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La tragedia del 11 de septiembre no discriminó raza, religión, status social o migratorio, ya que cientos de inmigrantes indocumentados también perecieron en el ataque terrorista. Sin embargo, a pesar de haber sufrido el mismo trágico deselance que las demás personas, sus casos no recibieron la misma atención y en muchas instancias sus familiares no habrían recibido ayuda alguna de no ser por la intervención de la Asociación Tepeyac de New York.

Fundada en 1997 como una forma de desarrollar líderes que trabajaran en sus barrios, la organización de apenas cinco empleados pagados y 15 voluntarios se encontró luego del 11 de septiembre, siendo la conexión entre agencias de ayuda a sobrevivientas y familiares de víctimas y los inmigrantes indocumentados afectados por estos ataques.

“Las primeras llamadas fueron de auxilio”, relató Joel Magallán, director ejecutivo de la agencia comunitaria.

Las cenizas de lo que fueron las Torres Gemelas aún se esparcían por el cielo de Nueva York cuando familaires, amigos y vecinos de personas indocumentadas que laboraban en el lugar ya estaban llamando a la Asociación Tepeyac.

“A partir de ahí fueron llamadas por (los próximos) cuatro años”, dijo Magallán de la tarea que asumieron sin preparación alguna.

“El primer día creo que teníamos 700 personas que andaban buscando”, indicó.

Sin muchos recursos, Asociación Tepeyac hizo lo que pudo y colocó esa lista de desaparecidos en su página de internet, así como algunas fotos tomadas por un sobreviente con una cámara desechable.

Al día siguiente, la pequeña organización empezaba a ser inundada por llamadas de latinoamérica y todo el mundo, así como de la prensa, que buscaba cada angulo y cada historia de la tragedia.

Esto los forzó a maratónicas jornadas de siete de la mañana a once de la noche por los siguientes 18 meses.

“Desde el principio, nuestro trabajo fue escuchar las necesidades y tratar de responder”, dijo Magallán, oriundo de Zacatecas, México.

Y así fue, ya que con el paso de los días, las necesidades y las respuestas iban cambiando subitamente.

“Al final de la semana, las llamadas eran de personas que trabajaban en el lugar (las Torres Gemelas) y se quedaban sin cheques y necesitaban comida”, relató. “Para el final del mes, las llamadas eran pidiendo ayuda para pagar la renta”.

Y es que en las Torres Gemelas laboraban alrededor de 100,000 personas que quedaron practicamente desempleadas de la noche a la mañana, dijo Magallán. Entre estos, había unos 3,000 latinos y Asociación Tepeyac terminó asistiendo a unos 900 de estos, todos ellos indocumentados.

Y es que aunque el gobierno había enviado personal de la Agencia Federal de Manejo de Emergencias (FEMA) para asistir a las víctimas del incidente, los indocumentados se rehusaban a pedir esa asistencia por miedo a la deportación.

Bajo esas circunstancias, lo primero que hizo Magallán fue obtener una “tregua” por parte de la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas prometiendo que suspenderían las deportaciones y no arrestarían a nadie indocumentado que solicitara la ayuda gubernamental. Pero eso tampoco fue suficiente y personal de la Cruz Roja terminó pasando todo el mes de octubre 2001 asistiendo a la gente en las instalaciones de la Asociación Tepeyac.

Mientras, la organización también solicitaba dinero de la Cruz Roja para asistir a sobrevivientes y familiares de víctimas, pero sin tener mucha respuesta.

DINERO CAIDO DEL CIELO

Pero fue entonces que en respuesta a la maldad perpetrada ese día, Asociación Tepeyac también recibió un vendaval de buena voluntad.

“Empezaron a llegar sobres con dinero de todas partes del mundo”, dijo Magallán. “Era algo tan bonito ver como la gente mandaba dinero así”.

El mismo abría esas misivas, pues por miedo a amenazas de anthrax en el correo, Magallán decidió no exponer a nadie más en la agencia a esta posibilidad.

Al final, terminaron recibieron casi 800,000 dólares de esta forma, que aunado a la ayuda que finalmente, y después de protestas por parte de la Asociación Tepeyac, otorgó la Cruz Roja se pudo distribuir entre aquellos que quedaron desempleados, así como familiares de las víctimas.

“La gente recibía su salario cada 15 días, desde el 2002 hasta el 2004”, dijo.

Pero el dinero llevaba una condición. “Tenían que estudiar. Expandimos los servicios, contratamos maestros de inglés de computadoras, otros recibieron becas de Chef o bartender”, indicó Magallán.

Todo esto mientras atendían 500 familiares de 60 víctimas indocumentadas fatales del atentado.

En muchos de los casos, la Asociación ayudó a canalizar fondos para completar la compra de o construcción de casas iniciadas por los trabajadores fallecidos, comprar viviendas a familiares de otros y otorgaron becas de estudio para sus hijos.

APROVECHADOS

Como siempre sucede, no faltó el que quiso aprovechar la situación.

De hecho, Asociación Tepeyac desechó tres casos (dos de mexicanos y uno de una guatemalteca) que aparentemente mintieron al decir que habían perdido seres queridos en el percance, pero no fue el caso.

Para llegar al fondo de estos casos, Asociación Tepeyac realizó exhaustivos estudio de campo de la familia y también solicitó ayuda del Buró Federal de Investigaciones.

Sin embargo, Magallán está convencido que el número total de indocumentados muertos en la tragedia es mayor a la revelada, ya que en muchos casos no se pudo comprobar que las personas existieron, en parte por la poca asistencia proveída por empleadores.

“Los empleadores se negaron a decir ‘yo los contraté'”, dijo Magallán. “Nunca quisieron ayudar”.

Igual fue después cuando se contrató a gente indocumentada para limpiar la zona y a la hora de reclamos por problemas de salud que desarrollaron después, los empleados volvieron hacerse de la vista gorda, dijo Magallán amargamente.

“Teníamos como 200 trabajadores que eran enfermos terminales”, dijo.

Sin embargo, desde el 2008, cuando la crisis financiera afectó a la organización y los fondos destinados a los afectados por el 9/11 empezaron a esfumarse, Asociación Tepeyac le ha perdido la vista a muchos de ellos.

¿Se hizo justicia con los indocumentados?

Por eso se le dificulta a Magallán responder a la pregunta si las víctimas indocumentadas recibieron justicia en cuanto a la ayuda recibida.

“Si nos hubiéramos esperado a que el gobierno tratara a estas gentes como a todos los ciudadanos, claro que no se hubiera hecho justicia. Simplemente hubieran sido invisibles al problema”, indicó.

“Si no se hubiera estado poniendo presión en todas las cosas, los trabajadores no hubieran recibido nada porque en todos los aspectos estaban en desventaja”, dijo, aunque por su parte dice sentir satisfacción por el trabajo que hicieron prestando atención y servicio a estas personas.

Sin embargo, Magallán sigue preguntándose cúantos indocumentados más perecieron sin saberse nada de ellos o sus familiares.

Prueba de esto es un caso que se dio unos años después del atentado.

Cada 11 de septiembre, Asociación Tepeyac solía publicar en el periódico los nombres de las personas que continuaban desaparecidas. Un día se presentó un hombre a sus oficinas indicándoles que una de esas personas era su hermano y que debido a que la persona había estado en la cárcel, nunca supó que había muerto.

“Todo parecía ser cierto y válido”, dijo Magallán, “Pero para entonces ya era demasiado tarde. Ya no pudimos ayudarle”.