Eran las 10 y media de la noche del sábado 30 de julio, y la jornada había sido particularmente larga. El festival
L.A. Rising
se había iniciado siete horas antes, y había tenido ya en el escenario principal del Coliseo de Los Angeles a
El Gran Silencio, Immortal Technique, Lauryn Hill
y
Muse
.
Pero no cabe duda de que lo que casi todo el mundo realmente esperaba estaba todavía por llegar, y tenía un nombre que, con el paso de los años, se ha convertido prácticamente en un sinónimo del rock contemporáneo hecho en Los Angeles:
Rage Against the Machine
.
Los primeros minutos de su presentación resultaron un poco tensos, porque el equipo de sonido empezó a mostrar desperfectos cuando el cantante méxico-americano
Zack de la Rocha
inició su labor en el micrófono. Por fortuna, estas dificultades se remediaron rápidamente, y a medida que los mismos músicos empezaron a calentar, se hizo realidad lo que la gigantesca muchedumbre de 60 mil personas esperaba: una excelente presentación ofrecida por una de las bandas más contundentes y fascinantes en la historia del género.
Los primeros acordes de “Testify” sirvieron como preludio a una actuación que se fue electrizando de manera paulatina, hasta alcanzar un clímax que se podía observar en las tribunas superiores del local, desde donde se detectaba al menos siete círculos de ‘mosh’ a nivel del piso. En uno de ellos, se encendía y se apagaba de manera alternativa una fogata que era alimentada con las camisetas de algunos de los asistentes, para ser luego brincada por otros; lo que pasaba allí no dejaba de tener un aroma de peligro, pero resultaba un fondo visual perfecto, casi tribal, para la furia que se desataba en esos momentos sobre el escenario.
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Y es que la propuesta de RATM es absolutamente incendiaria, no sólo por el poderío de un estilo que combina con impresionante precisión los riffs del rock pesado (heredados sobre todo de Led Zeppelin) y las cadencias del hip-hop (traducidas en el arte de De La Rocha y en los originales solos del guitarrista
Tom Morello
), sino también por las letras del primero, emparentadas con los ímpetus revolucionarios que asegura defender.
Desde su creación, RATM se ha encontrado en el ojo de la tormenta debido a la defensa de una propuesta política que incomoda a los conservadores y que no es completamente verosímil para aquellos activistas sociales que la ven como una simple estrategia de mercado. De hecho, el grupo se mantuvo inactivo durante toda la era Bush, que era cuando más se le necesitaba, y no ha grabado nada ni ha presentado canciones nuevas desde su reunión de 2007.
Pero las contradicciones han sido siempre parte de una trayectoria que cumplió ya veinte años, y que resulta única para un grupo de su popularidad. El hecho de que RATM sea capaz de llenar un recinto tan enorme como éste mientras interpreta composiciones de tinte subversivo es un logro que no puede pasarse por alto.
Aunque no dio demasiados discursos (nunca lo ha hecho), De La Rocha aprovechó la introducción de “People of the Sun” para defender a los inmigrantes mexicanos y criticar a los políticos derechistas de Arizona, y antes de interpretar “Wake Up”, hizo alusión a la construcción masiva de edificios en el centro de Los Angeles, que en sus palabras favorece sólo a los ricos y desplaza a los moradores más pobres de la ciudad.
Se podrá decir lo que se quiera de los RATM, pero basta con experimentar el modo en que se presentan en vivo, la energía que todavía derrochan (De La Rocha, de 41 años, dio unos saltos impresionantes) y el efecto que ocasiona su compacto sonido para comprobar en carne propia que se trata de una banda muy especial, así como de un proyecto histórico que no puede tomarse a la ligera.
El asalto musical del grupo no tuvo pausa ni tregua, y como era de esperarse, estuvo encabezado por De La Rocha (en excelente estado vocal) y Morello (un guitarrista realmente extraordinario); pero la base rítmica del bajista
Tim Commerford
y del baterista
Brad Wilk,
normalmente simple y efectiva, encontró un adecuado espacio de lucimiento durante la interpretación de “Calm Like a Bomb”, cuyos arranques de funk alcanzaron súbitamente un aire de lo más ‘trippy’.
Los cuatro angelinos guardaron lo mejor para el cierre, que llegó de la mano de “Freedom” (con De La Rocha reproduciendo perfectamente los desgarradores gritos del final) y “Killing in the Name” (que es muy fuerte, pero tiene también un beat de lo más pegajoso).
La presentación de RATM fue antecedida por
Muse
, un trío británico que, a pesar de sonar especialmente melódico en muchos de sus registros discográficos (sobre todo en el del tema “Starlight”, que fue presentado en el coliseo), es también una auténtica estación de poder.
