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El final de la década de los 80 no fue precisamente bueno para las bandas de metal tradicional, enfrentadas a la cada vez más intensa popularidad de los representantes del ‘grunge’.

Sanctuary

surgió justamente en esa época, por lo que su ‘heavy’ de viejo cuño no tuvo probablemente la suerte que hubiera tenido de haber aparecido con anterioridad.

Tras la disolución de Sanctuary, en 1991, varios de sus integrantes formaron Nevermore, un conjunto que tendría un alcance comercial mucho mayor y que hasta el momento ha grabado siete álbumes. Pero los años posteriores revalidaron la posición de un grupo cuya fusión de subgéneros era más discreta, pero quizás por ello más efectiva, y eso es justamente lo que ha impulsado una reunión que se inició en el 2010 y llegó a Los Angeles el sábado pasado, a través de una presentación en el Club Nokia.

El regreso del combo no ha pasado desapercibido, como lo ha demostrado su éxito en festivales internacionales. Sin embargo, parece que el nombre no es tan reconocible en nuestras costas o, al menos, que la promoción no se efectuó de manera correcta por aquí, ya que a pesar de que el influyente LA Weekly le dio un lugar preferencial al show del Nokia en su sección de recomendaciones, la asistencia al mismo fue impresionantemente baja, sobre todo si se tiene en cuenta que se realizaba durante un fin de semana.

De ese modo, el recinto, normalmente atiborrado, albergó únicamente a unos cientos de devotos que, eso sí, manifestaron siempre de manera abierta su presencia en una faena que suplió su falta de público con un gran poderío sonoro, y que tuvo como ‘teloneros’ a Warbringer, Bonded By Blood y Huntress. La ausencia de multitudes es de lamentarse, claro, pero dio a la vez la oportunidad de apreciar a los protagonistas de la velada en condiciones de lo más cómodas y, al menos en parte, con la calidad acústica que distingue al Nokia.

Una de las interrogantes más grandes con respecto a Sanctuary se encontraba en el desempeño del vocalista Warrel Dane, que fue entrenado en las lides del canto operático y que durante la carrera del grupo demostró un rango semejante al del impresionante Rob Halford, de Judas Priest. En Nevermore, Dane bajó la intensidad de sus ‘falsettos’ y se inclinó hacia entonaciones más guturales; por ello, causaba mucha curiosidad saber si iba ser capaz de reproducir las notas altísimas del pasado, que tanto brillo le dieron a esas composiciones.

Para deleite de los fans, el ‘frontman’ empezó la actuación del sábado interpretando las viejas canciones con el mismo ímpetu de antaño, lo que resultó muy conveniente para “Die for My Sins”, una pieza tan crítica con los engaños propios del Cristianismo como exigente para cualquier garganta mortal, y “Battle Angels”, un medio tiempo que empieza con un tono bajo, pero que asume de pronto una elevación vocal sencillamente escalofriante. Sin embargo, con el paso de los minutos, Dane -que parecía tener problemas de salud- empezó a dar muestras de flaqueza, y su presencia misma en el escenario no se vio precisamente ayudada por los inconvenientes técnicos que afectaron a uno de los guitarristas.

En medio de la indeseada pausa, el cantante se vio obligó a entretener a la audiencia, pero el modo en que lo hizo (incluyendo una poco acertada serie de chistes) reveló su falta de personalidad para afrontar una situación semejante, como lo hicieron también los pocos afortunados discursos que pronuncio en otras pates del show.

Por suerte, Sanctuary no es sólo Dane; aunque no tiene ya en sus filas a uno de sus guitarristas originales, Sean Blosl, los otros dos (el fundador Lenny Rutledge y el nuevo integrante Brad Hull) hicieron muy bien lo suyo, en desmedro de los citados desperfectos de sonido. Su habilidad para los riffs fue especialmente bienvenida en “Future Tense”, una de las composiciones más pesadas y logradas del grupo, con un entusiasta final ‘thrashero’ que provocó un súbito ‘slam’ entre los que se encontraban frente al escenario.

Sanctuary sólo logró lanzar dos álbumes en estudio, “Refuge Denied” (1988) y “Into the Mirror Black” (1989), por lo que el set fue bastante corto. Como era de esperarse, terminó con “Taste Revenge”, que es una de sus mejores piezas, marcada también por el influjo del ‘thrash’, pero con un Dane que no parecía ser capaz de dar más. En desmedro de todo lo dicho, el público (que, curiosamente, estaba mayormente conformado por jovencitos) pareció estar satisfecho.

Antes del acto central, tuvimos la oportunidad de ver a

Warbringer

, una banda de Los Angeles que es consideradas como una de las mejores del reciente renacimiento del ‘thrash metal’. El quinteto no ocultó nunca sus cartas: lo suyo es una referencia directa a las grandes bandas de los 80s, sin pretensión alguna de imponer una modalidad distinta ni de innova, pero con la suficiente vitalidad y calidad compositiva como para haber destacado por cuenta propia en cualquier etapa del subgénero.

Combinando la potencia típica del metal con la velocidad del hardcore, y con alusiones abiertas a Slayer, Kreator y Obituary (el cantante John Kevill llevaba una camiseta de estos últimos), los Warbringer causaron entusiasmo entre la pequeña pero compacta masa que los observaba, sobre todo cuando les tocó presentar la impetuosa “Total War”. Además, supo sacar partido de su juventud para ofrecer un set en el que demostró una gran condición física.

Pero lo que puede interesarle más a nuestros lectores es que el puesto de baterista se encuentra ocupado desde hace sólo unos meses por Carlos Cruz, un hijo de inmigrantes mexicanos que hace una música endemoniada, pero toca como los dioses.