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Los zapatos negros de tacón bajo se ven viejos, pasados de moda y desgastados. Pero Julissa Gómez nunca ha pensado en deshacerse de ellos.

“Ya no me los pongo, pero no los puedo tirar”, dijo Gómez, de 36 años, una abogada y ahora maestra de educación especial que sobrevivió a los ataques del 11 de septiembre.

“Estos zapatos me sacaron del edificio y con ellos caminé hasta la calle 155”, dice al hablar de esta prenda, lo unico que conserva, aparte de la tarjeta de negocios del bufete de abogados donde trabajaba.

Gómez, de padres dominicanos, trabajaba para la firma de abogados Harris Beech, ubicadas en el piso 85 y 86 de la Torre Sur. Era su primer trabajo luego de graduarse de la universidad.

Y ese día, el 11 de septiembre, ella apenas regresaba a trabajar despues de tomarse una semana de vacaciones.

Por eso, ese día cambio su rutina de llegada, de las 9:30 a las 7 de la mañana.

“De repente se oyó este estruendo”, dijo y en ese momento pensó que se trataba de la construcción que se llevaba a cabo en un piso para unir varias oficinas.

“Luego veo todos estos escombros chocar contra la ventana de mi oficina, papel en llamas, pedazos de muebles, de todo”, relató.

Eran escombros que provenían de la Torre Uno del World Trade Center, lugar en donde se impactó el primer avión. Sin embargo, desde donde ella estaba no podía verlo.

Empezó a caminar por todo el piso tratando de averiguar qué pasaba y pregúntando a sus compañeros de trabajo lo que debían hacer.

Luego, y quizás la razón por la que salvó su vida y siete otros compañaeros de trabajo perecieron en el percance, busco con otros empleados la manera de salir del edificio.

“Las escaleras estaban atestadas de gente, había mucho miedo”, dijo.

Mientras bajaban llego un anuncio por los altavoces indicando que la Torre Uno había sido evacuada, pero que el edificio donde se encontraban ellos estaba bien.

Sin embargo, algo le decía que ese no era el caso.

En el piso 72 se encontraba un elevador express y decidió tomarlo, siendo la última en hacerlo.

Al llegar al lobby del edificio, el segundo avión chocó contra la Torre Dos.

“Todos empezamos a correr. Era como una escena de (las películas de) Godzilla. Nadie sabía dónde ir, pero todos corríamos”, relató.

Al salir del edificio, Gómez sintió que le cayó algo en la cabeza.

“Volteó a ver al piso y veo que es un boarding pass (una confirmación de pasajero). No quisé leer el nombre porque sabía que eso me perseguiría toda la vida”, dijo esta mujer de creencia católica que en esos momentos imploró a Dios para salvarse.

Dijo que sólo recordó el pasaje biblíco que dice que cuando las personas buenas abandonan la ciudad no volteen a ver atrás. Y así lo hizo.

Pero no pudo evitar ver a dos personas en uno de los pisos del edificio a punto de saltar.

“Nunca vi caer los edificios. Quería mantener mi sanidad”, dijo. “Nunca vi hacia atrás”.

Afuera encontró a un conocido y con ellos fueron a la casa cercana de otra persona, donde pasó largo rato como “zombie viendo la televisión”, sin poder creer las imágenes de destrucción.

Luego se unió al éxodo de personas que iban en dirección norte, cubiertas de polvo de pies a cabeza, llorando, y ensimismadas.

“Podías escuchar caer una aguja, en Nueva York!!!”, dijo.

Gómez dijo que la experiencia la cambió. Abandonó la abogacía privada para dedicarse al servicio público y ahora trabaja como maestra de educación especial.

“Me enseñó a seguir mi propia voz. Alguien me dijo, súbete a ese elevador y yo creo que fue alguien de arriba”, dijo en referencia a Dios.

Tiene un hijo de cinco años y empezó a correr y caminar por la ciudad, “porque necesitaba sentirla normal otra vez” y esto la ha llevado a participar en la maratón de Nueva York.

Los primeros meses luego del atentando, fue presa de ataques de pánico.

“Mis padres viven en Nueva Jersey y no podía cruzar el puente. O me rehusaba o pasaba a cien millas por hora”, dijo.

Obsesionada por las noticias luego del 11 de septiembre, ahora trata de no verlas en esa fecha y en los primeros años que le siguieron al suceso, trató de salir fuera del país en esos días para no lidiar con eso.

También padeció otro sentimiento muy común entre los sobrevivientes.

“Me sentía culpable por haber sobrevivido”, dijo.

Aunque ha ido a algunas conmemoraciones en el sitio donde estaban las Torres Gemelas, el año pasado decidió realizar una vigilia en un parque dentro de su comunidad de Washington Heights, donde la gente pudo “llorar y compartir”.

Este año piensa hacer lo mismo.

Sin embargo, no sabe exactamente qué decir cuando se le pregunta por qué aún conserva esos zapatos negros.

“No lo sé”, dijo. “Creo que no debemos olvidar”.