Cuando el vocalista y guitarrista
Matt Bellamy
dijo que RATM “ha ejercido una enorme influencia en nosotros”, no estaba mintiendo para complacer a los anfitriones, sino demostrando una verdad que se tradujo en su propio estilo interpretativo, que resultó en ocasiones tan agresivo como el de Morello.
En realidad, Bellamy se encontraba con un ánimo propicio para los reconocimientos y los tributos, porque incluyó en medio de sus canciones -entre las que se encontraron “Uprising”, “Supermassive Blackhole” y la notable “Time Is Running Out”- diversos riffs provenientes del rock clásico, desde el de “Heartbreaker”, de Led Zeppelin, hasta el de “Back In Black”, de AC/DC, pasando por el de “House of The Rising House”, de The Animals.
El mismo Bellamy es un guitarrista virtuoso que no abusa de los solos, pero que introduce permanentemente en sus piezas arreglos que toman préstamos del blues, el hip-hop (vía Morello), el metal y el rock progresivo.
Con una puesta en escena llena de trucos visuales de iluminación y de movimientos físicos que los hacían lucir como una suerte de superhéroes del rock
, Bellamy, Christopher Wolstenholme
(bajista) y
Dominic Howard
(baterista) probaron que se puede hacer una música de estadio que resulte mucho más poderosa que la U2. Y eso es ya razón suficiente como para admirarlos.
Antes de ello, estuvo en el escenario
Rise Against
, un grupo de Chicago que ha venido ocupando horarios estelares en festivales de todo tipo, y que compone letras que muestran un abierta preocupación por temáticas sociales y ecologistas… pero que sigue sin convencernos.
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- Tim McIlrath, vocalista y guitarrista de Rise Against, otra de las bandas presentes en el L.A. Rising (FOTO: SERGIO BURSTEIN)
Por alguna razón, los brincos interminables de sus integrantes (sobre todo los del guitarrista Zach Blair) nos parecen completamente forzados, y su estilo musical nos suena complaciente, a pesar de que contiene elementos de géneros tan poco amables como el punk, el metal y el hardcore. ¿Será que tiene por ahí una huella ’emo’ de la que no se puede librar?
Los actos anteriores del festival estuvieron enmarcados en estilos mucho menos rockeros y más cercanos al espectro ‘rapero’ de los RATM (que, si no lo saben hasta ahora, fueron los organizadores de la velada). Para decepción de los que esperaban una lista de éxitos, la controvertida
Lauryn Hill
dejó bastante de lado los temas de su recordada agrupación The Fugees (grande en los 90) para enfocarse en una serie de canciones de su etapa como solista que estuvieron fuertemente sometidas a un filtro ácido y psicodélico.
Esta decisión desconcertó a muchos de los asistentes, pero dio cuenta de una integridad artística que no todos pueden proclamar. De todos modos, sería injusto ignorar que la voz de la dama no se encontraba en su mejor estado, y que sus nueve músicos la opacaron constantemente.
En todo caso, su set marcó un interesante contraste con la presentación de
Immortal Technique
, el MC neoyorquino de ascendencia peruana que la antecedió en el tabladillo, y que dedicó más tiempo a conversar con el público sobre las causas que defiende que a ‘rapear’ sobre ellas.
Además de exigirle a los espectadores que roben su música a través de la Internet, el polémico artista dijo que “los necesitamos en la lucha, no en la recuperación”, y pidió a los rockeros que “le den una oportunidad a la escena del rap underground, porque tiene mucho más contenido de lo que aparenta”. Todo lo que dijo fue interesante, pero la audiencia estaba más interesada en escuchar sus habilidades como ‘rapero’ que como orador.
Los que llegaron temprano al concierto tuvieron la suerte de apreciar al primer acto de la velada
, El Gran Silencio
, un grupo de Monterrey que es capaz de armar la fiesta en el lugar en el que se encuentre, aunque se trate de un enorme coliseo californiano, sometido a las altas temperaturas que se sienten a las 3 de la tarde durante un día de verano.
Recurriendo a su proverbial mezcla de cumbia, ska, dancehall y punk, los ‘regios’ desataron una temprana sesión de baile, provistos no sólo de las guitarras eléctricas habituales en el rock, sino también de una sección de vientos, de un acordeón y de un impresionante juego de percusiones.
Además de complacer a los mexicanos y a los latinos que ya los conocían (mandaron un saludo especial para los latinoamericanos de todas las procedencias), causaron una grata sorpresa entre varios anglosajones, que se entregaron gustosos y divertidos a las frenéticas danzas con las que se inauguró la ajetreada jornada musical.
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