glenn Five los acaba de dejar. ¿Qué pasó con él?

No hay mucho que decir; ya lo reemplazamos, la banda sigue tocando y no hay diferencia. Yo he sido siempre el que escribe y hace las canciones, y he estado en esta banda con Rob desde los 70; Glenn era el bajista número cinco, porque hay muchos músicos que se cansan de hacer esto. No tengo ni una sola cosa mala que decir de él, y lo voy a extrañar; pero no puedo forzar a nadie a trabajar conmigo.

Y tú, ¿hasta cuándo seguirás en esto?

Hasta que se me acabe el tiempo en la vida o hasta que la salud me lo impida. Lo he venido haciendo desde chico, y es lo que hago. No le hubieras preguntado a Vicent Van Gogh hasta cuando pensaba seguir pintando, ¿verdad? [risas]. Pues es lo mismo para mí. Mientras lo uses, no lo perderás.