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A estas alturas del partido, es casi seguro decir que “The Wall” será la mejor contribución artística ofrecida al mundo por Roger Waters, de 67 años.

Y es que si bien el espigado bajista y cantante sigue siendo considerado por muchos como uno de los dos miembros esenciales de Pink Floyd, no cabe duda de que la citada obra fue elaborada básicamente sobre la base de sus ideas y composiciones, lo que la transforma no sólo en su trabajo personal más logrado, son también en una muestra palpable de sus ambiciones y de sus excesos.

Si la música y los conceptos contenidos en el disco cuádruple de 1979 -que partía del sentido de alineación experimentado por una estrella del rock -resultaban ya de por sí grandilocuentes, ¿qué decir de la mítica gira que se implementó para presentarlo, en la que una enorme pared se levantaba progresivamente frente a la audiencia a media que transcurría el concierto?

Aunque los fanáticos del cine se encuentran más familiarizados con la música y los temas de la obra gracias a la interesante versión cinematográfica de 1982, que fuera dirigida por Alan Parker, el mentado tour, que tuvo sólo unas cuantas fechas debido a sus excesivos costos, ha quedado registrado como una de las puestas en escena más espectaculares y extravagantes en la historia de la música moderna.

Poco después de la gira, Waters se peleó con el resto de la banda y se separó de ella; no volvieron a encontrarse en un escenario hasta el 2005, cuando ofrecieron un único show, de menos de veinte minutos, en el Live 8 de Londres. El mismo Waters inició desde entonces una irregular carrera solista que ha producido unos pocos títulos discográficos, ninguno de los cuales se ha encontrado a la altura de lo logrado con su antigua banda, que no es por nada considerada una de las mejores en la historia del rock (y, definitivamente, la más popular de la música psicodélica).

En julio de 1990, tras la caída del Muro de Berlín, Waters ofreció en la ciudad alemana una nueva (y única) escenificación de “The Wall”, acompañado por artistas como The Scorpions, Cindy Lauper, Sinéad O’Connor y Brian Adams y, en el 2006, inició una gira mundial de dos años para presentar en vivo la totalidad de “The Dark Side of the Moon”, la placa más vendida de Pink Floyd.

Pero la serie actual de conciertos relacionada a “The Wall” es la primera basada en dicho álbum que se hace desde hace más de treinta años, y lo que se puede apreciar en ella cumple extensamente las expectativas, como se pudo observar esta semana en el Honda Theatre de Anaheim.

Claro que el único miembro de Floyd que se encuentra en la tarima es Waters y, se diga lo que se diga, el guitarrista y vocalista David Gilmour se hace extrañar, ya que su melodiosa voz y sus inspirados solos son realmente incomparables. El hecho de que ha tenido que ser reemplazado en esta gira por al menos dos músicos (el guitarrista Dave Kilminster y el vocalista Robbie Wyckoff) es una muestra palpable de ello.

Un espectáculo memorable

Fuera de lo mencionado, en Anaheim, la presentación de esta ópera rock resultó majestuosa y tuvo sabor histórico, como lo atestiguaron los gritos de emoción de los miles que llenaron el enorme auditorio. No faltó, por supuesto, el enorme muro que se elevaba cada vez más con cada canción transcurrida, y que terminó siendo “destruido” al final del show; pero destacó también la proyección de videos de animación en la misma pared, convertida en una suerte de pantalla inmensa de IMAX, y el uso de gigantescos y monstruosos muñecos inflables, entre los que destacó un cerdo negro y volador, lleno de mensajes subliminales, que pasó literalmente por encima de las cabezas de la audiencia.

La mayoría de la animación empleada correspondió a la fantástica y fantasmagórica serie creada por el caricaturista Gerald Scarfe para los conciertos originales, que se convirtieron también en la base de la película. Pero, para esta gira, Waters encomendó también la realización de nuevas imágenes, destinadas a darle un contexto contemporáneo a la historia, como se pudo notar durante la interpretación del tema “Blue Sky”, que fue acompañado visualmente por una evidente crítica a los sistemas religiosos institucionalizados, o cuando le tocó el turno a “Thin Ice”, graficada con fotografías de las víctimas inocentes de la guerra de Irak.

Otro detalle de lo más actual fue la utilización de los retratos de militares caídos que Waters consiguió a través de la Internet tras pedírselos a sus familiares, para usarlos en una suerte de tributo que, en su caso, no parece contradecirse con la crítica abierta a la guerra y al capitalismo que se impone a través de la obra (hay que recordar que su mismo padre murió en la Segunda Guerra Mundial, y que ese hecho marcó para siempre su vida y su carrera artística, hasta al punto de que, a principios de los 80s, muchos lo consideraban un sujeto autoritario y amargado).

En lo que respecta a la parte musical, el espectáculo incluyó todos los temas de los discos originales, sin dejar de lado piezas tan emblemáticas como “Another Brick in the Wall, Part II” (que contó con la presencia de un coro infantil) y “Comfortably Numb” (en la que Waters, Kilminster y Wyckoff se ubicaron en partes estratégicas del muro ya casi completamente erigido).

Pero uno de los momentos más convincentes fue la interpretación de “Nobody Home”, una bella y triste canción sobre la soledad y la locura que fue aparentemente inspirada en Syd Barrett, el primer cantante y guitarrista de Floyd, que abandonó al grupo debido a sus problemas mentales.

Cuando le llegó el turno al tema, una parte del muro se abrió, revelando una escenografía que simulaba un departamento urbano en el que se encontraba sentado Waters, frente a un televisor que transmitía imágenes bélicas.

Más allá de la fascinante representación escénica, lo interesante del momento fue la parte vocal de Waters, que resultó inspirada y concisa, con un manejo de las notas altas que no se le notó en la reciente gira de “The Dark Side of the Moon”.

A pesar del tono depresivo de la obra (que, lejos de ser perjudicial, enaltece su rol en la cultura popular), el cantante, bajista y compositor mostró un estado ánimo que no se le había visto en mucho tiempo. De hecho, al terminar el show, se dirigió a la audiencia para decir: “Treinta años atrás, no me encontraba bien y decidí romper con mi público; pero he aprendido mucho y ahora sé que me encanta estar con ustedes”.

Fue una declaración sentimental e inesperada, pero ciertamente conmovedora. Roger Waters se presenta en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México el 18, 19 y 21 de este mes, y nos vemos en la obligación de exigirle asistencia a cualquiera que se encuentre por allá.